¿Y cómo está tu algoritmo?

Por David Jáuregui.

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¿Y cómo está tu algoritmo?

19 de agosto de 2020

El resquicio entre hoja y marco de la puerta deja ver un ojo curioso, pequeño. Se mueve arriba abajo, tratando de capturar algo más que siluetas y sonidos. La silueta es de su padre, quien tiene la parte trasera de su testa echada en el borde superior del respaldo. Una silla alta le sostiene el cuerpo que quiere distenderse hacia el sueño. Está hecho mierda. 

No se da cuenta de que lo espían, está distraído ―llorando―, mientras escucha música triste que alguna vez fue hit en la radio. Las bocinas tapan toda posibilidad de percepción auditiva. El silencio impera, a pesar del ruido atronador. El padre se repone apenas le pasa la imagen de su hija por la cabeza. Inhala profundo y detiene el llanto. Más que ceñirse al mandato masculino mexicano de que los hombres no lloran, quiere evitar las preguntas que la perspicacia de su hija la obligarían a hacerle. Además, sabe que le hubiera nacido un ansia por retribuir, preguntándole sobre temas delicados a la pequeña. La más importante, ¿por qué lo eligió a él, su aburrido y tedioso padre, después del rompimiento con su esposa

La niña entra corriendo al estudio, haciendo gala de su sagacidad, impertinencia y buen tiempo. Ya no aguantó solo espiar por el resquicio, justo antes de que su padre comenzara a berrear en serio. Ambos se miran a un palmo del pasmo. La música sigue creando un silencio extraño. El profesor de electrónica queda anonadado: alcanzó a librarse por muy poco de preguntas incómodas. 

Consciente de la necesidad de romper el hielo, la gemela le pregunta una nimiedad: ¿Y cómo está tu algoritmo? Ante la evidente confusión de su padre, le explica. Es que tienes abierto YouTube y estás escuchando música. El algoritmo procesa lo que ves y luego te ofrece videos que, según su análisis, podrían interesarte. Y ese algoritmo cambia regularmente, así que tus sugerencias también. Entonces, si está en forma e inteligente, te dará algunas joyas musicales que nunca hubieras encontrado. 

¿Qué rayos?, se pregunta el padre. Yo eso hago, continúa la niña aunque su interlocutor esté ensimismado; tengo una cuenta solo para escuchar videos musicales que quiero ver o que sé que son buenos. Así me burlo del algoritmo y lo exploto para que me dé cosas buenas y no basura. Los algoritmos pueden estar mejor o peor, dependiendo de cómo los uses. 

El padre le suelta un “ajá…” sorprendido, para conseguir tiempo de pensar que es maravilloso tener a un musicólogo al alcance de la mano. Es otra manera de descubrir música, en extremo más rápida que la de escuchar discos físicos uno por uno ―sin contar, claro, la nostalgia de “tenerlos y tocarlos” que para muchos supone―. También se pueden hacer más apuestas en las exploraciones sonoras. Antes, al tener que comprar y tener la música en físico, era casi obligatorio (cuando menos, moralmente hablando) escuchar una y otra vez el disco, hasta que te gustara sí o sí; mientras que ahora se puede fracasar más en las búsquedas, para toparse con mejores descubrimientos. 

El algoritmo, sin embargo, no solo registra la música, sino también todos los demás videos a los que se entra. Lo que sucede detrás es más o menos conocido y funciona de manera similar en otras plataformas (Facebook, Twitter, Instagram, Google y básicamente cualquiera en la que hagas una cuenta y tenga anuncios). Con base en tu consumo de contenido ―videos, fotos, páginas, posts, compras, etc.―, la plataforma arroja anuncios de productos o servicios que podrías comprar. 

Una cosa a cambio de la otra. Permiten consumir el contenido de la plataforma casi de manera gratuita, con la condición de que por todos lados verán anuncios de una y otra cosa. Aunque es más que eso. La precisión de los anuncios depende de la información que se les proporcione. Mientras más datos tenga de un usuario, mejor será su perfil, el cual incluye patrones personales, geográficos, de consumo, de interacciones. Y mientras más completo sea ese perfil, más valor tendrá, pues permite identificar mejor a los posibles compradores de un nicho de mercado. 

