Horroróscopo

Por David Jáuregui.

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Horroróscopo

14 de octubre de 2020


Sabía que este iba a ser un pésimo día; la tragedia no se presentaría en forma de sucesión, una bola de nieve enlodada, sino como un tajo que cae de pronto y arruina el resto de la jornada. Así se lo habían advertido. Lo tenía claro desde en la mañana, cuando se lo anunció una notificación en su teléfono. De entre todas las posibilidades, siempre habría una peor y esa era la que quería evitar, so pena de enredarse como le sucedía al hijo de la vecina. 

Fue el mensaje fatídico, una solicitud de audiencia por parte de la coshamiga, el que le ennegreció la perspectiva y lo instó a pararse de inmediato, dejar de ver un hilo eterno de memes, y vestirse para acudir con prontitud a la cita. El mensaje en la pantalla era de un parco desértico, pero él lo respondió con prisa, de golpe, disfrazando el repentino miedo de preocupación desinteresada. La vecina, sin embargo, le pidió un par de horas más antes de su encuentro, pues necesitaba resolver ciertos imprevistos que le enjaretaron sin conmiseración en su workliving. 

A punto de cumplirse el tiempo, la apofenia termina de consumir la poca calma que él mantenía; le tiende el camino hacia la desesperación de las víctimas de teorías conspirativas. Entregado a una lógica matemática, casi verosímil y científica, el tipo en el cuarto sin muebles conecta todos los nodos que pudieran tener algún significado en el desarrollo reciente de su relación. Cree encontrar patrones entre los mensajes, los stickers, los memes; la frase desconocida que ella soltó después del tercer cigarro de anoche; los ruidos de pasos que se confundían con el colchón brincante; los años que intermedian los bagajes de cada uno. Cuales estrellas o lunares, une los puntos para llegar a la intuición, una premisa pensada con el estómago: pronto se encontrará solo. 

Es un tanto el mismo proceso detrás de los horóscopos: conectar los puntos, las estrellas, en busca de la pretendida explicación de la persona, su psique y su futuro; una concatenación milenaria de astros aún más arcaicos, irónicamente actual, para tratar de iluminar los enigmas terrenales. El flaco sobre el colchón supo por la mañana que una calamidad lo abordaría en algún momento, pues se lo informó la columna de los cuerpos celestes en un portal de noticias que sigue en facebook, y más tarde afirma, destilando certeza, que su horóscopo se cumplió en la forma del mensaje de la vecina. La predicción en los cielos ―una fórmula vacía, cercana al “algo, para bien o para mal, te pasará hoy”― pronto, en unos minutos, verá su desenlace fatal. 

Desconoce el devenir más cercano, por lo que recurre a lo más próximo ―el pasado, sus recuerdos―, hasta que el terror de creerse prontamente botado se vuelve un convencimiento respaldado por el artificio de la apofenia: visualizar patrones, tendencias, repeticiones, explicaciones, en un conjunto de datos y eventos inconexos por entero. Entre todo el enramaje de nodos anhela encontrar una secuencia factible, un orden subyacente que disipe la complejidad y responda las preguntas incontestables; pero solo encuentra el horror de no encontrar una respuesta. 

La paranoia entra en acción, recrudece las elucubraciones sin sentido hasta que, por un mero impulso obstinado, fuerza una explicación para lo que sucede. Piensa que los pasos que se confundían con los choques de la cogida el día anterior pertenecían al niño, quien más tarde habría encarado a la madre, quizá asumiéndola inmerecedora de placer y hasta cierto punto traidora. Luego ella habría tenido un lapso de culpa, tal vez cubierta por una colcha gruesa e intentando pasar el Templo de la Oscuridad en su videojuego, pero sin duda con una angustia que le fruncía el ceño hasta los maxilares. Tras la culpa vendría una disyuntiva importante: hacer caso al supuesto mandato maternal de entrega absoluta a los hijos, que le recriminaba cualquier desplante de hedonismo, o bien, mandar a la mierda la presión internalizada desde afuera y defender la legitimidad del deseo. Probablemente eligiría la segunda y en ese impulso se daría cuenta de que él no le gusta en lo absoluto, sino que lo utiliza como paliativo contra el encierro y, por eso, dos horas más tarde, lo tiene todavía esperando antes de terminarlo. Vacilante, el flaco finalmente entiende que sus chaquetas mentales apenas le ajustan para calmar un poco el pánico por lo que no ha ocurrido

Este principio subyace, además de en los horóscopos, en el género literario del horror. La paranoia es una excelente herramienta para desarrollar una trama en la que una fuerza terrible y misteriosa se encuentra al acecho. Una a una se encuentran pistas, señales, anomalías, o cualquier otro elemento extraño que se incorpore al gran mapa de lo que no se puede ver aún. Historias de Lovecraft, Poe, King o Enríquez, en especial cuentos, recurren a una suerte de instinto paranoico para mover a los personajes. Se sospecha de aquel evento en ese día brumoso, del comentario críptico que espetó el foráneo opaco, de los objetos y personas encontrados fuera de lugar. De esta manera, gradualmente se construye el mapa ―aunque sea invisible en la mente de los personajes― que conecta los puntos desperdigados, el cual no solo obliga a avanzar la trama para seguir trazando, sino que también auxilia en la creación del terror e intriga en los personajes y lectores. 

Estuve aterrado de qué querías decirme, le confiesa el flaco a la vecina. Pasaron ya los últimos minutos del suplicio, por lo que ahora están en la sala de ella, mirándose las rodillas con un dejo de timidez. El poster de Walter Benjamin los observa con sus lentes redondos. Las plantas que ella acaba de instalar dentro expiden olores cercanos a la hierbabuena. Dudoso entre varias posibilidades de qué decir enseguida, él se decanta por la sencillez y cuenta que sabía con certeza que esto pasaría, pues su horóscopo se lo advirtió por la mañana. ¿Crees en esas mamadas?, se ríe su interlocutora. 

El flaco responde que lo deje en paz, que es solo una manera de dar sentido a las cosas inexplicables de la cotidianeidad. Incluso es un mecanismo de querer encajar en este juego colectivo que ha desplazado a dios y a la ciencia como herramientas adivinatorias. Antes jugábamos a las religiones, ahora a los horóscopos. La vecina vuelve a soltar una risotada. En lo único que llegan a estar de acuerdo es que a nadie le cae mal un consejo o una predicción diaria, aunque sea para aliviar la incertidumbre o sentir que un destino espera por nosotros. 

Un destino, por ejemplo, como que el niño acusó con el padre lo que escuchó tras la puerta y sin embargo se masturbó con esos sonidos. La cámara de vigilancia cerca de la entrada alcanzó a grabarlo de refilón: una silueta junto a la puerta del estudio, que llega, presta atención, huye, regresa a machacarse el pito un rato y, después de un espasmo, sale de la casa. Al flaco la situación le parece más bien divertida. Antes de responder la consternación de la mirada frente a sí, la mano se le estira sin pensarlo hacia su teléfono. Es un movimiento irreflexivo, automático, pero lo devuelve a la situación porque le aterra: nueve llamadas perdidas de su hermano. 

La mortaja

¿Crees en espíritus o fantasmas? Tampoco uno de los dos amigos que van a visitar una casa abandonada. Y, no obstante, este incrédulo amigo es el primero al que se le revelan los entes en los que no creía. ¿Te ha pasado algo similar? Lee lo que les ocurrió a ellos.

Oscar de Muriel