Matar al mensajero

Por David Jáuregui.

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Matar al mensajero

30 de septiembre de 2020
Los pocos centímetros de grosor de la puerta no son suficientes para evitar que el niño escuche las débiles exhalaciones. Un rumor agitado proviene de la habitación cerrada. Él desconoce qué significan los rechinidos y los ocasionales suspiros, pero no tiene demasiado interés en investigar. Acaba de llegar de una visita a su padre y a su hermana, pero arribó con antelación, por lo que técnicamente él no debería estar ahí. Consciente de su condición de intruso y confundido ante todas las posibilidades de su actuar, prefiere encerrarse para masturbarse. 
Un pensamiento, tan recurrente como otros días, le invade la mente. No entiende qué pasa escaleras abajo, de acuerdo, pero le desconcierta saber todas las opciones que tiene para hacer algo al respecto. Irrumpir en la habitación para confirmar que su madre no esté sufriendo; pedir por teléfono al padre que venga por él otro rato; llamar al vecino en busca de pistas; simplemente tocar la puerta y un largo etcétera. Él no entiende, así como realmente nunca ha entendido cómo funciona el mundo social. Puede chuparle un dedo sangrante a su padre o desmayarse a propósito a medio partido de fútbol, y lo hace porque no decide cómo reaccionar ante la plétora de opciones ante sí; está al tanto de que todos esperan cierta información y cierta reacción de él, y ahí se enreda. 
Este es quizá uno de esos casos, pues el amasijo del árbol decisional en su mente le indica que la mejor opción es espiar la fuente de los resoplidos. El puberto deja en pausa sus actividades de manos, para bajar a echar oreja al estudio. Silencia sus pasos y sus respiraciones hasta sentirse a la par de un agente de la KGB, la SS, la Gestapo, el CISEN, la CIA o demás unidades de inteligencia y espionaje. Él no puede utilizar la vista, dado que la puerta estorba, por lo que recurre al segundo sentido más usado. 
Con la oreja succionando los mínimos sonidos que escapan del estudio, le divierte pensar en que los órganos espían. Se sorprende por la sonoridad de esa frase: los órganos espían. En el cuerpo, los órganos sensoriales se inmiscuyen en el mundo exterior, mientras que el sistema nervioso vigila sus adentros. Las iglesias con mayor presupuesto pueden permitirse unos tubos musicales para espiar sonoramente al cielo. Oficinas de gobierno, consultoras, áreas empresariales, incluso áreas educativas, que se entrometen, vigilan, acosan, bajo el eufemismo de “labores de inteligencia”. 
Las breves elucubraciones dan paso a la preocupación. ¿Qué le diría la autoridad si de pronto abre la puerta y lo agarra en flagrancia voyerista? ¿Cómo reaccionaría su padre si le cuenta lo que escucha? Él apenas está procesando el acto sexual que escucha tras la puerta, por lo que más dudas no le sientan en lo absoluto bien. En algún documental que topó quién sabe dónde, aprendió que un emperador romano, al recibir infaustas noticias sobre la guerra, incendió las hojas donde se lo anunciaron y mandó ejecutar al enviado, y de ahí nació su miedo a ser el mensajero asesinado. 
Uno de los primeros registros alusivos a la frase “matar al mensajero” se encuentra en Las vidas paralelas, de Plutarco. Ahí, el filósofo griego narra precisamente la historia de Tigranes, emperador de Armenia (parte de Roma en ese momento) en el siglo II A.C., quien desahogó su furia de saberse invadido con el mensajero que se lo informó. En principio, esta frase retrata metafóricamente una situación similar, en la que el castigo cae sobre quien porta la noticia y no sobre quien la ocasiona, creando así no solo una falacia ad hominem, sino también un posible asesinato. 
A varios milenios y kilómetros de distancia, en México hoy en día, la frase es descarnadamente tangible. Ya no se trata de un mero consejo argumentativo o un recordatorio para gobernantes el no ensañarse contra los mensajeros. En este país, la prensa es quien recibe los castigos por entregar las noticias que alguien más ocasiona. El ejercicio periodístico ha sido vapuleado por cuantiosos Tigranes, que colocan la culpa de la perfidia y la corrupción en quienes la revelan. 
