Modelaje

Por David Jáuregui.

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Modelaje

21 de abril de 2021

Para Ximena Sigüenza

Ando caminando por la ciudad mientras veo la mitad del mundo borroso. Eso dice un rapero, un tal Teorema. Eso escucho en mis audífonos. Él me copia o yo lo remedo. Sin que nadie lo sepa, nos volvemos similares en nuestras formas, en nuestro displicente paso aletargado. La vista se me empaña, fáltame claridad. 

Teorema se torna en mi modelo y yo en el suyo. Lo sigo por estas calles grasientas, grisáceas, mientras me dedico a pensar en mi hermana, en mi padre. A recordar la advertencia de él, la petición de ella. Vagar entre herrumbres y derrumbes, la composición de esta ciudad entera. Otear las toneladas de concreto dispuestas en prismas, cubos y palanganas. 

Alguna vez un pliego de papel, quizá azul, quizá blanco, sirvió de guía para traer al mundo estos mamotretos. De la imaginación intangible, las ideas se trasladaron a un dibujo abstracto, a escala, y finalmente fueron levantadas con castillos, ladrillos y batidillos de cemento. Ese paso intermedio es el modelo de la construcción, el plano que dirige hacia dónde va la creación.

Los “modelos” son abstracciones ya no en la cabeza, sino palpables. En la arquitectura y diseño industrial, se realizan cuales dibujos, ya sean en papel o renders digitales. Las relaciones internacionales llevan a cabo “Modelos de Naciones Unidas”, como símiles de la forma en que debería debatirse en foros mundiales. La orfebrería, artesanía, metalurgia y en general las industrias manufactureras suelen guiar sus creaciones a partir de un modelo ideal de producto. 

Pero una cosa es el modelo como objeto y el modelaje como acción. En este caso aparecen otra vez las sutilezas del lenguaje que pocas veces percibimos. Mientras que el primero se limita a ser una cosa atemporal y estática, el segundo procura, por el contrario, cambiarse a sí mismo o el mundo a su alrededor para acercarse al ideal diseñado con antelación. 

Y, más aún, el “modelaje” tiene dos sentidos prácticamente opuestos: copiar el modelo y ser el modelo. Por un lado, en las actividades como las antedichas que implican el paso intermedio entre la idea y el producto ―el modelo―, el “modelaje” es la acción precisamente de pasar del segundo al tercer momento. Amasar el barro para erigir la olla; cincelar el marfil hasta que aparezcan las manos y el collar de perlas; acomodar todos los bloques pétreos sobre los que se construye el hogar. Es copiar, materializar la abstracción en el mundo corpóreo.

Por el otro lado, “modelaje” también puede significar el acto de ser modelo. Más en Latinoamérica que en España, ese término se utiliza, por ejemplo, para la profesión de vestir prendas para que otros las admiren, presumirlas en pasarelas; lo mismo con las joyas, los maquillajes, la pornografía, las convenciones estéticas, el cabello, las manos, las uñas, el cuello, la piel; incluso en la pintura y la fotografía, con los retratos y desnudos. Este otro sentido implica ser el plano, la guía que luego muchos otros creadores, industrias, consumidores replicarán. 

Así pues, modelar es un verbo con una miríada de posibilidades. Comprende una forma fascinante de acercarse al mundo, que necesita siempre de un paso intermedio en aras de crear. Quizá sea una forma de circunvenir la caverna platónica: es aprovechar las sombras, la ilusión, el falso punto intermedio, y volverlas una brújula en el proceso de construir algo en el mundo. Las sombras pueden no ser tan inútiles y perniciosas al final de cuentas, si sabemos darles un mejor uso. 

Y ya que estamos con las vueltas de tuerca, (¿innecesarias?) podría imaginarse incluso que las palabras se inserten en esta misma lógica del modelaje. Por más que Austin diga lo contrario, las palabras no son las cosas. Por más visceral que sea nuestro deseo de que “perro” se refiera al perro al que nos referimos, nunca será “el” perro, ni “el perro” en la mente de los demás. Las palabras, pues, terminan siendo modelos entre la idea del objeto en nuestra mente y el objeto en el mundo real ―ahora, Lacan, di lo tuyo―. Lo interesante sería pensar en qué rayos querría decir el modelaje de palabras (¿escribir, quizás?). 

Será luego; ahora dedico mi mente primero a mi padre y luego a mi hermana. Él me advirtió que hacerlo sería mala idea; ella me pidió que desistiera. Desde hace tiempo ya, me extraña la sensación de ubicarme entre modelante y modelo. Volteo a mi padre cuando no sé cómo actuar y mi hermana voltea hacia mí cuando le sucede lo mismo. Una cadena de copias que termina en mi padre, o quizá, siga en líneas rizomáticas hasta la punta de nuestro árbol genealógico. 

Pero ese es justamente el problema: el modelaje suele devenir en automatización, masividad, indiferencia. ¿Cuánta esencia conservan las réplicas frente a la idea o, más aún, frente al modelo? El camino de los ancestros no es el de los hijos, ni el del primogénito es el de los siguientes en la camada. 

Pues ya a la chingada. Me volveré modelo de mí misma. O algo por el estilo ―no sé, nunca leí a Coehlo―. Cruzo el gran puente de concreto, debajo del segundo piso periférico. Un sushi, un bar, un puesto de hotcakes. Y al fondo, una oficina tétrica donde me espera mi nuevo trabajo. Aceptaré la invitación para ser modelo de pies en una revista raboverde. 

Cuando las palabras no eran las cosas

¿Cómo es que las palabras, esas mediadoras de la experiencia, pueden muchas veces ser más reales que la realidad misma? ¿Cómo entonces la escritura y la lectura pueden determinar la vida de una persona? Rosa Beltrán reflexiona en torno al entramado de sonidos y letras que ha sido su vida.

Rosa Beltrán