Mi planeta Maralandia

Por Mara Jiménez.

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Mi planeta Maralandia

21 de julio de 2021

Dice mi mamá que yo soy muy mentirosa desde chiquita. Debe ser así, solo que a mí me gusta llamarme “creativa”, para que suene más artístico. Pero, en efecto, me he ganado la vida diciendo mentiras. También desde pequeña tuve una relación buena con las letras y las palabras. Aprendí a leer pronto. Cuando un día descubrí que, con esas letras y mi capacidad para inventar cosas, tenía la posibilidad de un universo en mis manos, me sentí omnipotente. Sí, sí, ya sé que suena feo que hable así de mí misma, pero me voy a explicar. Fue en ese preciso momento que creé un planeta propio al que llamé: Maralandia. Es un planeta curioso y me encantaría contarles que es el paraíso y que está lleno de paisajes hermosos y de luz, pero sería mucho adorno. En Maralandia viven deseos reprimidos y algunas venganzas elaboradas con tanto detalle que serían delito en otro planeta, aunque nunca se lleven a cabo. Desde luego, también hay cosas hermosas: seres fantásticos, animales imposibles y situaciones utópicas que se encargan de generar la luz del día en mi planeta. En Maralandia el humor negro es obligatorio y la ironía es la religión imperante.

A veces las vivencias más simples del día se instalan en Maralandia y comienzan a trazar el sendero de una historia. Primero muy sinuoso y luego más derechito. ¿No me entiendes? Mira, te voy a contar: el otro día, por ejemplo, tiré una maleta a la basura. Una vieja maleta sucia y con agujeros, con los zippers rotos y el forro raído, que hacía varios años que pedía una jubilación. Tuve que tirarla en otro planeta, porque su viaje final, antes de desbaratarse, fue un vuelo de ida hacia allá. Yo me quedé en casa de una amiga, quien me dijo: 

—Yo la llevo después al basurero municipal, no te preocupes. 

Me despedí de mi maleta con algo de aprehensión y mucho agradecimiento por los lugares a los que me había acompañado, y me olvidé del asunto… en apariencia. El recuerdo de la maleta me acompañó durante varios días en los que se instaló en Maralandia, mostrándome las decenas de destinos posibles que le esperarían cuando llegara al basurero municipal de aquel planeta que no era el suyo, ni el mío. ¿Podría mi maleta convertirse en una especie de narradora de experiencias de viaje, al calor del fuego, con un público de basura atento a sus historias? Las mismas hadas y demonios que habitan en mi planeta me miraron con una tierna desaprobación, al tiempo que movían su dedito índice en señal negativa. 

Quizás, mi vieja maleta, que de seguro estaba plagada por los pelos de mis gatos, serviría de cobijo a una gata tricolor con cinco gatitos… ¿y si el olor de mis gatos, acumulado en forma de pelos residuales, sembraba la desconfianza en aquella familia gatuna? No, no, mi maleta no querría ese fin. Así anduvo el recuerdo de aquel día cualquiera, vagando por Maralandia y decidiendo qué hacer con su destino de no–maleta, al que yo la había condenado al tirarla a la basura. Hace días viene susurrando una historia divertida sobre lo funcional que se volverá una vez que la persona indicada la encuentre, y de cómo le servirá de mesa, de silla, de cama y de escondite a un personaje asceta que ha decidido dejar todos sus bienes materiales porque está asqueado de sí mismo. Entonces las cosas se complican un poco más... ¡Que también hable el asceta! Es más, que hablen todos, los resentidos, los marginados, los mal juzgados, los autosuficientes, los macabros, los ingenuos, los torcidos, los beatos… Que se expresen en este, mi planeta, donde la ofensa es un lujo que nadie puede costear. Aquí lo mismo cabe un querubín lujurioso que un héroe arrepentido. ¿Y cómo no? Si la confrontación es la moneda de cambio. Existen pocas cosas más satisfactorias para sus habitantes que poner en tensión dos puntos. ¿Irresponsable? No lo creo. No hay mayor compromiso que ser fiel a uno mismo. No te creas, a veces, cuando les da por hablar a todos a la vez, algunos parajes estallan. A esa sacudida sigue un silencio que primero nos asusta a todos y luego se convierte en el cómplice de la reflexión colectiva. Lo que sí te confieso es que algunos amigos nunca vuelven después de esas experiencias. 

Otras veces, las historias son memorias transformadas. En Maralandia los recuerdos, ya lo sabemos, no existen. Son solo la visión de un momento que el tiempo se encarga de acomodar para cambiarle la forma, la estatura o el color. Entonces esos recuerdos se convierten en ficciones y me asaltan, a veces por la madrugada, con la impronta de ser materiales y verse en palabras. Esos bichos son caprichosos y fugaces. Si no saco una red de mariposas y los atrapo en ese momento, sea la hora que sea, se alejan despechados y nunca vuelven..., y si lo hacen, ya no son los mismos. 

También sucede que mi planeta es una tierra árida, dolida o blanca, quizás un poco estéril. Entonces me tengo que acordar que las letras y yo nos llevamos bien desde hace muchos años. Me siento en mi silla favorita y encaramo a la gatita Vinagreta en mi regazo. Empiezo a escribir lo primero que se me ocurre, el primer pensamiento que me asalta delante del teclado y ese, casi siempre, cuando lo desenrollo bien, trae una historia de sorpresa metido en las entrañas. Ahora, por ejemplo, se me ocurre contarte que mi mamá siempre ha dicho que yo desde chiquita soy muy mentirosa…

Hada descubierta

Yo soy un hada. A mi madre nunca le gustó que tuviera mis alas extendidas. Me las ocultaba frente a mis amigos y sus padres. Años después, de adulta, pude reencontrarme con mi verdadera identidad...

Mara Jiménez