Eso es, de manera muy bocetada, el modelo del “capitalismo vigilante”, término de la psicóloga social y filósofa Shoshana Zuboff. La información de los usuarios es recopilada, procesada y luego vendida a anunciantes, no solo comerciales, sino también políticos o sociales. Es decir, la mercantilización de los datos personales. 

Hay mitos que buscan alivianar la idea de estar expuesto por completo. Con la supervisión por parte del Estado: “ellos nos protegen”, “si nada debes, nada temes”. Con la vulneración y acoso de la prensa: “el precio de la fama”, “así es para las estrellas”. Dejando en pausa esos mitos justificatorios, ¿cuál podría ser la justificación para ser vigilado, veinticuatro siete, por empresas transnacionales putrimillonarias? ¿Que podamos ver memes, tiktoks e historias? ¿A cambio de qué dejamos que escuchen las conversaciones que quieran, mientras esté nuestro teléfono cerca? ¿De un anuncio de Snickers, de un post sobre la blusa perfecta para ti, de un tuit de algún politiquillo que quiere promocionarse? ¿Cuándo los términos y condiciones se volvieron el contrato social? 

Por último, una coda paranoico-orwelliana: vale recordar que la tecnología con potencial invasivo es más extensa de lo que parece. Hace un par de años, por ejemplo, en internet nació el pánico de una supuesta tecnología del gobierno chino para tomar fotografías de calidad estratosférica, con las que pudiera vigilar desde millas atrás a la gente. La foto es real: una panorámica de Shanghai de 195 gigapixeles (195 mil millones de pixeles), en la que se pueden hacer zooms kilométricos hasta ver los rostros, las placas y todo detalle ―para tu curiosidad, aquí está―. Sin embargo, se trata de una foto de la empresa BigPixel, que tomó para demostrar su poderío tecnológico y que luego, por azares de internet, se asoció con el régimen chino por su acostumbrada vigilancia estricta. 

Pero más allá de exotizarlo o de politizarlo (“es que es China”, “es que es una dictadura”), lo relevante es que esa tecnología está al alcance de todos los gobiernos ―incluido el nuestro, que recientemente ha tenido la Plataforma México y el software Pegasus―. Los vaticinios orwellianos ya no se sienten tan lejanos. En su clásico 1984 escribió sobre cómo la mente puede ser aplastada por la falsa información y ser obligada a creer que 2+2=5. De cómo una fuerza externa e invencible puede supervisar cada movimiento, incluidos los mentales. De cómo las relaciones personales pueden ser controladas y explotadas, a conveniencia del poder. Lo clásico no significa pasado.[1] 

¿Y dónde está mi gran hermano?, pregunta la niña. ¿Mi hermano mayor, quieres decir? No, quise decir lo que dije. ¿Y dónde está mi gran hermano?, es un buen hermano. Ah… Está en un departamento cerca de donde vive tu abuela, con tu mamá. ¿Por eso llorabas, verdad? Como un rayo le cayó el veinte de que para haberle preguntado por la música que él estaba escuchando, ella también debió oírlo llorar. En fin, ni modo, está bien. 

El padre le cuenta a su hija de su decepción y crisis de personalidad. Siente ser aburrido. Tedioso. Está seguro de que, a pesar de que no lo dijo así, eso fue algo que su esposa tomó muy en cuenta para su lado de la decisión. También por eso  creía que ninguno de sus gemelos lo preferiría. Y menos la niña, que siempre está expectante de llenar su curiosidad. 

Con miras a compensar la plomiza imagen que tiene de sí, el profesor abandonó una de las cosas que lo volvía interesante: su canal de transmisiones sobre electrónica. La niña se molestó, así como todos sus otros ocho asistentes regulares. Es que nadie me veía, se excusa el padre. Rendido, piensa que no tiene caso darse a espiar si es tan aburrido. Desde afuera de la ventana, furtivo, el joven recolector de reciclado reclama que él sí lo veía. Él lo había escogido para mejorar su algoritmo.  


El recado

En medio de las batallas de la Revolución Mexicana, una mujer tiene que cuidar a las dos hijas que le quedan, pero hace mucho que no sabe de su esposo ni tiene dinero suficiente para alimentar como se debe a las niñas. Una noche recibirá el ensangrentado recado que necesitaba de manos de un viejo amigo, que se aparece más extraño que nunca.

Raquel Castro