Orquesta manual. Parte III

Por David Jáuregui.

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Orquesta manual. Parte III

...continúa de Parte II


18 de noviembre de 2020

En toda mano hay una parte que suele pasar desapercibida. Cuando se habla de “mano”, se habla del conjunto de dedos o de la extremidad tomada por entero. Lo que, sin embargo, se ignora es la fascia palmar (o “aponeurosis palmar”), esos músculos que envuelven los metacarpos y forman el recuadro que de un lado se llama palma y del otro, dorso. El pulgar se ha entronizado como un motor de la evolución humana ―la posibilidad de agarrar ofrece copiosas ventajas frente a otras especies―, pero de poco serviría un dedo tal sin la estructura que le permite estar en un ángulo recto con los demás dedos. Si, por ejemplo, el pulgar estuviera a la altura y en la dirección vertical del índice, quizá nos habríamos perdido algunas supuestas virtudes del progreso, como la agricultura, la tecnología, los videojuegos o la masturbación. Es la fascia palmar la que provee de soporte a todos los dedos, la que sirve para apoyar la mano y apoyarse en ella. Y es la que permite variadas expresiones vivas de sentimiento: ovacionar a los músicos callejeros que truecan euforia por monedas; aporrear la mesa para marcar el ritmo de la canción en la radio; transformar esferas de masa húmeda en discos que serán tortillas; azotar con enjundia la mejilla de quien ofende a tu hijo. 

¿Cómo chingados le dijiste a Juan Carlos? ¿Bicho?, escupe Rosa con los ojos quemados por la luz y la palma enrojecida tras la cachetada. Patricio reacciona como un pato torpe, moviéndose con la cadera tambaleante. Así le dice la niña al gato, comienza, con el mejor tono que la agresión le dejaba; Juan Carlos está abajo, creo que se la está jalando. La madre da un trago seco de aire y contiene la respiración. Todo esto comenzó porque el cabrón no se aguanta lo pijaloca y ahora, en medio de la guerra, se va a masturbar. No mames, finalmente profiere la madre. A ver, por partes, ¿a dónde fueron Diana y el gato? No sé y no sé. ¿Nada, no dijeron nada? Pues el gato no habla y ella tampoco, la verdad; ni siquiera la vi irse, menos pudo decirme algo. 

El padre sale del mutismo que la impresión le provocó. Procura que su voz no tiemble demasiado mientras propone que vayan a buscar a los desaparecidos. Los padres podrían salir en la camioneta a hallar a Diana y los hermanos, a pie, recorrerían los arbustos en que el bicho suele esconderse. A falta de un plan menos incompleto, todos aceptan. Rosa parece haber olvidado el recelo que le tenía, apenas en los instantes previos, a Patricio. Ya en el piso de abajo, ella toma un desvío para tocar la puerta de Juan Carlos; el padre la espera pacientemente a unos pasos de distancia. 

El desgarbado aprovecha para tocar base con su hermano. Sin que lo noten, sale de la casa, anda el camino de grava y llega a la banqueta. No se sienta. Gustavo fuma el que parece su cuarto cigarro, según la cuenta de colillas en el suelo. Mira a su carnal esperando a que él hable primero. Patricio tarda unos segundos en comprenderlo. ¿Viste salir a Diana?, inquiere por fin. Sí, pero no a dónde. ¿Le preguntaste? ¿Eso es lo que te preocupa? El desgarbado y el flaco se observan ferinos, aguardan a que el otro sea el primero en desenvainar la lengua de navaja. Patricio prosigue con esmerada hosquedad: Sí, me preocupa que no sabemos dónde está Diana; me paso por los huevos saber dónde voy a dormir o qué voy a comer mañana; la morrita está perdida, wey, y la neta ya le tengo cariño al don, así que voy a ayudarlo a que aparezca y me vale verga lo que digas. Já, claro, pendejo, como si estuvieras engatusándolo para clavártelo; ¿me crees ciego? se te nota la cara de baboso cuando ves los aparatos de la casa, dime si no te los quieres chacalear. Que no, cabrón, esto es serio; quiero llevarme bien con el don para que me enseñe de electrónica. Ay sí, ahora resulta que quieres aprender, aunque seas bien pendejo. Pues por eso, wey; estoy hasta la madre de ser un pendejo, tú estás muy contento con tus libros y bibliotecas digitales, pero yo no, yo no sé nada. ¿Y por qué no terminar la secundaria o algo así?, ¿por qué venir con ese wey? Porque a él le valió verga que me lleva la tira cada rato; de hecho así nos conocimos: me salvó de la puta chota aquí mero, en la entrada de su casa, y luego me invitó a pasar. ¿Neta? ¿por eso tu estado de facebook? Sí, wey; este vato es buena gente, aunque parezca menso; además, vamos a construir juntos un guante musical. 

