Salvado por la campana

Por David Jáuregui.

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Salvado por la campana

9 de septiembre de 2020

Te salvó la campana, suertudo, dice el profesor con un semblante más divertido del que esperaba. Bueno, eso tiene más sentido en inglés, porque “bell” también es timbre. Entonces, mejor dicho, te salvó el timbre, pero en el fondo es lo mismo, un sonido agudo que llamó mi atención y marcó el fin del round entre el policía y tú, ¿verdad? Podrías haber seguido los siguientes encuentros, sí, ya sé, lo veo en tu mirada, pareces gato enojado; pero a la vez sería una vergüenza correr otra vez el destino de hace unos meses, ¿no? 

El profesor de electrónica da vueltas en el gran espacio sin paredes que sirve de sala, comedor y cocina. Recopila objetos de diversos escondrijos, mientras parlotea sobre lo que él y su visitante acaban de experimentar, así como de cuantos temas secundarios él logra conectar con la historia. Le dice a su huésped que la policía ha incrementado su desconfianza y agresión ―“vigilancia y orden”― en este barrio, debido a una reciente ola de robos de partes de autos, bicicletas y personas. 

Temeroso, el joven desgarbado, intruso en esta casa de paredes altas y llenas de entradas de enchufe, se recarga en la cabecera de un sofá. Trata de mimetizarse con el ambiente, para salvarse de la obligada interacción. No sabe cómo rayos explicará por qué estaba en el camino de piedras frente a su puerta, siendo ya esas horas. Ni qué ofrecerá como razón por haber espiado a través de la ventana. Espera un rayo divino que lo saque del aprieto, un sonido agudo de metales chocando que indique el final de la batalla. 

Esa es la idea detrás de la frase “salvada o salvado por la campana”: el evitar en el último segundo la derrota aplastante, el alcanzar a huir solo a un paso de distancia de la fatalidad. Como es conocido, esta expresión proviene del box, deporte en el que el inicio y el final de los rounds es anunciado con un golpe a una campana. De esta manera, si algún combatiente se encuentra en desventaja, magullado, a punto de ser vencido, todavía conserva un ápice de esperanza: la campana salvadora. 

En un principio, de hecho, esa fue la intención de los tañidos. En la Inglaterra Victoriana, cuando el box pasó de ser un deporte exclusivo de caballeros a un entretenimiento popular, fue necesario evitar que la violencia de los encuentros pugilísticos escalara y, probablemente, terminaran matándose los participantes. Por eso se introdujeron los “rounds” y, entre ellos, una campana que los anunciara.[1] Así, empezó a usarse la frase en el contexto del ring, pero con el tiempo se extendió a otros deportes y en general a cualquier situación en que alguien se salva de un mal destino solo porque el tiempo terminó. 

Ahora bien, hay también otras historias que poco tienen que ver con el origen de la frase, pero que son hipotéticos divertidos de plantear. El primer caso así ya lo planteó el internet. Entre los caminos desmedidos de las redes sociales, nació un bulo que afirma que “salvado por la campana” no proviene del boxeo, sino de los ataúdes. Según este “argumento”, representado en forma de memes y posts compartibles, la frase se originó de que supuestamente algunos féretros medievales y decimonónicos comenzaron a añadir campanas dentro de ellos. Con estos “ataúdes de seguridad”, si se enterraba a alguien con catalepsia ―la rigidez corporal que aparenta la muerte―, bastarían unos repiques para que pudiera hacer notar que fue enterrado vivo. A pesar de que lingüistas rechazan esta explicación etimológica[2], es interesante notar que el uso a la letra de la frase resulta escalofriante: encerrado en una caja hermética y bajo media tonelada de tierra, la única salvación puede venir de una campana. 

