Llover sobre mojado

Por David Jáuregui.

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Llover sobre mojado

Llover sobre mojado 


13 de enero de 2021

Mientras baja los siete pisos de escaleras y luego la rampa que lleva al cuarto subterráneo de lavado, se angustia más con cada paso. Alcanza a entrever pocos fragmentos del lienzo gris que sostiene la pequeña ciudad, pero bastan para decirle que tomó una mala decisión. Más tarde lo comprueba, cuando en la azotea comienza a sentir las gotas sobre sus hombros. 

Después de esperar dos horas a que toda su ropa estuviera lavada, la subió los nueve pisos, incluyendo la rampa y las escaleras, a la azotea, cargando un cesto repleto de ropa empapada y levantando las piernas con pesadez. Se lastimó la espalda al dejar el canasto en el suelo para abrir la puerta, en un tirón que volvió a dolerle cuando levantó la chingada ropa. La nata opaca sobre el cielo confundía la lluvia ácida con la limpia, como unos instantes después le pasaría con sus prendas, cuando se le volcó el canasto sobre el suelo: su torpeza se potencia cuando se siente mal, ni hablar de cuando intenta abrir un pequeño candado mientras carga la mitad de su peso y el doble de su ancho. 

Colgó la ropa ya menos limpia y bajó de regreso a su cuarto de nueve metros cuadrados. Tres veces confundió algún bramido de la calle ―motores, choques, eructos― con un trueno, lo que, en conjunto con la estela mugrienta del cielo, le urgió a bajar sus prendas. Y en las tres se equivocó. Fue hasta el cuarto alarido de la campiña suburbana que decidió ignorar su impaciencia, pero de nuevo falló en su tino. 

Las pequeñas chispas comienzan a serenar sus hombros. Apenas termina de recolectar los pantalones, algunos caídos por el viento, ya son goterones; y, cuando por fin llega a cerrar el acordeón de calcetines en sus manos, la tormenta arrecia sobre la azotea. 

Eso de mudarse de golpe a vivir sola le está costando. Le parece que no deja de lloverle sobre mojado. Pero en el sentido mexicano ¿latinoamericano, creo?, no en el que usan los vascos a su alrededor. En sus tierras, “llover sobre mojado” tiene un sentido más que poético, tan mundano y revolcado entre la mierda, que resulta fantástico. A quien le pasa tragedia-tras-tragedia, ¡traz!, le cae la tormenta en la trajinera. Es el perro que se quedó afuera de la casa a medio chubasco, lo empapan los autos imparables, y luego otro perro llega a mearle encima. O cuando, después de recibir una multa de regreso de hacer un favor, te sirven lo que pediste de cenar ―en tu cena de cumpleaños, por cierto― con ese ingrediente que detestas. 

De alguna manera, este dicho tan común en México, alcanza un doble nivel de sorna, al lograr disfrazar con una metáfora (bastante fonética, a todo esto) una viscosa y repulsiva bola de nieve: es la lluvia que diluye y barre la mierda en las banquetas. Una frase, “llover sobre mojado”, que en pocas palabras puede sintetizar desde un solo par de comedias hasta una vida de suplicios, siempre con un tono sardónico entre la tragicomedia y la contemplación. 

Ahora bien, para comenzar a mojar los suelos, vale decir que la frase, como todas, tiene diferentes sentidos en México y en otros países hispanohablantes. Parece que en general se entiende igual en las demás regiones que hablan español, pero en particular en España hay una que resalta. Vagando entre foros de lingüística, se encuentran comentarios que comparten cómo entienden “llover sobre mojado”. De entre ellos, varios españoles coinciden en que usan la frase en el sentido de “más de lo mismo”. 

Parece una categoría superior a la del sentido como cadena de infortunios: mientras que un “llover sobre mojado” se refiere a las desgracias en bucle, el otro habla de la repetición en sí. La versión española es más general, amplia, y permite usarse en más contextos, aunque siempre tiene un tono de queja, de burla. Los menús escolares, las originales de Netflix y nuestras queridas clases políticas: llover sobre mojado. Más de lo mismo, hasta que por su insipidez te entran. 

Lo que faltaría, por otro lado, sería encontrar la antítesis en la repetición. No intentar mojar la lluvia, claro, sino que salga el sol sobre los resplandores. Así como tras la frase amable se esconden los hilos de tragedias, la iteración guarda la posibilidad de que lo repetido no desagrade, sino alegre. Las “rachas de suerte” no bastan, dejan fuera la sensación satisfactoria que traen esos momentos tan fugaces en los que nos ocurre una buenaventura tras otra. Son tan atípicos que no se disfrutan, se pierden entre el agradecimiento al azar y el miedo a la retaliación del destino. 

Algo similar piensa ella cuando moja la esponja seca con la que ahora intenta lavar los platos. Las tierras áridas pueden tardar horas en mojarse, aun bajo la lluvia. Sobre todo a las víctimas de la erosión (humana), absorber el agua ocasionalmente les toma hasta después de que deja de llover. La esponja se expande. Solo si vuelven a caer regalos de Tláloc pronto, al día siguiente, podrá apreciarse la fascinación: las tierras demacradas conservarán el líquido, lloverá sobre mojado. 


Lluvia de metal

Parecía un día normal en el colegio: Los chismes, los chistes, las anécdotas, la espera para el recreo y de repente el sonido de una balacera. Un tiroteo en una escuela revelará la verdadera naturaleza de cada alumno. 

Mariana Salamanca