Gustavo no alcanza a preguntar qué rayos es eso; antes llegan de improviso los padres. Tampoco está Juan Carlos, explica pronto Rosa. Por ahí anda, responde tranquilo el mayor de los hermanos. La madre ignora el comentario, con un gesto de gracias, pero cállate. De verdad no se angustien por él, me dijo que iba a estar pensando. El padre resopla divertido. Dirigiéndose a Rosa, expresa que le parece mejor seguir con el plan de buscar a Diana. No se deberían preocupar por ella demasiado, añade Gustavo, con el mismo resultado. Enfundándose los abrigos, los padres se dirigen hacia la camioneta. Ella se detiene para darle el acostumbrado beso de despedida a Gustavo, pero ante la presión de Martín y Patricio, solo le roza el hombro. 

La madre, al volante, es la encargada de dirigir la búsqueda. Están cansados, solo quieren que acabe el día. Enciende la camioneta. Se echa en reversa y ¡cras!, la llanta trasera derecha pasa por encima de algo que cruje. Los gritos no tardan en aturdirlos. Son alaridos desgarradores, de dolor agudo, y no sostenidos, como de sufrimiento a medias. Alguien agoniza bajo el vehículo. Desaforada, la madre baja antes que su esposo y rodea para encontrar a Juan Carlos berreando, mientras se soba con escepticismo el antebrazo y la muñeca izquierda. ¿Qué chingados hacías ahí? es la primera pregunta de la madre. Me desmayé, me desmayé, solloza el niño. Rosa se acuclilla y aprieta el brazo de su hijo. Los hombres no saben qué hacer, dan arcadas de iniciativa fallida. Apenas distinguen los movimientos de ella entre tanto griterío. En la pequeña covacha entre la espalda de la madre y el pecho del hijo, ella le masajea la muñeca, la fascia, los carpianos, pero evita descorrer la manga, so pena de avizorar los huesos fragmentados del antebrazo. Los gritos disminuyen poco a poco, el niño parece calmarse; por un instante se escucha la noche en toda su extensión y procacidad; y de pronto el aullido más atronador imbuye de un repelús horrendo a todos los presentes. ¡Mi dedo, mi dedo!, vocifera Juan Carlos; ¡ya no haré nada con ellos! A pesar de que obligó a los hermanos a prestar más atención, esa exclamación confusa distrajo el sonido de la sub extremidad astillándose. El niño sigue gritando mientras Rosa se alza y lo carga como bulto. Cambio de planes, afirma por encima de las quejas del pequeño en su hombro ―me lo rompiste, me lo rompiste―; iremos al hospital. Ya en reversa, responde la pregunta que los demás, incluido el padre, quieren hacer: Ustedes se quedan a esperar a Diana, le ordena a los hermanos con voz suficiente para cubrir los metros que, cada segundo, los separan más de ellos. 

Los grillos se escuchan. Se escuchan. La cotidiana estridencia de los aviones, las patrullas y los desmañanados se ausentó. El silencio oscurece los contornos del flaco y el desgarbado. La luz de luna todavía atrae el sereno en marejada; las pureza de intenciones aún recela a los hermanos. Pocas veces cuando uno gana un mentor el otro se unce de amor. Pocas veces hay casualidades dentro de las casualidades. ¿Y entonces qué verga es un guante musical?, suelta el mayor. Cierta tensión se disipa del ambiente. Pues eso, wey, un guante que cuando mueves los dedos toca música. No tiene chiste: conectas un midi a cada dedo, en la yema, con un electrodo; cuando por ejemplo mueves el pulgar, toca el do, el índice es el re, el medio ―aprovecha para rayárselo en la frente― es mi, y así te sigues; cuando llegas al chiquito y se te acaban los dedos, empiezas con pares: pulgar e índice es la, índice y medio ―se lo pinta de nuevo― es si; los sostenidos son los siguientes pares y tríadas. Si alzas la muñeca, tocas más fuerte y si la bajas, además de reducir el volumen, haces legatos. Por ahora solo tengo planeado, y eso le propuse al don, que por cierto le mamó la idea, cómo diseñar esto para un solo instrumento, sobre todo guitarra, piano, y trompeta, pero quiero llegar a que el guante sea extremadamente sensible a la forma en que “tocas” las notas, para que dependiendo de eso sea el instrumento que suene. Es que no sé si te has dado cuenta de que la posición de los dedos, en particular de las yemas, para pisar una nota no es la misma en instrumentos de cuerda, vientos o percusiones. Sé que suena obvio, pero piénsalo, ahí está la clave de la música, en cómo accedes a las vibraciones, en cómo tocas el sonido. Bueno, el punto es que le tiro a que con un solo guante puedas controlar a una orquesta entera. Le van a faltar manos ―guantes― a Mickey Mouse para pelármela: pinche maguito que dizque manda a las escobas con Paul Dukas de fondo, pero yo sí voy a tener a toda una orquesta, ¡escucha, una orquesta!, a la orden de mis falanges. 