El segundo caso es el de una historia, sin registro documental, en la que se dice que con el tañer de dos pequeños metales le dio la victoria a un político local estadounidense. En su distrito electoral, se experimentó con el uso de urnas mecánicas que, en teoría, serían infalibles para registrar y contar los laudos. El problema fue que estas máquinas hacían un sonido diferente dependiendo de por quién se votó. Con ojo mañoso, uno de los partidos aprovechó el sonido de las máquinas para la compra de votos perfecta. Normalmente, los actos clientelistas son difíciles de hacer valer (alguien diría “acepta la torta y vota por quien quieras”), pero en esta elección fue todo lo contrario. Con el sutil repique de las urnas, cercano al de una pequeña campana, fue posible identificar por quién votaba la persona y, así, asegurar la victoria comprada del candidato. De esta manera, si bien la autenticidad de la historia está de nuevo en duda, tenemos un caso en el que, fuera del contexto pancracio, las campanas salvaron al combatiente. 

Caso similar, y último de la lista, es uno de los grandes cismas de la historia mexicana. Aunque debe tomarse con mucha ironía, viene a cuento porque estamos en fechas de celebrarlo. En esta pandemia en que nada sorprende, nada es especial, nada sobresalta, llegamos a las fiestas patrias mexicanas sin que nada se sienta. (Y cómo, si los puestos improvisados de banderas y pelucas tricolores ya no tienen quién los vea.) Está bien: poco se puede reclamar cuando se evita, de perdida por un año, el consumismo patriotero y el nacionalismo de medio pelo. 

Pero, aun así, estas fechas sí tienen algo que celebrar. Dicen que Miguel Hidalgo salvó a México con su campana y que por eso damos un grito. Dicen que a fuerza de repiques ―y machetazos, claro― libró al país de la dominación. Dicen que bajo el tañido de esa campana arropó a toda una nación. Dejando de lado el oficialismo implícito en esta historia, sigue habiendo algo alegre en que ese uso de “salvado por la campana” no haya significado el final de un round, sino el comienzo de toda una historia. Más que una victoria vergonzosa, por el final del cronómetro, es la (re)fundación simbólica de un grupo humano, el principio de un tiempo social. Y ahí tenemos una razón para festejar: celebremos ser un país, seguir siendo mexicanos. 

Un ligero pero repetitivo sonido metálico llega desde el piso de arriba. Parecen pasos acampanados, un cascabel que repica con cada movimiento. Primero lo escucha el intruso en la sala, quien se exalta porque esa es la distracción que necesitaba. Antes de que llegue la fuente del sonido, el profesor suelta una bomba dialógica: Yo te conozco, le dice al joven recolector de reciclado. Entrabas a mis clases de electrónica, ¿verdad? Recuerdo a todos mis ocho escuchas regulares. 

El tañido suena cada vez más cercano, pero no está claro de dónde viene. Eras de los que casi no participaba, continúa el profesor, pero en los mini exámenes que hacía siempre terminabas en los primeros lugares. Está por comenzar a parlotear otra vez, pero el joven en la sala deja de atenerse a la campana y decide hablar. Explica, de manera torpe e incómoda, que precisamente quería visitar al profesor en calidad de alumno. Le había molestado sobremanera y roto el corazón que dejara de dar clases por Facebook Live, por eso venía a convencerlo de retomarlas. Sin embargo, no supo cómo acercarse en un principio, lo que devino en que espiara por la ventana y que la policía brotara del suelo. 

El profesor se muestra al mismo tiempo sorprendido, halagado e indignado. A pesar de todo, sonríe. Está a punto de hablar, cuando otra vez lo interrumpen. Una campana repica, inundando toda la habitación. Es el gato de la casa. La hija del profesor lo tiene alzado en el aire, por lo que se retuerce y hace ruido con la campanita en su cuello. A huevo, pensó el tipo desgarbado, esta niña distraerá la situación. Y disfrutando que una campana lo ha salvado, apenas alcanza a escuchar lo que la pequeña dice: Papi, él se parece al novio de mamá. 

[1] Alfred López, "Destripando bulos: la expresión ‘salvado por la campana’ proviene del boxeo y no de ataúdes que llevaban una campana", en 20 minutos, 03 de octubre de 2019. [2] Samuel Lílemus, "El origen de la frase 'SALVADO por la CAMPANA'", en sitio personal del autor, 17 de junio de 2016. https://lilemus.wordpress.com/2016/06/17/el-origen-de-la-frase-salvado-por-la-campana/

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