Fuera de lugar

Por David Jáuregui.

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Fuera de lugar

12 de agosto de 2020

Hace demasiado calor. Parece una canícula retrasada (o anticipada, a todo esto) que, intempestiva, se encarga de crear el sudor que está entre su espalda y la silla. La piel de ambas se despegan con la lentitud insoportable de quien se burla. Los movimientos son flemáticos, soporíferos. Y este calor le molesta más, pues carece de sentido: no hay canícula y no es temporada de calor. Llovió anoche, claro, pero tampoco es para tanto. 

Hoy su hijo, el gemelo que le toca cuidar, se desmayó jugando futbol. Iba corriendo cuando, sin mayor aviso, se detuvo unos instantes desorientado, endeble, para luego caer como costal de legumbres al suelo. Por la posición en que su cuerpo inerte cayó en el cemento abrasador, le marcaron fuera de lugar. Todo esto es un decir, en realidad. Ni jugaba futbol, ni “le marcaron” fuera de lugar. Unos penales es lo más que permite la distancia obligada y no había árbitro, sino que fueron sus mismos amigos quienes lo echaron de cabeza ―jaja pobre idiota―.

En cuanto a los desmayos, son algo habitual en ella. Casi siempre sin ningún gesto premonitorio, pierde la consciencia en las situaciones menos apropiadas. Hace unas semanas fue el caso más indolente, cuando se desvaneció en la sala de juntas y todos creyeron que se había quedado dormida. Con el nuevo consejo ejecutivo de su despacho, no fue tan fácil excusar sus desmayos. Ese último que tuvo lo tomaron como una ofensa, como un comentario fuera de lugar, equivalente a decirle a uno de los jefes que su guayabera parece de gobernador o de mesero. Por eso, después de que la regañaron, tuvo que huir presurosa y bajo la lluvia a su hogar, donde podría refugiarse de su incipiente ataque de ansiedad.

Hoy ella está en casa, encerrada con su hijo, pero sabe que no está en su sitio. Contadas veces lo ha tenido claro. Así toda su vida, que siempre se ha sentido demasiado atractiva para las inteligentes y demasiado inteligente para las atractivas. Lo mismo cuando estudió fuera de su estado una carrera que no le apetecía en lo absoluto, más que para complacer a sus padres. 

El caso de los padres de los padres de ella es el mismo de tantos inmigrantes que escaparon en algún momento de sus países. Sus abuelos vinieron de Guatemala y antes de España, como los mexas que se van “del otro lado”, a Estados Unidos. O los latinos en general, que hasta ya tienen “sus” barrios en las ciudades gringas. O los italianos e irlandeses que poblaron Nueva York. O los europeos que crearon la idea blanca de Buenos Aires y Montevideo. O los turcos que hoy en día se ven obligados a emigrar a Alemania. 

La migración siempre crea vacíos identitarios. Los que llegan, desplazados por las condiciones de su patria, cargan consigo un vacío de su persona. Como en el libro Los niños perdidos, de Valeria Luiselli, cuya pregunta inaugural es “¿Por qué viniste a los Estados Unidos?” Esta pregunta, hecha a niños migrantes de recién arribo (a veces indocumentados y sin compañía) a suelo estadounidense, casi nunca tiene una respuesta unívoca y certera. Pocas veces, de hecho, tiene respuesta. 

Está también, por supuesto, la contraparte: cuando un pueblo externo, llega a otra tierra a imponer su ley. Las conquistas, las guerras, las colonias. El sitio que te pertenece es expropiado a la fuerza y tú quedas fuera de lugar. Trescientos años de la historia mexicana lo ilustran. Y dentro de este periodo de Conquista, hay un episodio poco conocido que vale la pena contar, pues quizá es un buen ejemplo del extremo de estar despojado de un lugar propio

En su libro Los treintaitrés negros, Vicente Riva Palacio narra la historia de Gaspar Yanga, un príncipe africano (se sigue discutiendo si provenía de los reinos de Ghana o de Gabón) que fue traído a México en calidad de esclavo. De entrada, la abducción forzada de un continente a otro evidentemente saca de su lugar. Luego, la esclavitud también es una forma cruel de crear apátridas. Los esclavos terminan siendo “ciudadanos de segunda clase” (o completos alienados), pues carecen de derechos civiles, políticos y económicos. Aunado a la tortura y la explotación, se termina arrancando la posibilidad siquiera de tener un lugar en el mundo. 

