Colilla de cigarro

Por David Jáuregui.

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Colilla de cigarro

26 de agosto de 2020

Espía durante un rápido vistazo, con lo que alcanza a memorizar todo lo que está adentro. La silla de respaldo alto, el escritorio de madera oscura, el estante donde se alojan las herramientas e inventos del profesor de electrónica. Se arrepiente de su decisión. A punto está de irse, cuando una bocina intercambia el mutismo por canciones tristes de otra época. 

Carajo, ahí está este güey y no me di cuenta, piensa el tipo mientras que aterrado se parapeta en el borde izquierdo de la ventana. Permanece rígido, tratando de exudar su miedo en el mayor silencio posible. La curiosidad, impertinente como siempre, lo obliga a echar otra mirada. Desde el filo vertical, lanza un ojo a su antiguo profesor de soldaduras, resistencias y aparatos. 

Lo observa, se ve abatido. Tiene la parte trasera de su testa echada en el borde superior del respaldo, el cuerpo quiere distenderse hacia el sueño. Da un tanto de lástima. El voyerista en la ventana no sabe si reclamar (¿reclamar qué cosa?, a todo esto), irse por la paz, pedirle amablemente que le dé clases o lanzar una piedra por el cristal y meterse a darle un abrazo. Todas son opciones válidas, prácticas e imprácticas en igual medida. 

Es la disyuntiva del gran bandido que no sabe si entregarse o seguir escapando. Es la ansiedad prospectiva de luego ser atrapado con toda violencia o perder la razón por la paranoia que no lo dejaría en paz hasta caer tras las barras. 

Una ansiedad como la que asfixió a Cui Zhixiong, un ladrón de cajas fuertes chino que terminó en prisión por un hipotético parecido. 

En su libro El paseante de cadáveres: Crónicas de la China profunda, el escritor, músico y poeta chino Liao Yiwu retrata la vida de Cui Zhixiong y otros personajes tan discordantes como sabios. Cui es “el infame ladrón” (nombre también de su crónica) que desde muy joven sabía romper la seguridad de las cajas y bóvedas más avanzadas. Hizo fortuna así, hasta que un día lo atraparon. Luego, se escapó a las dos semanas de una de las prisiones más antiguas y sólidas de China, a través del conducto de excrementos que daba hacia afuera. 

Pasó un par de años más, enriqueciéndose mediante el forcejeo con gabinetes de seguridad y cajas fuertes. “Fui fugitivo y di vueltas por todo el país, de mal en peor. Robaba tanto dinero que perdí el gusto por gastarlo”, cuenta Cui.[1] Solo quería estar solo y en paz, sin la paranoia de sentirse perseguido, ni el sinsabor existencial de no desear vivir esa vida. Confiado en que nada podía pasarle, Cui regresó a Chongqing, el pueblo donde lo capturaron la primera vez.  Ahí robó su última caja fuerte sin entusiasmo, convencido de que su maestría en el hurto ya no le podría traer ninguna satisfacción más. Cuando lo descubrieron unos instantes después, dijo con profunda calma: “Vámonos”. 

Después de un juicio relativamente breve, lo condenaron a muerte ―más por su escape que por sus robos―. En la celda, Liao Yiwu y él, Cui Zhixiong, conversan: 

"Liao Yiwu: ¿No fumas? Es raro en un preso. 

Cui Zhixiong: En la cárcel no está permitido fumar. 

Liao: Las reglas están para romperlas, así es la naturaleza humana. Además, la situación de ahora es particular y podrías hacerlo. 

Cui: La dignidad de las personas es más importante que su propia naturaleza. Quizás incluso la razón por la que se menosprecia a los presos no es por el delito por el que hayan sido encarcelados, sino porque ellos mismos han perdido su propia dignidad. ¿Quién no va a querer fumar aquí dentro? Quieres fumar aunque no seas fumador y más en una situación como la mía, cuando ves que solo esperas a que pasen los días hasta que llegue el momento de tu ejecución. Pero un cigarrillo puede hacer que pierdas la dignidad, puesto que puedes terminar recogiendo las colillas que encuentras tiradas y atesorándolas como si fuera algo preciado. Y a veces son los abogados o los policías quienes nos los ofrecen… ¿Cuántos cigarrillos no se habrán cambiado por vete a saber cuántas confesiones a los policías?, ¿cuántos trozos de carne habrán sido intercambiados por un par de chivatazos?... Y sólo cuando estás a punto de morir te darás cuenta de lo mezquina que ha sido tu vida."[2]

