Orquesta manual. Parte II

Por David Jáuregui.

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Orquesta manual. Parte II

...continúa de Parte I


10 de noviembre de 2020

Para Diana Martínez

Los niños se miran desconcertados, pero se alcanza a percibir la falsedad de sus gestos. El gato se fue y ellos inanes. Nadie, al parecer, moverá un dedo para encontrarlo. Eso es una señal de que no hay problema, piensa el desgarbado; seguro vuelve el pinche animal. Le viene el impulso de por lo menos mostrar un poco de cortesía: abre la puerta principal de la casa, desde el camino de grava otea la calle oscura, le levanta las cejas a su hermano, quien está en la banqueta, y regresa adentro. Apenas cierra, descubre su soledad en la sala de paredes altas. 

Mientras tanto, el cuarto de arriba es el escenario en el que los tarados mayores se abren los cajones y sacan los trapitos. En la charla que hace un momento tenían con los gemelos y los hermanos, ella desató, con una simple pregunta, la discusión que hasta ahora sostienen. Le pidió al desgarbado su nombre; el flaco, que parecía no conocerlo, respondió: Patricio; y ante la aprensión de todos, tuvo que aclarar: es mi hermano. Santa putiza que nos ganamos, pensó el flaco, aunque seguía convencido que debía soltarlo. Minutos más tarde, en el cuarto de arriba, por esa mera pregunta, el padre y la madre se agreden a punta de parrafadas y verborreas. Ella lanza al aire cada uno de sus dedos junto con un exabrupto hiriente: tus dizque inventos son fastidiosos y demasiado caros; no puedo creer que adoptaras al hermano de mi no-- novio; eres tan aburrido como una almendra; tu música es peor que la de los dosmiles; ¡no sé por qué Diana te escogió! 

Y, cuando tiene la mano extendida, la arroja contra la sien derecha del profesor. Él se encoge ligeramente, pero la mano, en lugar de impactarse, se detiene con suavidad aunque con firmeza. Repta cuello abajo, a la par de la mirada de la esposa. No sé por qué Diana te escogió, repite. La otra mano emerge cual víbora iracunda, llega con su complemento, se une a ella en un serpenteo discreto, entrelazan sus filamentos y circulan el cilindro de carne que las separa. Ahorca. La circulación sanguínea y aérea disminuyen gradualmente, aunque inadvertidas. Él achica los hombros en señal de reverencia: está aterrado. 

Mientras la asfixia empeora, ella solloza: es que no te das cuenta, pero todo lo que crees fascinante en realidad no es más que soporífero, te aplauden tus malabares para no llorarlos, y ni hablar de eso, que eres demasiado sensible, cada cosita la escuchas como si fuera un grito, la piensas un chingo de horas y te las guardas, las encierras para que se pudran en la boca de tu estómago; por eso tienes agruras, cabrón, no sueltas nada de lo que sientes; ¡y por eso no sé por qué chingados te escogió! ¡Ella está hecha para salir de un pinche taller pestilente, partirse las suelas de caminar barrios enteros! El profesor de electrónica siente una punzada en los arcos entre sus pulgares e índices. Ella continúa: Gustavo es mi novio, okay, pero eso qué tiene que ver con que vayas y adoptes a su hermano, que al final es un desconocido, ¡y cómo va a vivir con Diana! Es solo mientras construimos un guante musical… ¿Un guante musical? escucha tu mamada, ¿qué es esto, Fantasía de Mickey Mouse? ¿U otro de tus inventos que romperán al mundo, como el barco individual o la electricidad inalámbrica? 

Esto es en serio, Rosa; él y yo creemos que es una gran idea. Ella exhala hondamente: Ya veo qué cosas tomas en serio. Él responde poniéndole el dorso de la mano en el hombro; la presión en su cuello se relaja un poco. Con pasos tímidos escupe cachetadas: el aburrimiento es para tontos o para desubicados-- desubicadas, como tu hija, a la que seguro le aburres, ah, el derecho y la filosofía, pues, ¡y Walter Benjamin, por dios!, pero quizá tú también, y sobre todo la desesperas, cansas, es humillante que su madre le cargue una expectativa de que sea esto, aquello, aquella, y no la deje escoger ni siquiera qué música puede escuchar, ni hablar de tus choros de cómo sería una abogada tal y una licenciada cual; el niño es distinto, más dependiente, y a la vez solitario, dedicado a entretenerse, pero ella no, Diana siempre necesita aprender algo y tú llevas años sin aprender ni enseñar un carajo; crees entender todo y con eso entiendes a la fuerza el mundo, por eso te frustra cuando se sale de tus predicciones, piensas como en horóscopos, uniendo puntos que no tienen sentido, sacando conclusiones de un montón de lucecitas que ves en el cielo. 

Los pares de manos se enroscan alrededor de cada cuello. En el sofoco mutuo, se transmiten el odio de mirada a mirada. De los cinco, son el medio y el anular los dedos que más presión ejercen. Saben que están amarrados por un tendón y que hacia donde uno empuje el otro irá, no se resisten, cortan la respiración con más vehemencia, se vuelven codependientes de lo peor de su contraparte, tratan de convertirla en masa inerte, pero se resisten a dar el salto: en su unión biológica estriba también la causa de que si uno se encuentra doblegado, el otro no puede levantarse; tendrían que abrir la carne para separarlos, herir los ligamentos sagrados en aras de desunirlos. Llenar los vacíos propios con esencias arrebatadas solo puede terminar en el desengaño; es algo que por lo menos intuyen, pero no aceptan, prefieren buscar respuestas en el fondo de sus tráqueas. 

Ignoran, además, el ojo que observa desde el resquicio de la puerta; mientras se ensañan, el tipo desgarbado se pregunta cómo interrumpir la barbarie para dar las noticias. Abajo, durante estos momentos, buscó desesperado a los gemelos, creyendo haber faltado a su compromiso de vigilarlos. Pronto dio con el niño, pero la ausencia de la pequeña lo dejó intranquilo. Subió y esperó afuera de la habitación parental. Los minutos pasaron, en tanto se escuchaban cada vez menos las respiraciones lánguidas y el rencor atronaba. Ahora, finalmente se decide a abrir de tajo: la luz del pasillo ilumina la habitación, revela a madre y padre desquiciados, ahorcándose, los encandila con tal impacto que se cubren los ojos ardientes y, ahí, en la reacción ante el dolor, vuelve a ellos la capacidad de atención. Patricio repite lo que no escucharon: Diana y el bicho ya no se encuentran en esta casa. 



Continuará...


Once once

Él creció temiendo el acecho de la luna, pensando que este satélite se comía a los niños. De adulto pudo vengarse de este temor.

José Luis Dávila