Un clásico

Por David Jáuregui.

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Un clásico

16 de diciembre de 2020

Aquí hay tres escenas presentes en lugares cotidianos, que cualquiera ha vivido y que hicieron insoportable la idea de acercarse a historias del pasado. Libros, sí, pero también arte en general. Tres plantillas de conversaciones, con tres ideas de cómo, en su repetición hasta el hartazgo, han distanciado a los clásicos no solo en el tiempo, sino también en los gustos, comidillas y, ultimadamente, de las pilas de lecturas pendientes en los burós.


  1. De Judas Priest a J Balvin 

Los estoperoles brillaban demasiado. Parecían una versión hardcore, y más que nada envidiosa, de las lentejuelas de la alta costura. Complejos o celos sublimados. Están en el cinturón, en el chaleco, en las botas. Brillan menos, sin embargo, que la cadena pendiendo de la trabilla a la cartera. Alguna vez en el Mesón le sirvió para evitar que lo carterearan, pero ahora no es más que un adorno al que intenta recurrir en el escarceo. Es como la que usan Rob Halford, James Hetfield o Dimebag Darrell en sus conciertos, le dice a una chavita, probablemente menor de edad. A ella no le interesa, ni siquiera sabe quiénes son. Él la incomoda, continúa: bueno, usaban, ya ahora están viejos y dejaron de ser tan true como antes. 

A pesar de todo, sus canciones siguen siendo himnos mundiales, dice el tipo. Pinches chamacos caguengues con su reggaeton y banda, no saben disfrutar de verdaderos rolones, esos que te hacen mover la cabeza. Aquí solo escuchamos Judas Priest, AC/DC, Rainbow, Black Sabbath, Anthrax, Metallica, Pantera, Iron Maiden; y de rock en tu idioma, Caifanes, Enanitos Verdes, Bunbury, Mägo de Oz. Seguro tú escuchas al pinche Bugs Bunny y al Yei Volován, puros gustos chafas. Aquí hay que ser true, hardcore, pesado, para realmente disfrutar el arte. Solo eso es música, la neta. Y si no los aprecias, eres un pendejo. Todos ellos, un clásico


  1. Profesor no es pedagogo

“Rompe la tierra el paraninfo alado // y el rústico instrumento que la oprime, // nunca más dulce, nunca más suave // a la mano obediente, no al arado, // el surco estima que en su centro imprime // celeste autor de su esperanza grave”. Este es un verso, niños, de la Canción a San Isidro, de Calderón de la Barca. Estrofas 53 a 58, para ser precisos. Con él comenzó la gran época de la máxima literatura, de altura, de una pasión que se perdió en solo unos tres siglos. Después del XIX no se ha escrito nada que valga la pena. Nunca le crean a otros profesores que les digan que los románticos le dieron un hálito de impulso a la literatura. Ellos la mataron. ¿Por qué enterrar al neoclásico, si nos había acercado a nuestras raíces, a la cúspide antigua que ya perdimos?

Si me lo permitieran, yo les enseñaría puros autores del siglo XIX hacia atrás. ¿Ashauri López, Isabel Zapata, Yásnaya Aguilar? Ni idea quién sean. ¿Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar, Márquez? Nomás un refrito bananero de los franceses. ¿Camus, Vian, Beauvoir, Bataille? No son franceses. ¿Unamuno, Montero, García Lorca, Cela? Tampoco son españoles. Ingleses no hubo después de Shakespeare. Pero vayamos poco a poco, no se vayan a saturar. Comenzaremos en 1844 y de ahí nos iremos en reversa. La primera obra que leeremos es una magistral novela francesa, que sin duda les encantará porque es de aventuras: El conde de Montecristo. Como apenas están en primaria, yo creo que no tardarán mucho en zampársela; nos tomaremos unas tres semanas para leerla. Créanme que valdrá la pena, haremos un viaje en reversa por los mejores siglos de la literatura, hasta llegar a 1636 (o 1630, según algunos críticos), año del mayor hito de la literatura: La vida es un sueño, de Pedro Calderón de la Barca y Barreda González de Henao Ruiz de Blasco y Riaño, el magnífico ¡Pedro Calderón de la Barca! Perdón que me ponga sentimental, niños, es solo que me emociona sobremanera ese dulce pensamiento. Imaginen, vamos a leer al maestro. Definitivamente un clásico


  1. Escupitajos en las pinturas

Duchamp se orinó en el arte, llevándolo a una debacle descarrilada que inició en 1917, dice la señora mientras se acomoda el chal. Sus arracadas dobles tintinean. Parece que se lo espetó al joven a su derecha, pero ni él está seguro. Ella continúa: dadaístas estúpidos que rebajaron al arte al nivel de los babosos bebés; si ellos querían quedar idiotas con tanta hierba, nos hubieran dejado al arte en paz. Luego tienes a los beat creyendo que valía la pena llenar sus plumas y venas con mescalina. Uuuyy, y ni hablar de Pollock, que nomás lanza escupitajos a sus pinturas, como ebrio en la calle, y ya le dicen genio. O Rothko, Malévich o Mondrian, fantoches que apenas y podrían juntar dos cubos de lego. O Piero Manzoni, ese artista de mierda. Luego por eso tienes aquí, sí, aquí en Bellas Artes, a Fabián Chaires y su Zapata joto; o por ahí a Teresa Margolles y su repulsiva fascinación por los crímenes de los narcos, que tanto le duelen al país. 

Ni hablemos del país. Aquí no hay arte. Aunque lo intentamos, no pudimos alcanzar la maestría de los europeos. Hubo algunos durante la colonia que supieron adoptar el único canon meritorio: el realismo. La mayoría estaban distraídos con el arte sacro, tan gustado por el populacho, pero los abocados al realismo, y en particular al naturalismo, fueron excelsos. Edouard Pringet, hmmm, sus escenas de castas. ¡Y encima, francés! Bodegón, de Hermenegildo Bustos, ni se diga. De ahí vino José María Velasco, nos llevó a un clímax, pero luego nos dejó caer de porrazo en el suelo. Por eso estamos como estamos, un país de mandriles sin gusto. El kitsch nos invadió; lo naco, pues. Esta pintura, por ejemplo, ¿qué diablos retrata? ¿Que pobrecito el payaso del semáforo? El joven a su lado finalmente reacciona. Gira su cuerpo uniformado con lentitud y dice, Señora, qué sé yo, solo cuido el lugar; compre algo o váyase a la chingada. Y ella responde: Ash, un clásico





* Este es un adelanto de un tutorial que estamos cocinando en ipstori: “¿Cómo adaptar una novela clásica?”


Capítulo 1. Sin suceso no hay cuento

Vamos manos a la obra con tu cuento. En este capítulo, hablamos de las generalidades del taller, de la forma básica del cuento y un pequeño ejercicio para dejar fluir las ideas.

Mónica Lavín