Gaspar Yanga lo entendió. Después de años de trabajo insufrible en Veracruz, huyó a la selva para volverse “cimarrón” (término para los esclavos que escapaban). Desde la resistencia, fue reuniendo más y más esclavos libres, hasta reunir un número cercano a los quinientos. Habían encontrado un sitio propio en la selva veracruzana y sobrevivían mediante saqueos a las haciendas de la zona. Pasaron varios años con miedo de que los atacaran los españoles, quienes a su vez temían que el grupo de Yanga se sublevara contra la Corona. 

Esta tensión culminó en 1609, cuando ambos grupos empezaron una serie de encuentros armados. Varios meses y decenas de muertos más tarde, la Corona accedió a las demandas de Yanga y su gente, para concederles un territorio en el que podrían gobernarse ellos mismos. Así nació “El pueblo Libre de San Lorenzo de los Negros", cerca de la actual Córdoba, Veracruz. Este poblado, que se terminó de establecer formalmente en 1630 y que hoy en día se llama Yanga, es un hito histórico no sólo para México, sino para todo el continente, pues es el primer pueblo libre de América. Es el primer apropiamiento de un lugar, tras haber perdido todo sitio. 

De alguna manera, todos terminan fuera de lugar: los nativos que empiezan a ser extranjeros y los extraños que adquieren nueva patria. Incluso, sin ir tan lejos como con las conquistas o la esclavitud, podría decirse que nunca estamos en nuestro lugar. Siempre hay algo por lo que no entonamos (o eso sentimos, cuando menos). Que si el cabello, el cubrebocas, la panza, el humor, los gustos, las ideas. 

Como respuesta, también hay un instinto (quién sabe si nato o aprendido) de volver propio el espacio. El deseo a veces inconsciente de pertenecer se traduce en un miedo o rechazo a estar fuera de lugar. Bajo esta lógica se adorna, aunque sea con una plantita o una foto, el espacio al que uno se muda. Un muñequito en el escritorio de la nueva oficina. Una foto en los muros de la recién estrenada casa.

Un póster de Walter Benjamin pende en la pared de su nueva habitación. Lo pegó en cuanto llegaron ella y su hijo gemelo, hace unos cuantos días, para crear la sensación de pertenencia. El arraigo necesita razones para quedarse. Hace no mucho su esposo, el profesor de electrónica de Munch-ips⚡ pasados y ella, decidieron separarse, pues la distancia emocional entre ambos volvía inexistente de facto su relación. Ante esto, dejaron a criterio de sus gemelos con quién querían quedarse. De ahí que el niño la eligiera a ella y la niña al padre para crear un hogar, para tener un sitio. 

Es la meta de ubicarse en el mundo, tan legítima como el interés de tener un momento en el tiempo. Ella es una más que precisa no ubicarse fuera de lugar. Ahora se dispone a salir momentáneamente de su encierro nocturno, para visitar al vecino. Se entienden. Él también dejó su hogar hace poco, donde vivía con su hermano y juntaba reciclado para vender. Quizá se llenen, quizá comprendan que a veces no estar en el propio sitio es la mejor manera de salir del fuera de lugar. 

La Antena Carrasco

Historia de ancianos, olvidos y manías. Relato intimista de una enemistad cercana. Y un nombre "Antena" con un sentido acertado de espionaje, chisme y difusión al estilo casero.

Ricardo Barba