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La llanta ponchada

Para papá

Llevaba ya algunas horas sintiéndome perdido en esa fiesta. Y peor aún, llevaba ya algunas semanas sintiéndome perdido con una mujer que me gustaba. Fue hace casi diez años y, a decir verdad, todos se habían dado cuenta de que ella me quería sólo como amigo. Claro, todos menos yo.

Ese fin de semana, como era costumbre, habíamos ido juntos a la fiesta. Lo que hubiera sido una noche cualquiera, fue interrumpida por la mejor amiga de mi acompañante, que llegó a la fiesta con cara triste: una llanta de su auto se había ponchado.

La utilidad de saber 

Le pregunté si tenía herramientas en su carro. Dijo que no sabía, que mejor le habláramos a la grúa, pero insistí. Abrimos la cajuela: una cruceta y la llanta de refacción inflada, día de suerte. Sudado y con la camisa manchada de tierra, pero unos minutos después, el auto quedó listo.

Guardamos las herramientas y regresamos a la fiesta. Quería ir a mi casa a bañarme, pero la noche me tenía una sorpresa más: la dueña del auto se encargó de decirle a sus amigas que yo había cambiado su llanta.

Jamás me han vuelto a coquetear tantas mujeres como aquella noche. Tantos años desperdiciados escribiendo poesía.

Y, claro, al final no pasó nada. Ni con la chica que me gustaba, ni con las mujeres de esa fiesta. Pero, sin duda, ese ha sido mi cambio de llanta más divertido.

Y es que a lo largo de mi vida he cambiado muchas llantas. Unas bajo la lluvia, otras en calles desoladas, y hasta una donde llegó el ejército a supervisar el cambio de refacción.

La primera vez

Aprendí cuando tenía quince años. No aprendí, me enseñaron. Me habían regalado un carro que aún no sabía manejar, y mi papá (o como le dicen en la casa, Fernando Grande) fue claro: un día se te va a ponchar una llanta y tienes que saber qué hacer. Quitamos y pusimos la llanta del Cutlass 94′, y luego, otra vez, ahora yo solo.

Con el paso del tiempo los recuerdos se vuelven difusos, y lo que pudieron ser semanas de esos veranos interminables, se difuminan en una sola tarde de calor que parece que nunca tendría fin.

Ese verano aprendí a cambiar llantas, a pasar corriente a una batería, a identificar y medir los líquidos que el auto necesita para su funcionamiento, a medir el aire de las llantas. Sobre todo, aprendí a pasar tiempo con mi papá.

Papá

Mi papá y yo llevamos el mismo nombre y apellido. En general, creo que él también estará de acuerdo en afirmar que somos muy diferentes. No compartimos gustos en política, deportes ni religión. Ni siquiera en películas. A él le gustan los documentales de guerra, que creo que en secreto le recuerdan a su propio papá. Y, bueno, quizá no compartamos muchas ideas, pero sí compartimos tiempo y compañía, y creo que también hablo por los dos cuando digo que, a nuestra forma, ambos lo disfrutamos.

Hace apenas unos días me ayudó a vencer un tornillo barrido. “No se puede, papá”, pero con unos golpes del martillo sobre el desarmador y ayuda de unas pinzas, sí se pudo.

Hace un par de semanas, no conseguía transporte para el aeropuerto y mi papá me llevó. Sobre la avenida Morones Prieto, aún lejos de nuestro destino, me regaló una barra de granola para acompañar el café. Un “te quiero” encubierto.

En el camino, miré por la ventana el horrible tráfico a contraflujo que le tocaría a mi papá de regreso, él hizo como que no se dio cuenta. Platicamos poco, no recuerdo de qué. Más importante que ello, nos hicimos compañía. Bajé del auto, tomé mi maleta y me despedí. De nuevo le agradecí. Por el aventón, pero sobre todo, por su tiempo. Porque como aquellas tardes de verano, aunque quisiéramos que fueran para siempre, nadie somos interminables. 

¿Quién escribe?

Fernando Suárez. Apasionado del fenómeno OVNI. Vigilante de los cielos. En Twitter soy más buena onda que en persona: @bandidodiamante


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