Impresiona que sea un mismo preso (y de tal calado) quien diga que los otros convictos pierden su dignidad cuando fuman un cigarro. Pero impresiona más que no sea la prohibición en sí lo que se rompe, sino algo ulterior, una regla implícita: el respeto a tu cuerpo y tu espíritu para no fumar algo del suelo; así como la solidaridad de mantener en secreto los delitos propios y ajenos. 

Cui menciona que el desprecio a los presos no es por su crimen, sino por su pérdida de dignidad. De alguna manera, la dignidad no se trata de las reglas formales, sino de los valores o reglas tácitas, de las expectativas morales de uno frente a los otros y viceversa. Muchas veces ni se sabe qué significa eso, pero se siente. Uno percibe que “indignan” los videos de policías tumbando los tacos de canasta que sirven de sustento para una mujer o riéndose de que le confiscaron sus hierbas en venta a una anciana. Indignan los líderes que piden dinero extra-fiscal a la población, promocionando una rifa dudosa para financiar el gasto público. Indigna saber que de cien delitos, se investigan menos de diez y apenas entre uno y tres se resuelven. Y eso es razón suficiente para la indignación. 

En un nivel muy básico, visceral, entra el instinto, la naturaleza de defenderse, de reclamar ―muchas veces a un victimario abstracto, “el de todos”― la injusticia cometida. Se grita lo que indigna. Pero hay una parte socializada e institucionalizada también. La exigencia de derechos sobre la base de la dignidad: exigir el fondo y las formas de condiciones de vida “digna”, que podrían dar una existencia segura, con suficiencia de necesidades básicas y acceso adecuado a servicios, salud y educación. Una vida, pues, como la que cualquiera merece. 

El problema es cuando el estandarte de la dignidad se diluye, cuando se repite y distorsiona tantas veces que se vuelve un vacío analítico, en el que la indignación de uno se asume como la pérdida de dignidad de la supuesta víctima. El “volunturismo” blanco en África, las expediciones ricas a Oaxaca, los estudios etnográficos como excusa para retiros psicotrópicos, las donaciones en especie con logos institucionales, la cristianización y sus homólogas conquistas espirituales, las fotos oscuras en Instagram que pretendían apoyar el movimiento Black Lives Matter pero que realmente lo opacaron, la lástima y falsa admiración por el trabajo precarizado, la romantización de la pobreza y lo paupérrimo, la creencia en que todas las víctimas del narcotráfico, sus familiares, sus dolentes, quieren justicia en forma de cárcel o reparación en forma de dinero. Y otras tantas en que la indignación de la vista externa y sus formas de responder terminan violentando la dignidad de las verdaderas víctimas. 

El joven está nervioso sobremanera. Ha pensado varias veces en irse, pero la conversación del profesor con su hija ha sido interesantísima. La conversación toma un giro deprimente. Con lo poco que alcanza a escuchar desde afuera, percibe que el profesor abandonó su canal de transmisiones porque, según él, nadie lo veía. Desde afuera de la ventana, furtivo, el joven recolector de reciclado reclama que él sí era asistente regular a sus clases en línea. 

No sabe qué hacer, pues cree que todas sus opciones le harían perder un poco de dignidad. ¿O no? La conversación adentro parece terminar. El padre y su hija se abrazan. El mirón en la ventana finalmente se decide por tocar la puerta. Camina por el pequeño jardín. Ignora que pronto tendrá que defenderse de la injusticia, para conservar un ápice de dignidad. Una patrulla, que quién sabe cuándo llegó a la callejuela de al lado, enciende su sirena rojiazul. 

[1] Liao Yiwu. 2012 [2002]. El paseante de cadáveres: Retratos de la China profunda. Ciudad de México, Editorial Sexto Piso, p. 19. [2] Ibíd, 9-10.

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