Sirena rojiazul

Por David Jáuregui.

Regresar
Sirena rojiazul

2 de septiembre de 2020

La silueta camina de la ventana a la puerta. Tres metros que bastaron para despertar la sospecha de la camioneta azul marino en la callejuela contigua. Los del vehículo fueron llamados por un vecino inopinado que vio al tipo desgarbado aparecer de la oscuridad, acercarse a la ventana del profesor y espiarlo largo rato. 

Primero, el vecino creyó que se trataba de un chaqueto pervertido, por lo que solo llamó como advertencia a los de la camioneta; pero ahora que el voyerista da unos pasos hacia la puerta, se apresura a indicarles que ahí está por cometerse un delito. Con una lamparita de láser rojo le apunta en la espalda al joven desentendido, hasta que lo ubican en la penumbra. 

Una sirena rojiazul se enciende con estridencia visual y sonora. Llama la atención de todas las casas cercanas, las cuales a su vez prenden sus luces interiores. La escena aparenta un robo, frustrado por la valiente y oportuna intervención de los agentes de la ley, que se supone mantienen el orden y protegen a la ciudadanía. Una vez más, piensa ingenuo el vecino que dio el pitazo, la fuerza de la ley ha salvaguardado nuestra seguridad. Satisfecho, cierra sus cortinas y se va a dormir. 

La policía, no solo esta que increpa al colector de reciclado sino “la” policía, tiene antecedentes históricos antiquísimos. Por mencionar algunos, los “magistrados”, que en las polis griegas vigilaban el cumplimiento de todo tipo de menesteres sociales ―desde el respeto a las leyes, hasta el precio del pescado o el ancho de los balcones―. En México, los topillis que vigilaban el orden y limpieza de los campas mexicas. Las guardias personales de los emperadores y legisladores romanos. Los “vigilantes” de la Edad Moderna (siglos XV-XVIII), que sobre todo en las grandes ciudades europeas servían de “ojos” de los gobiernos en las calles, burdeles, casinos y demás tugurios. O los milicianos que en el Estados Unidos pre-Guerra Civil se encargaban (en algunos estados, incluso por ley) de reportar a cualquier esclavo que hubiera escapado de sus “dueños”.

La policía moderna nace con el Metropolitan Police Service [Servicio Metropolitano de Policía], fundado en Londres en 1829. En décadas previas, Francia e Irlanda habían establecido pequeños grupos policiales que cuidaban el comercio y la industria en ciudades prósperas. Incluso en el mismo Londres ya existían corporaciones parapoliciales del estilo. Sin embargo, es con el Metropolitan Police Service (la famosa Scotland Yard de las novelas de Sherlock Holmes), que la policía se regulariza, pues ya son “policías” como profesionales: con horarios y sueldos fijos, un esquema burocrático y jerárquico propio, permisos jurídicos para utilizar la fuerza, y un código ético en favor de la población civil. De ahí, en el resto del mundo comenzó a implementarse con rapidez este modelo (México, al respecto, creó su primera policía municipal en 1836). 

Al final de cuentas, la policía conserva su símil con los ejércitos, milicias, autodefensas y demás grupos armados que, en teoría, son establecidos para cuidar a una o a un grupo de personas ―o como brazo rudo del poder―. Pero también en teoría conservan una distinción importante con estos grupos. Las policías son internas, dentro de un solo territorio y protegen a las personas de ese territorio. De ahí, a saber, la separación entre policía federal, estatal y municipal (son “territorios distintos”); y su separación con los ejércitos, que defienden frente al extranjero y son soldados, no civiles. En pocas palabras, la policía es gente defendiendo gente. O mejor dicho, a su gente. Dicho así, ¿qué podría sonar más lindo?

En la literatura, la policía ha conseguido un papel relativamente importante. La primera policía como tal del mundo, Scotland Yard, es reconocida con amplitud por su papel torpe e ingenuo en las historias de Sherlock Holmes. Hay cientos de novelas, de todo tipo, que tienen a una o un protagonista policía, como La piedra lunar, de Wilkie Collins o El silencio de los inocentes, de Thomas Harris. Incluso está el género “policial” (de fronteras difusas con el criminal, de asesinato, de detective, etc.), que por antonomasia incluye en sus tramas a estos cuerpos de seguridad. Algunos títulos clásicos de este género serían El secreto del Padre Brown, de G.K. Chesterton, Asesinato en el Expreso de Oriente, de Agatha Christie o Malicia Premeditada, de Francis Iles. 

