De esposas y deudas históricas

Por Sofía Rivera.

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De esposas y deudas históricas

25 de noviembre de 2020

Ser escritora nunca ha sido una tarea fácil, es cierto que la situación ha mejorado. Sin embargo, cualquier mujer que desea sobresalir sabe que debe esforzarse el doble que su contraparte masculina. Estamos relegadas a las tareas del hogar y a veces, condenadas a ser la “esposa de”. Nunca me sorprendí tanto, que el día que me hice consciente de que mayormente leía autores, fue en realidad porque en mis libreros las autoras brillaban por su ausencia. En retrospectiva no es tan sorprendente si considero que en literatura solo leímos a hombres: Homero, Lope de Vega, William Shakespeare, George Orwell e incluso a Carlos Fuentes. En ese momento no me pregunté dónde estaban las grandes escritoras, ni si existían. 

Las cosas han cambiado mucho desde que me gradué de la preparatoria. Virginia Woolf lo dijo mucho tiempo antes: anónimo fue a menudo una mujer. Me tardé años en interiorizar la frase y actuar respecto a eso. Me sentía en deuda con las mujeres. Era obvio que había grandes libros escritos por mujeres y yo, como parte del sistema, prefería leer hombres. Incluso si yo soñaba con ser escritora. ¡Qué contradicción tan grande querer ser la excepción de la regla que yo propiciaba! 

La realidad parecía querer noquearme y tuvo dos golpes estelares. El primero fue cuando vi Los adioses, película dirigida por Natalia Beristáin que narra la vida de Rosario Castellanos. La película retrata la opresión que vivieron muchas escritoras sobresalientes; siempre a la sombra del genio literario de sus parejas sin importar qué tan talentosas fueran. El segundo fue cuando, por chismosa, estaba escuchando la clase de literatura de mi hermano —desventajas de volver a casa de mi mamá durante la pandemia— y la profesora dijo algo sobre la “esposa de Octavio Paz”. Mi enojo fue tal que casi le envío una copia de Los recuerdos del porvenir a la maestra. Si estamos dispuestos a relegar a las mujeres, incluso a la que podríamos considerar la mejor escritora mexicana, al papel de esposas, ¿qué nos queda como mujeres escritoras? A partir de ese día comencé una lucha propia: descubrir la escritura de las mujeres, sus puntos de vista, su creatividad, su mundo.  

Por azares del destino este año, el año que todo se detuvo, tenía un único propósito: comprar la poesía completa de Idea Vilariño, la poeta uruguaya de la que casi no hablamos, pero deberíamos y de la cual parece imposible encontrar su obra. En este momento su imagen me mira campantemente desde el librero. Mi deuda con las escritoras no podía quedar saldada con un libro de poesía y, como acto político o tal vez de necedad, me adentré en la literatura contemporánea buscando a nuevas figuras a las que admirar. La vida cambia cuando lees a las mujeres, es la posibilidad de reinterpretar el mundo y descubrir las aristas que pasan desapercibidas a la mirada masculina. Es humanizar a los personajes y empatizar con ellos porque no hay nada más real que equivocarse, fallar para empatizar.  

No soy la esposa de nadie y tal vez nunca lo sea, pero tengo claro que, mientras pueda, el librero de al lado de la escalera seguirá llenándose de escritoras porque como mujer pretendo escuchar su voz. Liliana Blum, Fernanda Melchor, Margaret Atwood, Samanta Schweblin, Alaíde Ventura, Mariana Enríquez, Cristina Rivera Garza, Susan Sontag, Paola Capriolo, Tatiana Tibuleac, Angela Carter, Verónica Gerber Bicci, Amparo Dávila, Gabriela Mistral, Guadalupe Nettel y Anne Carson son solo algunos de los nombres que hoy me acompañan. Ese estante, que hace ocho meses estaba vacío, se ha convertido en el espacio donde planeo saldar mi deuda histórica con aquellas que me abrieron el camino y me enseñan a pesar del gran espacio temporal que nos separa. Hoy no es diecinueve de octubre, día de la escritora, pero todos los días son buenos para rescatar a las escritoras que han sido olvidadas.


Cuando las palabras no eran las cosas

¿Cómo es que las palabras, esas mediadoras de la experiencia, pueden muchas veces ser más reales que la realidad misma? ¿Cómo entonces la escritura y la lectura pueden determinar la vida de una persona? Rosa Beltrán reflexiona en torno al entramado de sonidos y letras que ha sido su vida.

Rosa Beltrán