“Inclinaciones” lésbicas

Por Norahenid Morales Amezcua.

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“Inclinaciones” lésbicas

23 de junio de 2021

En los últimos cuatrimestres de mi carrera universitaria tuve una clase que abordaba la creación de tesis y anteproyectos. No tenía ningún tema en mente y como era obligatorio para aprobar, decidí elegir un tema complejísimo por su amplitud y entregarlo como trabajo final: El lesbianismo en la literatura. Vamos, sabía que no sería mi tesis (y no lo fue), pero fue una temporada en la que quería abordar mi orientación sexual hasta en la sopa. Estaba descubriendo la literatura como el lugar perfecto para explorar e intelectualizar algo carnal, incontrolable, que disfrutaba hasta la médula.

Después de entregar el trabajo final, me reuní con mis amigos en una pequeña extensión de pasto, donde hablamos de cualquier cosa, cuando una voz conocida llamó mi atención. Era el profesor de esa clase que gritaba mi nombre desde el otro extremo del prado. Literal, tres o cuatro metros nos dividían. Volteé confundida. No me llevaba con ese profesor fuera de clase y a duras penas entendía muchas cosas de las que hablaba (¡ay, los rizomas!). Después de captar mi atención, prosiguió, sin acercarse, con un “¿puedo hacerte una pregunta?”. Eran tales los gritos que todos en el patio escucharon al profesor que, después de un asentimiento mío, preguntó: “¿Tienes inclinaciones lésbicas?”. 

Me agarró en curva y me quedé pasmada, qué le importaba, qué tenía que gritarlo en pleno patio, con qué fin quería saciar su “curiosidad”. Todas estas preguntas corrieron por mi cabeza por la confusión en las miradas de mis amigos a mi alrededor y, sobre todo, por el uso de la palabra “inclinaciones”. Respondí afirmativamente y el cuarentón prosiguió: “¿Eres… bisexual... lesbiana?”. “Lesbiana”, respondí, y volteé mi cuerpo hasta darle la espalda para dejar de una vez ese intercambio incomodísimo. Luego me enteré que era noticia con los compañeros en cuatrimestres menores que una alumna hacía una tesis sobre el lesbianismo en la literatura. Vaya que el hombre vivía debajo de una piedra o simplemente nadie en la Universidad se había interesado en abordar una sexualidad en la literatura. Qué sé yo, pero parecía que Norahenid Morales era la nueva Safo y había descubierto una sexualidad inaudita, novísima, digna de comunicar a compañeros de generaciones menores. Bastante absurdo tomando en cuenta que la Rectora de la Universidad es lesbiana, pero ¡quién soy yo para juzgar! 

Pasaron los cuatrimestres y no voy a negar que esa interacción incómoda con el don señor me quitó las ganas de abordar el lesbianismo en trabajos escolares. Algo en mí no quería ser encasillada por mi sexualidad. Tenía muchas otras cosas en mi haber que eran destacables, más allá de con quién me acostaba. Pero, a la par, buscaba desesperadamente personajes, actrices, famosas, música, libros, donde identificarme. Para no hacer el cuento largo, dejé que me metieran a un clóset intelectual de cristal, claro, porque disfrutaba de mi sexualidad y nunca fue un secreto para nadie.

Vaya que es cierto cuando decimos que no salimos del clóset solo una vez. Siempre habrá un profesor o jefe o persona aleatoria en el mundo a la que le “debas una explicación” sobre tus “inclinaciones no heterosexuales". ¿Por qué? Porque sales de la norma. Tal vez similar a ser negro en un país de blancos o ser mujer en un alto mando de una empresa.

Después de esta experiencia en mi formación profesional y de seguir buscando identificación en cualquier serie b en la que hubiera algún personaje sáfico, entendí dos cosas con las que aún hasta la fecha comulgo y promuevo.

  1. La representación lésbica que hay allá afuera es tan poca y tan mal expresada que parece que las lesbianas venimos de Saturno.

  2. La búsqueda del colectivo no está en la visibilización. Esa se quedó en el siglo pasado, sino en la normalización.

Siguiendo estos dos preceptos, decidí que por medio de la literatura iba a crear personajes cuya sexualidad no fuera su única característica explorable. No saldrían del clóset ni tendrían la confusión cliché de “por qué me gustan las mujeres”. 

Una postura política que responde a mis ideales feministas de igualdad, y que tal vez no todas mis congéneres van a compartir, pero es lo que creo. Desde mi trinchera espero ver en un futuro representación cinematográfica, musical y literaria que deje de exotizar mi sexualidad, que deje de sustentarse en el morbo del homoerotismo y abra la puerta para que las nuevas generaciones de sáficas se identifiquen con representaciones que no sean irreales, violentas y exploradas desde la heteronorma. ¡Que todos los libros lésbicos sean como Carol, de Patricia Highsmith!

Dejando de lado el manifiesto sáfico, sin duda, la representación lésbica ha avanzado muchísimo. Tal vez sea que la empatía es el valor más requerido en las nuevas generaciones y se ha tendido un puente que los más jóvenes no van a permitir que se destruya. Cada día hay más pequeños en el mundo que no se identifican como heterosexuales y todo debido a la apertura de pensamiento. Vamos, que es anticuado creer que la sexualidad solo es una. 

Pero, aún así, queda mucho trecho para llegar a la normalización de sexualidades disidentes. Y, si la literatura me ha enseñado algo, es que una historia es la mejor forma de empatizar con lo que no conoces. Las lesbianas no somos de Saturno y haré lo posible desde mi trinchera lingüística para que la literatura mexicana se impregne un poco de personajes sáficos realistas y humanos.

Todos los que amamos crear historias podemos participar activamente hablando de nosotros sin sentirnos excluidos en una realidad obviamente heterogénea.

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Ana Francis Mor