Ahora bien, fuera de su género, donde suele tener papeles significativos ―ya sean magníficos y heroicos, o patéticos y viciados―, la policía es representada con frecuencia como una corporación etérea, que está ahí siempre al acecho, pero sin que eso necesariamente traiga resultados; y como una extensión violenta y servil de los gobiernos. Es la policía negligente, corrupta y de la vista gorda que, por ejemplo, acompaña a todos los políticos y adinerados a los burdeles en Santa. La policía burocrática, de movimientos lánguidos y eternos, que le hace preguntas insidiosas a Meursault, protagonista de El extranjero. Son los perros que, en Rebelión en la granja, protegen a los cerdos para mantener su poder sobre los animales. 

De alguna manera, terminan siendo no carne de guerra, sino de ciudad. Y más que como los brazos fuertes de la cotidianidad del poder, los compañeros fieles, ciegos y obedientes, en su conjunto la policía aparece representada como un telón de fondo sobre el que ocurre el peculado, la violencia y el abuso, y detrás del que se oculta la justicia. Es esa fuerza que siempre está ahí, involucrada aunque sea por teoría, pero que no se sabe para qué. 

El reino de las palabras, sin embargo, no se equivoca. ¿Qué tan “ficticia” es una representación así de la policía? Poco, me atrevo a decir. No es en vano el enojo por la inacción y la ineficiencia de su pretendida labor principal, cuidar a la ciudadanía de sus “partes malas”. Mucho menos la indignación cuando es la corporación encargada de la seguridad la misma que violenta a sus protegidos. Es un caso más en que ideas virtuosas terminan alejándose de sus raíces. Incluso su etimología es reveladora en este sentido. “Policía” viene del griego politeia (forma de gobierno, Estado, gobierno) y politia (conjunto de leyes de un lugar), que a su vez son derivados de polis (ciudadanía, ciudad). Es la polis, la ciudad, la comunidad, el conjunto de quiénes y dónde habitamos. La esencia de la policía es su ciudad y, en respuesta, las ciudades se confían a sus policías. Dicho así, ¿qué podría sonar más lejano? ¿Qué podría lastimar más que una promesa de tal calado verse incumplida?

¡Pinche puerco!, grita un rostro enterregado. El tipo flacucho yace tumbado en el suelo, con una rodilla ajena que le aprieta la espalda y los pulmones. El pasto, la tierra y los insectos le invaden todo orificio facial. 

El tiempo desde que uno de la jura timbró, hasta ahora que el exánime profesor de electrónica abre la puerta, le pareció eterno al rostro en el suelo. Un choto le pregunta al dueño de la casa si este tipo le parece familiar. ¡Qué hacen! ¡Levántenlo!, reclama el profesor, pero la tira no se deja. Así no puedo verlo, improvisa él. Los oficiales levantan al joven, entre ofendidos y sorprendidos por notar la obviedad. 

En cuanto el profesor ve las facciones sucias frente a sí, exclama que por supuesto que lo conoce. Intenta tomar una postura agresiva para con los policías —“¡no vuelvan a tratar así a mi ahijado, váyanse!”—, pero fracasa y por miedo termina solo diciendo: Gracias por aclarar el malentendido, buenas noches. 

Mete a la casa al tipo desgarbado para terminar su farsa protectora. Está muy nervioso, balbucea que perdón por ser un desconocido, llegar así en medio de la noche, espiarlo-- Jajaja no sabía que me espiaste, interrumpe risueño. El tipo no deja de sentirse un intruso. Finalmente, el profesor habla: claro que te recuerdo, ¡si tú eres mi alumno! 

En el jardín de lo diverso

“Desde entonces asocio la palabra ‘diversidad’ con la Naturaleza”, escribe Sabina Berman. En el jardín de lo diverso, hay mil verdes distintos y otras mil formas peculiares distintas. Estando en ese jardín, la apertura a la diversidad erótica es la respuesta natural.

Sabina Berman