Ay, wey, y dizque nomás eres un recolector de reciclado, se ríe Gustavo. En toda la noche Patricio no había sonreído sinceramente. Pues la verdad te perdí desde que dijiste midi, pero suena cabrón lo que quieres hacer y si el vato te va a ayudar, ¿y a asilar?, para alcanzarlo, qué chido, mi hermanito, qué chido. El desgarbado se sienta. ¿Y tú qué pedo, wey? ¿cómo llegaste con la doña esa? Hmm tampoco tuvo mucho chiste: nos mudamos casi al mismo tiempo a unos departamentitos en Ecatepunk, creo que ella porque cerca vive su mamá, y pues nos fuimos topando en los pasillos o en la entrada; luego me le empecé a aparecer casualmente y ella a mí, de lo que no tardamos mucho en coshar; a Rosa no le gustaba meterme demasiado en su vida, sobre todo por el morrillo, pero hoy no sé qué le pegó que hasta me pidió que viniera; y ya, wey, aquí me tienes; me late un chingo, aunque me caga que nomás me trae de su pendejo, por eso me salí desde hace rato. Jajaja wey, a ti siempre te han gustado las mayores que te usan, arremete Patricio. Namames, responde Gustavo; ella solo me lleva seis años. El menor esculca sus bolsillos hasta encontrar el regalo que recién se le ocurrió. Disimulándolo con el puño, saca un broche de oro que le tiende a su hermano. Si logras desatascarlo, dáselo. Gustavo asiente, dejando a asumir el resto. 

Los hermanos se permiten oír los grillos y, sin embargo, poco dura el idilio: Oye, pero entonces ¿qué onda con Diana?, recuerda el desgarbado. Ya les dije, no se preocupen, solo fue a un concierto. ¿Cómo que a un concierto? Sí, de Foo Fighters. Eso es lo de menos, pendejo, ¿cómo se fue? ¿va sola? Tomó un uber, yo le di dinero y he estado checando su ubicación. ¡Qué chingados! Calma, wey, fue para bien: la morrita quería escaparse de a buenas, según que porque se le hace ridícula la relación de sus padres; el hermano la ayudó con el desmadre del gato y se supone que provocarse un desmayo era parte del plan, pero creo que le salió mal y Rosa le quebró el dedo; cuando te distrajiste, Diana salió y empezó a andar para allá, hasta que se dio de bruces conmigo en la tienda donde fui a comprar cigarros. Me contó todo el rollo y lo único que se me ocurrió fue invitarla al concierto, mejor eso a una alerta amber. Hicimos el trato y ella salió ganona: además de conservar su casa y familia, se fue todo pagado a Foo Fighters. Cabrona. No ha de tardar en volver, concluye Gustavo, impasible. 

Jajaja wey, pinche año de la verga, se ríe Patricio; comenzamos con incendios en todo el mundo, luego una pandemia, y ahora una niña nos tiene cagados por un concierto... qué pinche añito. Cabrón, wey, cabrón, que ya se acabe. Pero eso no asegura nada, todo va a seguir estando de la mierda. Pues sí, aunque no sé, cambiar de año renueva las energías. Ahh, ¿sigues creyendo en el cosmos, los horóscopos y tus pendejadas? Jajaja cállate. ¿Llegará el día en que hagamos memoria de esto y nos dé risa? Quién sabe, por ahora todo duele. Y confunde. A mí me tiene con los huevos en la garganta no tener claro qué sigue. A mí también. Vamos a ir viendo. Qué fea frase: vamos a ir viendo. O vete yendo a la verga. Me la pelas. Manos te faltan. No mames, ya quiero hacer el guante. Sí, wey, será un putazo para la música. Quizá sí trajo algo bueno este año tan pendejo. Seguro sí. Cuando esto acabe, nos hemos de merecer un aplauso. Uno enorme, cabrón. Y un pinche abrazo. Mejor veinte… veinte veinte, já, pinche año culero. ¡Que se venga el siguiente!

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