Burbuja de papel

Por David Jáuregui.

Regresar
Burbuja de papel

2 de diciembre de 2020

Se mira la herida en el nudillo. Está podrida y petrificada, un volcán de aspereza. Su hurón la mordió hace más de dos meses, pero una vez tras otra ha reabierto su pulgar. La pústula calcárea está justo en la intersección de sus falanges, por lo que los doblamientos del dedo —cada typeo en su teléfono, cada sostener de una pluma— también le estiran la carne. Hinchada, la burbuja cierra la vista. Es un velo castaño, aunque tan transparente y profundo que roza el azul. Solo le permite ver lo que ella piensa, saber lo que siente y, sobre todo, únicamente le deja entender lo que hay dentro de ella misma. Poco importa que sean traslúcidas: las burbujas opacan la mirada. 

Pueden también ser una especie de protección frente al mundo, solicitada o no, consciente o tampoco. No escuchar para evitar las afonías. O bien, escuchar todo para volver imposible distinguir. El mutismo y la estridencia son uno mismo dentro de las cúpulas de sordera —dos presidentes recientes lo ilustran—. Dentro de las campanas de reverberación, uno solo escucha lo que uno dice, pero los argumentos rebotan, haciendo parecer que lo dice “todo el mundo”. De esta manera, sin más, funciona la supuesta arena pública del internet: así como una pompa de jabón se puede unir con otra para formar una enorme, los pensamientos en internet se unen artificialmente, sumándose en un Goliath de opinión que todos creen que comparten. 

De pronto las burbujas deciden obliterarse. Sacrifican los resabios de libertad que conservaban para unirse a esa gran masa colectiva y, de camino, van dejando un empedrado jabonoso. Ese lienzo de la progresía woke de internet se extiende en derredor, uniendo a todos en un solo pliego kilométrico de plástico de burbujas. Un manto de pensamiento que satura Facebook, Instagram y sobre todo Twitter. 

El “film alveolar” —de nombre llamativo por su alusión a los pulmones— nació a finales de los cincuenta, como suele pasar con los grandes inventos, derivado de un accidente de diseño. Después de varios intentos de venderlo para usos industriales, a Marc Chavannes, uno de los inventores, se le ocurrió promocionarlo como producto para embalaje cotidiano (el otro era Al Fielding). Ahí empezó el boom de lo que sería una de las ideas que, hasta ahora, sigue presente en los mercados, tiendas, mudanzas y servicios postales; sin mencionar, claro, su extendido uso como distracción para la ansiedad. Tal es el impacto que tuvo, que ahora incluso existe el “Día de apreciación del plástico burbuja”, celebrado el último lunes de enero de cada año. 

Ella se abre la herida una vez más. Tecleaba con furia una respuesta al manto de burbujas que la envolvió en Twitter y, en los movimientos, laceró de nuevo su carne. El ostracismo comenzó cuando ella posteó que le gustaría que su chacha no tuviera su hijo con covid, para que pudiera estar en su casa limándole la pústula osificada. Nada tardó la progresía para llegar con antorchas y guadañas. La inculparon, juzgaron y ejecutaron en un solo enroque: no mames el privilegio, no entiende que no entiende, pinche whitexican, miren cómo dice chacha, qué poco empatiza con las mujeres, con los niños, con los pobres, lo que esto representa es el racismo, clasismo, oligarquismo, de la sociedad mexicana, este es un ejemplo vil de estar encerrada en una burbuja, etcétera. El filme alveolar se enrosca alrededor de la usuaria de Twitter que hoy decidieron agarrar de piñata, para luego congratularse de su victoria: lograron que ella, en pánico, cerrara su cuenta. Dos horas después, todos se olvidan del incidente, ya rato dejaron de festejar el destierro de una impía. 

La huida de Twitter, sin embargo, siempre es temporal. Con unas tijeras para cejas, ella se manicura la bola oscura de su pulgar. Corta capa por capa las pieles ásperas, deshidratadas, hasta dejar al descubierto pequeños vasos hemáticos. Su dedo sangra, chorreando hasta la muñeca, pero lo logró: se extirpó la pena que le achacaron. Por la noche reabre su cuenta. Tarda más en subir el video que en grabarlo. Es una disculpa pública, dice, por sus majaderías. Era joven. No lo entendía. Se equivocó. Así como todos se equivocan alguna vez, continúa. Tienen razón: está de la chingada llamar “chacha” a nadie; está de la chingada no ver que neta hay gente sufriendo por covid. Por eso decidió presentar una ofrenda a cada trabajadora doméstica del país. En ese momento alza la mano que tenía fuera de cámara: el horror de la sangre cayente, arrastrándose brazo abajo, que proviene de un círculo muy particular, de ese montículo que antes era ampolla. Entre lágrimas, ella se disculpa con todo el país, con las mujeres, con los desahuciados, con los argentinos, con los carpinteros, con las chefs, con los manicuristas y, en general, con cualquiera a quien su comentario haya ofendido. 

Tuvieron que pasar semanas para que se diera por vencida: nadie le respondió, nadie la retuiteó, nadie le dio fav. Un escupitajo en la cara le hubiera dolido menos. Despedazarse el pulgar le dolió menos. Pasó ese tiempo encerrada en una burbuja matryoshka: la pandemia, dentro la cuarentena, la casa, el cuarto, la cama, el ensimismamiento, la abulia, la mano, los dedos, el teléfono, Twitter. Miraba su pantalla de notificaciones cada día más desolada. Ya habían pasado sus minutos de fama. Mala fama. Y aunque la ejecución fue estocástica, también fue sumaria. No importó quién era, sino qué representaba. 

Las burbujas no son necesariamente infaustas. Basta con mirar a los libros, que son burbujas de papel, tan efímeras como la lectura. O los encierros, medida tan simple para contener, digamos, un virus de dimensiones mundiales. Twitter, sin embargo, parece un bebé gigante que se salva de morir de tedio tronando las burbujas incómodas del filme alveolar social. Gane la ironía cuando se descubra que Twitter en sí mismo es una cápsula, una ampolla, que solo comprende alrededor del 24% de la población mexicana.[1] ¿Quién le reventará la burbuja a quien sostiene el lienzo? 



[1] Datos del INEGI de 2019 estiman que el 39% de los usuarios de internet en México utilizan Twitter, lo cual equivale a 36.4 millones de personas. Tomando como base la población de México del 2018 (126.2 millones), último cálculo del mismo INEGI, la proporción de usuarios de Twitter es 24.2%. https://www.eluniversal.com.mx/cartera/en-mexico-39-de-los-cibernautas-utilizan-twitter

Entrañas mexicanas

“El ritual empieza con un canto. Se les otorgan velas a todos y se les pide que reciten, exactamente en tempo, tono y armonía, las palabras necesarias para abrir el portal.” Todo es tan confuso, pero tan morboso a la vez…

Arantxa Merlín