Stickers gatunos

Por David Jáuregui.

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Stickers gatunos

7 de octubre de 2020

Mientras scrollea en Facebook, el muchacho tumbado en un colchón sin base se topa con un estado de su hermano que suena más bien críptico. Dice que buscando quién lo ayudara a hacer un guante, encontró quién le diera la mano. Podría ser una historia textual y factual, en la que algún mentor desconocido le ayudó, o bien, alguna metáfora de autoayuda para motivarse ―mediante el rezo disfrazado de mantra― a seguir adelante. Pero, en cualquier caso, le insta a entrar a su perfil. El algoritmo funcionó: le pusieron en pantalla a alguien que aprecia, por lo que se le antoja aumentar la dopamina de verlo. 

Ver las fotos de su hermano le anima un poco el alma apachurrada. Swipea las copiosas selfies, los retratos familiares de algún cumpleaños, y las melosas galerías con su exnovia, que por una melancolía extraña todavía no borra, a pesar de que terminaron hace ya un par de semanas. Por fin la encuentra: una foto de ellos dos, radiantes, con el sol de la hora dorada al fondo, en medio de un basurero. Solo los hermanos saben que esa foto es en ese lugar, el tiradero de inmundicia de toda la alcaldía, puesto que al menor todavía le avergonzaban sus labores. Le pidió a su hermano que tomara la selfie desde un ángulo del que no se notaran las montañas de basura y, de ser posible, tampoco la pestilencia. Ahora, tirado sobre un colchón sin base, el mayor de ellos se detiene a mirar la foto. Ninguno sigue ejerciendo como recolector de reciclado.

Mientras el olor a desechos le invade como recuerdo las narices, sale del perfil de su hermano y continúa el scrolleo interminable, el flujo eterno de información, que es estar en face, insta, tuiter. Una notificación irrumpe desde el borde superior de la pantalla. Exige ser leída de inmediato, pero aún no revela el contenido del mensaje, sino que obliga a los dedos a tocarla, para llevar de un salto a la otra aplicación. Observa el paquete recibido. Contra su creencia de que se trataba de un mensaje, frente a sí, del lado izquierdo de la pantalla, está cargando un sticker. El anillo gris gira hasta dar paso al esperado sticker: dos gatos con los ojos cerrados con delicadeza, casi dulzura, empiernados en el suelo, al parecer después de echarse un palo. El tipo en el colchón sonríe: es la vecina. 

Tienen ya un bagaje considerablemente amplio de encuentros. Casi siempre se ven en este departamento, pues ella tiene un hijo que puede entrometerse. Pero, a pesar del cariño que comparten, aún recurren a intercambios tímidos de mensajes en internet. Los stickers gatunos abundan en su ir y venir de cortejos disimulados. Se los envían para indicar abrazos, besos, emoción, embelese, retribuciones de abrazos, histeria por la belleza de la contraparte, y demás gestos que suelen entregarse en el enamoramiento. Pero no son palabras, sino gatos. 

Los stickers desplazaron en su relación a las letras como principales transmisoras de mensajes (¿escritos?). Carga más significado una pequeña imagen de un gato con las patas alzadas y corazones en los ojos, que la carta más íntima o que todos los sonetos de Neruda. Funciona más en su cortejo enviar un felino que aparenta lanzar un beso y una lamida, que teclear, tal cual, “te mando besos y lamidas”. Pero, así como otros tantos trucos del ligue por internet, este es un juego para no comprometerse ni arriesgarse. 

La inocencia de los felinos significa y no significa: puede revelar el más profundo amor, ganas de sexo, una falta emocional del otro; mientras que a la vez no quiere decir nada más que el gesto inocuo de un gatito. Es otra versión del cantinfleo, del doble sentido, del subtexto, pero una versión evolucionada, pues no solo confunde, también se lava las manos. Ya no es que diga una cosa para decir otra, sino que habla para no hablar; no dice mientras que expone las entrañas. Y bajo todo esto subyace el espíritu del "te amo...rdido un perro?", un recurso cómico (y un tanto pusilánime) para declarar el amor, pero teniendo una salida de emergencia por la cual poder escapar del rechazo. 

