Sin punto

Por David Jáuregui.

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Sin punto

Para Rosa

9 de diciembre de 2020

Los puntos dan término a los textos. Sin importar cuán largos sean. La extensión de las oraciones resulta despreciable frente al poderío del punto. En tanto haya una idea que finalizar, interrumpir, no importa cuántas palabras la compongan; puede ser una concatenación de frases que sumen una, compuesta por una ilación quizá innecesariamente distendida, y no habrá problema. O una corta. Y tampoco. El signo sin dimensiones es capaz de parar en seco a cualquier envergadura de lenguaje. 

¿Por qué necesitará, entonces, tantos puntos en su pelaje el ocelote del zoológico?, se pregunta. Hay algo de enigmático en el patrón a polkas del felino. Parecen remaches que le sostienen su manto. Quizá la cebra también fue ocelote, antes de que sus puntos se fundieran en líneas. Observa al gatuno mientras exhala por cuarta vez. Lleva ahí casi media hora, en las afueras izquierdas del recinto. El ocelote le regresa la mirada. Quién sabe cuál, pero comparten la misma duda. 

Dos juegos de barrotes los separan. Luego uno, cuando él entra a los campos abiertos, aunque encerrados, que dentro de sí enjaulan a los que sus patas y hocicos exigen pastizales. El zoológico es un lienzo verde manchado por encierros negros. Manchas. Eso era. Todavía le resuena esa palabra. Merece un punto solo para ella: mancha. De haberla utilizado, en lugar del ramplón “punto”, su situación sería otra. El examen iba a la perfección, aún cuando su padre era uno de los aplicadores. La sección escrita de conocimientos fue una ganga. Después vino la evaluación de cuidados físicos, en la que le asignaron al azar tres animales del lugar: delfín, cocodrilo y ocelote. 

Casi un cuarto de siglo ha pasado desde que se encontró con las tres criaturas y ahora viene a vagabundear entre ellas con los pies deprimidos. Saluda a los monos, tan afortunados ellos, que andan en alturas más lejanas que los pobres pájaros en sus pichoneras. Ignora al cocodrilo, volverá luego con él. Aprieta el paso cuando pasa frente a los jabalíes, pues tiene con ellos una trifulca sin resolver. Las cizañosas residentas del herpetario bailan un reggae oscuro, tipo Ghost Town. Con una sonrisa, las leonesas le alzan la pata en un gesto de bienvenida. 

Por fin arriba al diminuto acuario que hospeda a dos tortugas, ocho pulpos y un solo, vetusto y majestuoso delfín. El cetáceo lo recibe de la misma manera que hace veinticuatro años: un respingo arisco seguido de un cabeceo con ojos calmos. Aquella ocasión solo le tomó un ligero instante de desconfianza, antes de dejarse alimentar y acariciar por el postulante. Incluso le permitió, de buenas a primeras, cambiar el vendaje de su aleta magullada ―el turista mexicano que le lanzó la  botella meada por lo menos fue deportado―. El cocodrilo, en cambio, fue un tanto más difícil. Al sentir no sentir aún familiaridad con el examinado, únicamente sacó sus dos puntos ―oquedad infinita― del agua, impidiéndole limpiar sus colmillos y pesarlo. Cedió cuando a él se le ocurrió cucar al reptil con pedazos de carne: se los acercaba y alejaba, sacándolo de a poco, tantas veces necesitó para que su hocico emergiera por completo. Así lo hechizó hasta tenerlo en tierra firme, a su disposición y la de sus asignaciones. Y así hace ahora, sin saber cómo despedirse del lagarto: varias lonjas de tocino crudas, un vaivén desde fuera del pantano artificial, y un cocodrilo llorando porque su amigo se retira. 

Cerca del pantano vive el ocelote, a la vuelta izquierda del zoológico. Puntos, le dice él para saludarlo. Mancha, le responde el felino. Un intercambio cortés relleno de ponzoña. Cuando se conocieron, el entonces aspirante a cuidador de animales solo pudo convencerlo de dejarse asear hablándole. Le contó su mañana, el desayuno, el trayecto al examen y lo que llevaba de él. Llegó en reversa hasta aquel tiempo en que hundía cochinillas en el patio terregoso de la abuela. Con un dedo, presionaba las esferas negras contra la tierra aún más lúgubre. En ese momento entendió que si su existencia tenía un punto, era cuidar a las bestias que por ahí andaban. A eso se dedicó por veinticuatro años bajo el seudónimo de Mancha. Se lo dijeron a sus espaldas, que por negro, el resto de sus colegas en el departamento de intendencia, desde que comenzó, hasta su jubilación anticipada. Eso no era, sin embargo. El mote le fastidiaba porque no lo utilizó. Tus puntos son el pelaje más precioso, le dijo al michi cuando estaba por concluir su examen. Nadie más que él y el padre lo escucharon, pero la libreta de puntajes marcó un no aprobado. La razón: le dice puntos a las manchas. El signo sin dimensiones fue capaz de parar en seco a la nebulosa de lenguaje, de pelaje. 

Ese animal que anda a tres patas

El ambiente huele a fruta y huele a sarna. El hombre tiene una rutina: carga su triciclo, recorre las calles, pasea la fruta, a veces le compran y otras no, pero sus perros siempre lo acompañan.

Aldo Rosales Velázquez