Alcanzar el clímax

Por David Jáuregui.

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Alcanzar el clímax

28 de octubre de 2020

Para Sofía Rivera

La sala alcanzó el impase al que toda cumbre suele llegar. Seis cuerpos y medio que miran hacia ese punto de la pared que de pronto se vuelve interesantísimo. Está el tipo desgarbado, que vino a pedir que las transmisiones de electrónica reiniciaran. Traquetea sus dedos en el reposabrazos del sofá, el cual acordó con el profesor podía ser su asilo temporal. Después de que la policía lo confundiera con un ladrón y de un breve intercambio de presentaciones, el joven le pitcheó una idea tan exquisita que le ofreció incluso alojarlo para que la desarrollaran. 

Los gemelos se enclaustran en sus teléfonos creando una imagen simétrica. Sostienen sus pequeños portales con el mismo brazo que hincan en un costado de la silla; el otro lo tienen enclavado en su mandíbula mostrando su hastío. Ella fue la primera que notó la coincidencia en el parecido del tipo desgarbado con “el nuevo novio de su madre”, el otro tipo flaco que le queda en dirección recta al otro lado de la sala. El gemelo de la niña confirmó sus sospechas cuando, hace un par de horas, fue el mensajero fatuo que trajo las infaustas noticias: la madre tenía a un coshamigo nuevo, con el que se empiernaba seguido. Los gemelos fingen solo estar en el celular, mientras esconden sus pláticas por chat; se ponen de acuerdo en qué hacer en todos los posibles escenarios. 

La otra pareja, la madre y el flaco, ocupan el sillón junto al alto muro más cercano a la puerta. Él está con media cadera fuera, como en posición atenta a levantarse; ella cubre sus piernas aprovechando los muchos cojines de ornato. La madre vino a discutir la perversión de su hijo: la masturbación hasta cierto punto le daba igual, pero le trastocaba el hecho de que lo hizo escuchándolos. Desconocía, sin embargo, que el hermano de su ganado estaba en esa misma sala. El flaco, por su parte, no esperaba tener que acompañar a la madre con el exesposo, ni mucho menos toparse a su carnal ahí, a pesar de que le había marcado anteriormente

Así las historias llegan a sus clímax. Las líneas argumentativas han dado los pasos suficientes, los giros necesarios, para llegar a este punto en el que se entrecruzan y exigen que los nudos se deshagan, que se desenlacen. Ahí es donde la tensión más alta se alcanza: la pareja, después de la traición o la discusión, pone sobre la mesa todos sus sentimientos; los dos bandos criminales, bélicos o deportivos, por fin se encuentran en una batalla descarnada; la detective se encuentra en el riesgo máximo por parte de su perseguido, pero a la vez halla la pista conclusiva para develarlo. 

La idea de clímax tiene orígenes en la retórica griega, que consideraba al “acmé” como el punto más tenso, de más pasión y peso argumentativo de un discurso. Esa noción, reforzada por la estructura aristotélica de una historia en tres partes, ha pervivido en nuestra manera de entender y contar relatos. La casi absoluta mayoría de narraciones, incluso inconscientemente, tiende a necesitar un momento cúspide en la trama. Se persigue casi sin querer esa acumulación de tensión; llegar a que toda la historia confluya en un único punto, las tramas se enreden y creen ese momento en que no se pueden despegar los ojos de la página o de la pantalla. 

Los clímax tienen cierto predominio en las historias, cierta autoridad dramática incuestionada y valor agregado quizá desmedido ―incluso existe una corriente literaria, rusa, llamada “acmeísmo”―. El acmé, sin embargo, suele considerarse el punto más importante de una historia, lo cual cierra la puerta a otras posibilidades estructurales interesantes. Por ejemplo, cómo contar un relato y crear tensión sin que haya un clímax; no hacer girar la trama en función de llegar al clímax; hacer una sola historia, con más de una cúspide, sin que parezcan varias subtramas. El clímax en las vivencias, en los relatos orales y memorias, llega naturalmente: las cosas sucedieron, se enredaron y terminaron. No sucedieron para que se enredaran. Y quizá el clímaxcentrismo podría aprender algo de ellas. 

Ahora bien, el término clímax tiene también sus matices y curiosidades. Uno de los más llamativos quizá es el eufemismo “alcanzar el clímax” para decir orgasmo, correrse, eyacular; término que permite englobar dentro de la misma categoría a una pelea a muerte entre dos vikingos y los jugos calientes de una pareja. La pandemia, por otro lado, ha tenido diez mil picos más altos ―cúspides, cumbres― y va a seguir teniendo en tanto no dejemos de ser tan covidiotas. El clímax de una enfermedad es cuando el paciente se siente peor y el clímax de una civilización es cuando su sociedad se comporta mejor. En estadística, los puntos más altos de una serie de datos casi siempre son los que se buscan para optimizar la función. Las series de grandes plataformas de streaming también aprovechan la utilidad de los clímax: incluyen “mini cúspides” en cada capítulo, incluso en casi cada escena, en aras de mantener al espectador mirando. Algo similar hacen las novelas que se componen por varios cuentos que de alguna manera se entrelazan (Todas las familias felices, de Carlos Fuentes, Tres veces al amanecer, de Alessandro Baricco, Según la ley, de Solvej Balle). 

En la sala, seis historias terminan entrecruzadas. Los antes pareja, los amantes recientes, los nuevos profesores, estudiantes y pervertidos, la indiferente. Intuyen que la tensión llegó a su punto de saturación. Los coshamigos se lanzan miradas para callarse y rogarse paciencia; el tipo desgarbado y el flaco dudan si esconder que son hermanos; el padre, inane, gira sus pulgares entre sí; los gemelos se tranquilizan con la certeza de que saldrán impunes. Es un juego de probabilidad en el que cada quien busca, cuando menos, igualar su incomodidad con sus resultados. 

El flaco traquetea sus dedos contra el reposabrazos. La hija cambia el orden de sus piernas. La madre perfora al padre con la vista. El desgarbado hubiera preferido que se lo llevara la chota. El padre retira el brazo de su barbilla. El hijo exhala. La madre voltea a verlo. El padre a ella. El desgarbado a él. La madre todavía se traba cuando trata de articular algo, no supera saberse imagen masturbatoria de su hijo. El flaco insiste en su mente en que él no debería estar ahí, solo la acompañó a un supuesto mandado. La hija acaricia al bicho sobre sus piernas, planeando su intervención. 

El desgarbado intenta preguntarle algo al padre, quien le responde a media palabra. La madre presta particular atención a ese diálogo. El flaco hace un ademán de exasperarse. El hijo también siente la necesidad de decir algo. La niña le lanza un beso a su madre. Ella sonríe ligeramente. El padre se endereza, parece levantarse, cuando la madre le toca la pierna para detenerlo. El desgarbado conoce ese gesto; su profesor no se levantará en toda la noche. La madre, finalmente, comienza a hablar. En un tono quedo, tañido por los nervios, le pregunta al tipo desgarbado su nombre. 

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Esta ciudad y este país caben en un instante. Las familias de clase alta, los transeúntes, la precarización, la violencia, la corrupción. En solo el trayecto milimétrico para comprar una Coca Cola pasa la vida entera.

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