Bien se sabe, incluso estudiado científicamente, que en Latinoamérica y más en México cuesta trabajo decir las cosas como son, directamente. Tenemos cierta reticencia a hablar con palabras claras, quizá por una sensiblería exagerada para no herir a los interlocutores, quizá por una herencia agachona del colonialismo, y sin duda esta timidez encontró campo fértil en los nuevos formatos de comunicación y mensajería. Los stickers son un ejemplo de tantos: emojis nuevos y emojis resignificados ―un durazno, una berenjena, fogatas―; me gusta’s, mencorazonas, menjajas, colocados estratégicamente a las fotos, comentarios y posts de quien se anhela; favs de ida y vuelta a indirectas tuiteadas por el otro; memes enviados a altas horas de la madrugada con un lacónico “pensé en ti”; canciones compartidas sutilmente para que la otra las escuche y tengan más gustos en común; “memes para mandar y decir ‘nosotros’”; netflix and chill, Malcolm y Paketaxos, Disney y papitas con Valentina; frases mal escritas a la moda dosmilera: c antoga, coshar, veñ, ontás, tkm; y, sin embargo, un profundo miedo al amor. El espíritu de esta época, dice Juan Pablo Villalobos, es ocultar el romance, los sentimientos, el amor, detrás del cinismo y el distanciamiento del humor. 

Encima de todo, el amor por internet tiene a un tercero involucrado. La plataforma en la que ocurre el cortejo es en realidad una parte más, activa, y con una iniciativa enorme pero invisible para acercar a los enamorados. No es fortuito que te aparezcan más posts de tu ligue en tu inicio, si recientemente hablas más con esa persona, ves más sus fotos, o tardas más tiempo leyendo sus tuits. Tampoco son casualidad los anuncios de un evento o restaurante a una distancia media para ambos; del regalo perfecto que ni siquiera habías pensado en hacerle; del plan ideal para invitarlo a una primera cita. 

La plataforma sabe cuando estás enamorado, de quién, desde cuándo y, sobre todo, qué ofrecerte para que eso continúe. El capitalismo vigilante sabe explotar el amor. Así pues, el transmisor de los flirteos ―la plataforma: Facebook, Twitter, Instagram, Whatsapp. etcétera― deja de ser un medio, como lo eran las cartas o la poesía, para convertirse en mediador. Una Celestina inadvertida, que conecta y mantiene conectados a los cortejantes; que espía y vigila permanente, en aras del rédito, hasta las relaciones más íntimas; que optimiza las interacciones para seguir propiciando el uso de la plataforma. Un invento del que el Ministerio del Amor y el mismo Platón republicano estarían orgullosos. 

El muchacho sobre el colchón lleva varios días queriendo decirle a la vecina cuánto le gusta, mas no pasa de stickers gatunos y, en algunas ocasiones especiales, de hurones y pollitos. Piensa en lo patético de la situación: el amor convertido en meme. La frase le resuena, tiene un cariz también hermoso: el amor convertido en meme. Sin duda, si el amor se pudiera materializar, sería en una risotada. Sonríe: no decide si mandar el sticker de corazón de aguacate o de nugget. Se decanta finalmente por el perro sonriente enmarcado por un corazón de sandía. 

Permanece en su cabeza la idea de declararse. Qué más podría perder, si ya no tiene hermano, ni casa, ni trabajo. O sí, pero a medias. Quiere deshacerse de tibiezas, salir del limbo que son las relaciones y cortejos por internet. El intercambio de stickers gatunos abarca ya un tramo considerable de la plática reciente. No es suficiente. Él es joven, pero no está hecho para las nuevas formas de ligue, desconoce cómo sentirse satisfecho. Resuelve que debe ser una confesión en persona, con la nostalgia y cohibición que implica, y mientras urde un plan para ejecutarla, recibe un mensaje que le abre y le cierra todas las puertas: ¿Puedes venir? Quiero hablar contigo. 

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