Encuadre

Por David Jáuregui.

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Encuadre

30 de diciembre de 2020

Diez reglas para comer. Diez para bañarse. Diez para hacer reglas. Sentía mucho mayor orden, paz mental, teniendo cada milímetro controlado, cada posible resultado de cualquier actividad que hiciera. Había poco espacio para la duda y la estocástica. Así ha sido casi desde que tenía cinco años: apenas turnaba a esa edad, cuando en una fiesta lo humillaron porque su disfraz era más llamativo que el de la cumpleañera. Puso su esperanza en la madre que le prometió que, si salía de lo común, sería recordado para siempre. Defraudado, hasta hoy piensa en esa charla. 

Ahora, sin embargo, es feliz entre sus cuatro paredes, armando cubos de Rubik y delineando con mayor precisión sus reglas. Hay algo en el paralelismo de las aristas, lados y caras que le fascina. Se necesita que los bordes no se toquen para que el interior tenga sentido. Para que el interior exista. Por más que intenten lo contrario, los bordes deben dejarnos espacio si quieren encerrarnos. 

Un deslumbramiento parecido le llegó hace años, cuando leyó el cuento Los testigos, de Julio Cortázar. La mosca que vuela de espaldas le pareció una idea más bien sosa, pero la solución del protagonista contra ella le caló hasta los tuétanos. ¿Delimitar el cuarto con más y más placas de cartón, hasta encerrar al bicho? Qué idea tan fantástica, casi como la vida misma: pasan los años, metiéndonos en cajas más pequeñas, hasta terminar en el arca eterna de madera. Se sintió profundamente complacido imaginando ser la mosca de Cortázar. 

Aunque quizá le llamó más la atención caer en cuenta, mientras leía, de que las palabras viven enclaustradas, tanto o más que él. De entrada, el papel mismo es un cuadrilátero que mantiene arreadas a las frases y fonemas. Su forma rectangular (o de paralelogramo), además de volver más sencillo el corte y confección de los libros, da cierto sentido de paz y orden a textos. (Baste con imaginar, por el contrario, un libro de hojas de tamaños distintos o con formas irregulares.) Las pantallas van un paso adelante, con la hoja digital dentro de su espejo negro. Y dentro de ambos soportes físicos, el papel y los píxeles, los márgenes son todavía otro corral en donde se guardan las palabras. 

Como en cada ejercicio artístico del absurdo, el hombre sentía el imperativo de añadir darle otra tuerca a la vuelta. O viceversa. Reparó entonces en los párrafos: esos establos donde se supone se agrupan las frases para darle coherencia e ilación al texto. Las normas convencionales de escritura recomiendan mantener la unidad temática o argumentativa dentro de cada bloque de texto; lo que equivale a decir “una idea, un párrafo”. (En este mismo texto, por ejemplo, procuré hacerlo evidente en los anteriores). Se asume que por dividir el gran argumento —trama, mensaje, discurso, narración, etcétera— en varias subunidades, la comprensión de quienes leen aumentará. Es cierto, necesitamos que nos presenten la información poco a poco, paso a pasito, para que nos entre mejor. La estructura aristotélica (introducción, desarrollo, desenlace) en gran parte por eso resulta tan útil: desarrolla gradualmente la historia. El problema es dar por sentado que el mensaje que se quiere transmitir tiene de antemano una estructura “correcta”. La formación en párrafos de un texto no depende de la información en sí —no hablamos en párrafos, por ejemplo—, sino de la convención de que “de esa manera es más fácil comprenderla por escrito”. En una narración oral, por ejemplo, las pausas y silencios dependen más de la intención sentimental o dramática de la misma narración; incluso de factores externos, como ruidos e interrupciones. Pero en el texto escrito, hemos necesitado recurrir a —inventar— artimañas para comprender mejor la información que transmitimos (los signos de puntuación siendo las otras estelares). Los textos tienen esa regla pensando al mismo tiempo en quien escribe y en quien lee, llegando en algunos extremos (como en los artículos académicos) a que los párrafos parecen ensayos miniatura dentro del ensayo, cada uno con su respectiva introducción, desarrollo y conclusión. Así pues, las palabras están encerradas en varios niveles, pero también nos crean marcos de pensamiento, formas de entender el mundo, que ultimadamente repercuten en cómo actuamos —como dicen, el diablo y la manipulación entran por las orejas—. También llamados “encuadres”, en gran (gran) suma, se refieren al cómo se presenta la información, cuáles palabras se usan para contar de qué manera un suceso particular. No es lo mismo, por ejemplo, intentar narrar a un personaje soso, monótono, cuadrado, con un estilo académico y formalista, extremadamente ad hoc; que más bien recurrir a florituras, metáforas y adjetivos para describirlo. La manera en que se recibe esa narración será diametralmente opuesta, llegando incluso a ni siquiera transmitir nada. Aunque quizá ese sea el punto. Probablemente el mensaje sea la forma, y no que el mensaje esté mediado por la forma. La afición del personaje por las reglas podría verse comprometida en el caso de que, por ejemplo, él viva en un párrafo revuelto, heterogéneo, con más de una idea y sin una afirmación central. ¿Cuánta angustia podría invadirle al saberse enclaustrado por el incumplimiento de una de las supuestas reglas primordiales? Continúa pensando en su sillón con tres rectángulos acojinados. Ya perdió el sentido el corral en que se encuentra; ya solo son un montón de oraciones apelmazadas. Así que para seguir con el ejercicio del absurdo, toma la intempestiva decisión de hacer algo que nada tiene que ver con la coherencia anterior de la narración. Cuando el hombre termina de hojear por última vez el cuento de Cortázar, se levanta de su reposo. Recorre la corta y recta distancia hasta la puerta, pasando frente a la mesa con mantel a cuadros. La decisión está tomada, una fuera de la caja: iría a las luchas. Sus propias reglas tan a rajatabla le habían prohibido la dicha del cuadrilátero. 

Se renta habitación

Cuando se divorció, rentó una de las habitaciones de su departamento, le sobraba espacio y el dinero le vendría bien. Llegó el nuevo inquilino, Arnulfo, un joven estudiante.

Camilo Rodríguez