El cuerpo del iceberg

Por David Jáuregui.

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El cuerpo del iceberg

23 de septiembre de 2020

A pesar de que en la mañana hacía un calor canicular, ahora el pecho y las costillas le tiemblan por el frío subcutáneo que siente. Está con el muchacho de al lado ―y cuál muchacho, si ella le lleva apenas seis años―. La abogada insípida conoció al vecino inopinado hace dos días, tras los cuales ahora es el amigo con el que coge y al que le tiene un aprecio creciente a ritmo exponencial. 

El poster de Walter Benjamin en la sala de ella solo los ha visto entrecruzarse las piernas una vez, cuando su hijo se había ido con su padre un fin de semana. Suelen reunirse en el departamento de él, justo al lado. Es en cierta medida justo, porque él no tiene inquilinos que puedan interrumpirlos en sus desfogues, ni mucho menos en momentos fundamentales, como al repartirse en igual medida la suma de sus calores corporales, indispensables en una noche abúlica y gélida como esta. 

De él, le atrae en principio que no tiene reparos en darle todo lo que tiene, aún sin darse cuenta. Pero más que nada, le parece adorable que guarda poco de su esencia para él mismo. Es casi traslúcido de lo franco y transparente que se comporta con ella, aunque en el “casi” guarda más secretos de lo usual. 

Roza el lugar común la centenaria frase de que algo es “solo la punta del iceberg”, para referirse a la parte visible, sincera, expuesta de un suceso, objeto, persona; mientras que el resto del bloque congelado se encuentra sumergido. Esta frase carga una implicación negativa, en cuanto a que lo que está oculto “es por algo”: la sospecha de que la opacidad esconde ignominias y que deliberadamente se muestra solo lo bueno. 

Caso ¿contrario? es el de esa frase de Ernest Hemingway, tan usada para enseñar a escribir cuentos, en la que incita a quien escribe a no contar todo. Debe narrarse, según Hemingway, únicamente la punta del iceberg, dejando oculta la mayoría del trasfondo de los personajes, las ramificaciones de la historia, los menesteres sentimentales más allá de la trama. En esta “teoría del iceberg”, como supuestamente también son los reales, un octavo del hielo ―la historia― está a la vista, mientras que los siete octavos restantes se vuelven imperceptibles bajo el agua. De ahí que, como sostiene Mónica Lavín, “el cuento es un género de silencio pues su fuerza está en lo que no se dice”. 

Las novelas se ramifican, se expanden en ángulos, recovecos, sucesos, emociones y demás elementos que dan vida a la trama. El cuento, por el contrario, es quizá el género donde la mano que recorta y excluye es más poderosa, donde la responsabilidad de decidir con precisión qué se cuenta y qué no es mucho mayor. Tal es el caso de los relatos en Compraré un rifle, de Guillermo Fadanelli, en particular Interroguen a Samantha. En suma, este cuento trata sobre un padre con una profunda repulsión por la vida cotidiana, que de pronto un día es llamado al colegio de su hija porque la encontraron en los baños teniendo sexo con un compañero suyo. Esa es la punta del iceberg solamente, pues bajo el agua está un trasfondo complejísimo, en el que la madre de la niña murió desnucada después de limpiar las ventanas del departamento y el padre, en un arranque de amargura existencial y posibles intenciones subrepticias, decidió castigar a la pequeña con la limpieza de las mismas ventanas. Todo esto en tres páginas, en las que el corte y confección de la trama fueron indispensables para dejar también escondida una historia invisible, compuesta por esas dudas abiertas que permiten el misterio y cinismo que emana el cuento. 

Un efecto similar crea Edgar Degas en sus Bailarinas, particularmente en las que son mutiladas por el límite del cuadro. El pintor francés utiliza la composición de sus retratos para dar finales abruptos a los rostros, cuerpos, movimientos de las bailarinas. Vemos los holanes del tutú, pero no la cadera que los sostiene; el lado derecho de la cabeza se vislumbra por detrás, mientras que el izquierdo desaparece al salir del área del cuadro; el brazo anticipa un gesto delicado de la mano, sin embargo, es cercenado por el borde antes de que esta sea visible. Se vuelve una suerte de representación, visual y llevada a un extremo, de que la parte oculta de las historias ―El cascanueces en un teatro de París, por ejemplo― es siempre el dulzor ácido que deja con las ganas, ese fragmento que falta completar para ser omniscientes: ver todo, comprender todo. 

En el mismo sentido, Adréi Tarkovsky aconseja a quien aspire a ser cineasta que nunca muestre la historia completa. Es en los silencios y en las omisiones donde nace el arte. Detallar en demasía acaba con toda posibilidad de imaginación, le impide al espectador ―lector, escucha, etc.― que comprenda e internalice la trama conforme su propia experiencia y, en consecuencia, se reduce el espectro de la pluralidad de interpretaciones. Así, las historias cargan consigo también su complemento, la otredad que se omite: el misterio fragmentario que la experiencia humana llena. 

Los huecos, el cuerpo del iceberg, son entonces lo que abre la puerta a la imaginación y permite identificarse personal e incluso inconscientemente con la historia. Pero también son causantes de la sensación de que hay en el cuento, en la película, un elemento siniestro ―en el sentido freudiano―. Como en los relatos No voy a regresar de Jessica Hernando o en Día de feria de Carlos Martín Briceño, que tienen ciertas pistas que apuntan a, más no revelan, una terrible pedofilia. Lo mismo con las tramas políticas que versan sobre conspiraciones, agendas ocultas e intereses corruptos, difuminados con escándalos, querellas estridentes y políticas públicas que sorprenden la vista pero sirven de poco. Por ejemplo, La silla del águila, novela de Carlos Fuentes cuyo motor narrativo son todos los dichos y hechos que ocurren debajo del agua, en lo oscurito de la política mexicana.

En fin, piensa la abogada insípida, el cuerpo del iceberg es la base más sólida y sobre todo la más real de las personas. Todos guardamos algo. Sean orígenes, futuros, formas, gustos, placeres, ideas, aspiraciones, argumentos, las omisiones componen la mayor parte de una: sobresale nuestra punta, la que crea el  paralelismo entre los glaciares y nuestra psique. 

Los amantes tienen frío, a pesar de que el otoño comenzó solo antier. Se desprendieron ya desde hace un rato, siguen en silencio. Para romper el hielo, ella le pregunta a qué se hubiera dedicado de no ser a lo que hace ahora. La respuesta podría ser cualquier ocurrencia, puesto que él está desempleado. Desde que dejó a su hermano para mudarse a Ecatepec, ha permanecido encerrado en su departamento de una habitación y media. ¿De qué te escondes?, insiste burlona la mujer. De mi hermano, un alcalde y un virus mundial. 


Bisexualidad y fuga

Ser bisexual existe, es completamente válido y no se trata sólo de unas ganas trogloditas de poder tener tríos sin ton ni son. Al contrario, el salir de la estructura heterosexual y “batear hacia ambos lados” es un gozo, un orgullo y, sobre todo, una identidad.

Cynthia Híjar