Orquesta manual. Parte I

Por David Jáuregui.

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Orquesta manual. Parte I

Parte I

4 de noviembre de 2020

Los dedos inquietos tamborilean en el reposabrazos. Tap tap tap. En cada impacto buscan abandonar un poco de ansiedad, pero es ese mismo ciclo el que la genera. Le recuerda que vino a dotar sus manos de sonido. Insiste en que venía a conseguir clases de electrónica, no a embrollarse en un lío, como dice la niña, de un par de codependientes inseguros. Sin embargo ahí sigue, cuidando a los gemelos que están a deshoras fuera de cama, mas no pueden subir a sus cuartos, pues los padres tienen ocupado todo el piso de arriba. Desde allá, el gato observa. 

¿Te gustan las muñecas?, pregunta con torpeza el desgarbado. La niña no cede ante el patético intento de conversación: levanta la mirada, la sostiene un instante y la baja de nuevo. No altera la forma y fuerza con que sostiene su teléfono. Amolda la mano perfectamente a la ergonomía del aparato. Las falanges se le doblan fuera de sus ángulos naturales, enchuecando para siempre la dirección en que se alinean. Le basta a ella encontrar nuevas posibilidades en su algoritmo para ignorar el atoramiento de sus sub extremidades. El tipo del otro de la sala la observa como a quien le urge que las páginas se agoten de inmediato o que los últimos minutos aceleren el paso; mas trata de adaptarse a la situación: redobla las preguntas rompe hielo ―si ya pasó a secundaria, cuál música disfruta, si ha jugado El Templo de la Sombra―, todo para terminar en largas exhalaciones incómodas. 

El hermano se divierte con la escena. Siempre mantiene un rictus de bobo inocuo que esconde su capacidad de notar cada detalle de lo que sucede. A veces se atora con el lenguaje, es cierto, y por eso confunden sus desmayos ocasionales con deficiencias cognitivas; pero lo prefiere así, de lo contrario se darán cuenta de que le parece hilarante introducir pequeñas zancadillas en las pláticas, guías invisibles de manipulación, para influir en los diálogos ajenos. En esta sala advirtió, por ejemplo, la tensión que su cuidador trataba de desahogar con sus golpecitos en el sillón ―tap tap tap― y que le molestaba sobremanera que él, el otro infante a su cargo, se rascara con discreción las entrañas de la oreja. Era un movimiento apenas visible, aunque planeado para ser evidente, y funcionó como manera de distraer el inconsciente del desgarbado.

El meñique es un limpiapipas que se le introduce en la cavidad auditiva derecha. Anda arribabajo sin reparos, en un movimiento de palanca lento, suavizado. Ese pequeño tubo carnoso puede introducirse con facilidad, las paredes cartilaginosas no oponen resistencia a su alrededor. A los dedos meñiques, tan delgados en su especie, también se les llama “auriculares” precisamente porque son los más hábiles y útiles para hurgar en los oídos. Es el dedo predilecto de la exploración sebácea, gracias a su parecido con los cotonetes. Un dedo que, después de romper la estabilidad mental de su interlocutor, se reúne con sus homólogos. La mano entera se mueve de los aires al reposabrazos. Plácidamente, se coloca en el costado del sofá, donde el bicho puede verla. Golpea casi en silencio, aunque con ritmo, la tela café, la ondea; el susurro que emite levanta poco a poco al gato, sin que nadie lo note, hasta que sus pupilas se encogen y engarzan a la mano. 

La trampa de los gemelos inició con un solo dedo dentro de una oreja, creando así un paralelismo entre los dedos y sus usantes. El dedo meñique, en particular su nombre, tiene origen en el portugués menino, que quiere decir “niño”. Es la extremidad manual más joven, la diminuta que, al contrario de los meninos reales, nunca superará su ínfimo tamaño. Por eso necesita compensar su oferta, la utilidad que brinda a las funciones de la mano: si nunca podrá alcanzar la fuerza o largo de sus compañeros, debe igualarlos en flexibilidad y delgadez, los atributos perfectos para hacer una promesa inquebrantable o explorar estrechos agujeros. 

Los gemelos, conocedores de la filosofía de los dedos, urdieron los pasos indispensables en su conato de manipular la situación. Desde que el niño llegó y se encerró, supuestamente porque necesitaba llorar su angustia, ambos preparaban la sinfonía estridente y caótica que ahora interpretan. El murmullo proveniente de la tela ondeante del sillón por fin rompe la quietud del felino vigilante en las alturas. Arquea entera la columna y junta su barbilla con las patas; la mirada inamovible; las orejas erizadas. De pronto, salta desde el piso de arriba: planea del pasillo hasta la sala, con un estilo poco gimnástico, hasta caer y aporrearse contra la duela. Rueda en el suelo, intempestivo, mimetizando a la entropía, se vuelve líquido y escurre en todas direcciones; arroja zarpazos a enemigos imaginarios, creados por el impacto; raspa con los colmillos las pequeñas hendiduras o relieves de la madera. 

El niño pretende tomarlo del cuello para calmarlo, pero apenas el movimiento lo altera aún más. Se retuerce para escapar de las sogas que lo aprisionan. Lanza un alarido al cielo y, con violencia, llega a una posición erguida. Corre frenético en dirección a la ventana que la niña había abierto, arguyendo que el aire se había viciado demasiado. Unos instantes de patas aceleradas y un salto esta vez olímpico son suficientes: el gato ya no se encuentra en esta casa...


Continuará...

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