Interdependencia

Por David Jáuregui.

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Interdependencia

21 de octubre de 2020

Ya me quiero dormir porque el bicho me despertará a las cinco, pero estos no se callan, piensa la niña en la cocina. Siente cómo su padre se cuelga de ella: sin decirlo, le suplica que no se vaya, que no quiere quedarse a solas con el tipo desgarbado. Ella, por su parte, se cuelga del gato. Cada que intenta bajarse de su regazo, lo detiene y vuelve a sentarlo, a cambio de ligeros masajes en la coronilla. El peludo ronronea contento. 

Todos esperan a la madre. Al parecer, un incidente con el otro hijo, el gemelo, la perturbó insondablemente, llevándola al grado de necesitar con urgencia vomitar el secreto. A pesar de la separación, el padre sigue siendo su bastión de confianza y llantos intempestivos, por lo que le pidió con un mensaje parco y un sticker gatuno que la recibiera lo más pronto posible. Ese momento resultó ser ahora, sin importar que un joven desgarbado habite el sofá, en calidad de protegido de la policía. La hija, nada tonta, saca ventaja de la situación: puede estar en su teléfono ―recientemente descubrió cómo perfeccionar su algoritmo musical― fuera de las horas permitidas. El uno depende de la otra, quien depende del otro, quien depende del primero. 

Tiene sueño, pero continúa escroleando y acariciando al bicho sobre su regazo. Sabe que una gran incomodidad llegará junto con su madre, así que solamente espera resignada. Los tarados mayores no han descubierto la obviedad de su fracaso: siguen ilusionados con que en algún momento hallarán qué salió mal, la semilla podrida que desembocó en su rompimiento; ignoran por completo que la respuesta es simple, ambos dependen de lo peor del otro. El uno pusilánime, la otra desaforada: mientras el padre compensa su intrínseco tedio con el caos existencial de la madre, en sentido inverso, ella lo utiliza como un almohadón de insipidez para aterrizar sus ansiedades. O en tiempo pasado, quién sabe, si no se han dejado por completo. 

Un sistema en el que las partes se han integrado de tal manera que lo que hace una afecta a las otras y viceversa. El mismo modelo que comparten las cadenas alimenticias, la globalización y las máquinas. La interdependencia, según Jaap de Wilde, politólogo holandés, en general se refiere a “actores sociales independientes, que desean preservar su identidad, pero que también son afectados estructuralmente por el comportamiento de los demás (les guste o no). Las razones para esa afectación mutua pueden ser dos: los actores están involucrados en los asuntos de los otros, o son parte del mismo sistema.”[1] Los padres comparten actividades académicas en la Universidad, parieron a los mismos hijos, tienen fondos a nombre compartido; así como constituyen ―o constituían― un solo sistema: la familia. 

Esta es, quizá, la institución social ejemplar de cómo hay sistemas ahí, estudiables y estudiados, de los que somos parte (nos guste o no). La idea no es en lo absoluto reciente. El I Ching ya representaba a las personas como relacionadas inevitablemente unas con otras; lo mismo Platón y Aristóteles, con su perspectiva de la sociedad como un único cuerpo cuyas partes son y tienen funciones indispensables para la misma existencia del todo. En la comunicación y el lenguaje, los actores ―interlocutores― también dependen mutuamente de sí: hay cierta expectativa de que los otros usarán cierto conjunto de palabras (lengua), con cierto tipo de reglas, para transmitir sus mensajes, lo que genera en uno la confianza para recurrir a esas mismas palabras y reglas al comunicar ―hablar, escribir, narrar―. Algo similar sucede con el contenido de los lenguajes ―significados, significantes―: el uso compartido de la lengua la construye y modifica, por lo que nuestras propias posibilidades de lenguaje dependen del uso que le den los otros y viceversa y viceversa. 

En las historias, la congruencia narrativa estriba en cierto sentido en la interdependencia de los personajes y las tramas, el estilo y la emoción, los principios y los finales, los clímax  y los desenlaces, las apariencias y los subtextos, los géneros y las reglas, las reglas y la libertad ―sin excluir, claro, todas las combinaciones entre todos estos elementos―. La droga y el adicto, la espada y la heroína, la rotación y la marea. Un mecanismo común a las partes compartidas, que llega hasta la estricta unión química de los átomos. Incluso a este Munch-ips⚡, en el que el argumento sobre las díadas, tríadas y demás, depende por completo de las mismas dependencias aludidas. 

El padre y la madre, piensa la niña, el pusilánime y la desaforada. Cuánta decepción le hubieran ahorrado de haber sabido ser piezas autónomas. Llenar a la fuerza los vacíos propios con esencias arrebatadas solo puede terminar en el desengaño. Pero ese par, los tarados mayores, siguen sin entenderlo. Y eso me pone en aprietos: no puedo dejarlos a su suerte, porque todavía dependo de su dinero, concluye lastimera. 

Pronto llegará la madre, angustiada por las perversiones de su hijo, quizá omitiendo al amante sin muebles, hasta que en un descuido lo ofrezca a la intuición de quien la escuche. Ese sería el padre, en primer término, la hija en segundo y el extraño en la sala en tercero. El bicho podría contar como cuarto o el número cero. O más bien arribaría ella derrapando, estacionaría la van en diagonal contra la banqueta y permanecería dentro más tiempo de lo usual. 

El padre se intrigaría, asomando su ojo a través el resquicio entre cortina y ventana ―díada, por cierto, indisoluble por naturaleza―. Advertiría otra silueta al lado de la madre, una figura desdibujada con la que parece discutir. Un breve instante de luz, gracias a que ella bajó del vehículo, le permitiría al padre distinguir un rostro de mediana familiaridad. Podría entonces adelantarse, salir de la casa e investigar quién es el copiloto, quizá preguntarle a la madre, iniciar una discusión en el camino de grava, sacar a relucir cómo todavía los asuntos de uno se involucran en los del otro, ser afectados estructuralmente por el comportamiento de la contraparte. Podrían llenar a la fuerza los vacíos propios con esencias arrebatadas que terminarán en el desengaño, pero eso ya no depende de lo que cuentan estas páginas. 

[1] Jaap de Wilde. 1991. "The Concept of Interdependence in Political Science", capítulo del libro Saved from oblivion: Interdependence Theory in the First Half of the 20th Century (Brooksfield, USA: Dartmouth College Press): 8-40.

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