Es conocido el dato de que, de los países que no están en guerra (dejando de lado, claro, la supuesta “guerra contra el narco”), México es el más peligroso para ejercer el periodismo. (Aunque la aclaración de que somos un país “en paz” es nimia, puesto que sin ella estamos en segundo lugar global, después de Siria.) Según Artículo 19, del 2000 a la fecha, van 135 periodistas asesinados, número estratosféricamente más alto al resto del mundo y al evidente ideal que debería ser cero. Asimismo, en los últimos años, el número de agresiones y amenazas ha incrementado hasta rondar entre 500 y 600 anuales. 
La violencia física es, sin embargo, solo la cristalización de todo un entramado de problemas sistémicos para la profesión. El periodismo en México, está asediado en diferentes grados desde tres flancos principales. El Estado, el crimen organizado y los mismos medios son tres pilares que se han entrelazado más y más durante las últimas décadas, hasta llegar a la estructura actual, que tiene asfixiado al periodismo. El Estado y el crimen organizado, amén de cuánto puedan distinguirse, son los principales agresores de la prensa, con miras a controlar su línea editorial. La violencia es un recurso, pero también acuden al dinero, sobre todo el Estado, que asigna discrecionalmente los contratos de publicidad oficial de los que gran parte, si no es que la mayoría, de los medios depende. Los medios, además de estar a doble fuego entre la incertidumbre financiera y de seguridad, en ocasiones son negligentes ante la precariedad de sus trabajadores, el excesivo riesgo que a veces corren y las mismas agresiones y amenazas que reciben. 
Alrededor del triple asedio que vive el periodismo ―Estado, medios, crimen organizado―, pervive un ambiente de impunidad y revictimización. Los crímenes contra la prensa no se castigan: de cien casos, menos de uno se resuelve. Y de esos casos, muchos caen en la doble agresión, al implicar que los periodistas atacados e incluso asesinados “andaban metidos en algo”. Con este panorama, hay una pregunta que suena más bien endeble, ¿y la libertad de expresión y de prensa? 
En el fondo de toda esta barbarie subyace la falacia idiota de Tigranes: culpable es quien transmite la noticia. Y le dicen a la prensa, fifí, chayotera, mentirosa, chismosa, metiche, espía, pasquín inmundo, si ustedes se pasan ya saben lo que sucede, calumniadora, ponzoñosa, paladín de la objetividad, encarnación de la corrupción, le muerden la mano a quien le quitó el bozal, prostituida, sicaria, conservadora, maiceada, hampa… En este país se mata al mensajero y se le tiene un odio inconcebible. 
¿Pero qué culpa tengo?, se pregunta el niño unas cuantas horas más tarde. Mira sus rodillas con una confusión abismal. Él solamente le informó a su padre de lo que escuchó. No pretendía destruirlo, tampoco hacer llorar a su hermana. Después de enterarse del amorío de su madre mediante la escucha furtiva, decidió que lo mejor era hacérselo saber a su otra autoridad. 
El padre del joven, confundido por un reciente altercado con la policía, primero le expidió un castigo impulsivo, arguyendo que es una falta de respeto espiar a la gente. Ahora, arrepentido, solo le pide que ya no cuente detalles. El puberto mira sus rodillas. El padre abraza a la niña, que no deja de llorar, y mira al tipo desgarbado en la sala. No entiende, así como realmente nunca ha entendido cómo funciona el mundo social. 

[1] Por ejemplo, véase Marina Franco, "México es el segundo país más mortífero del mundo para ejercer periodismo", en New York Times, 19 de diciembre de 2017; Aristegui Noticias, "México, segundo país más peligroso para periodistas: UNESCO", 21 de noviembre 2019. [2] Artículo 19, Periodistas asesinados, sitio web actualizado permanentemente. https://articulo19.org/periodistasasesinados/

El reportero

Perturbador relato de la vida en una pequeña comunidad donde el reportero local decide abandonar su trabajo. La opinión pública, la de este pueblo, empieza a convertir los rumores en noticias.

David Jáuregui