Las reglas del juego

Por David Jáuregui.

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Las reglas del juego

5 de agosto de 2020

Una vez más, estuvo ocupada todo el día y a pesar de eso no logró hacer nada. Los hilos de ideas e inspiración que tanto le cuesta agarrar, fueron trozados en varias ocasiones. A éstas ni siquiera les puede llamar interrupciones porque es su labor atenderlas. La llamada para esto, la llegada de aquel paquete, el mensaje de no sé quién. Estando en casa, por supuesto, se añaden las disrupciones domésticas: subir la ropa para aprovechar las dos horas de sol, cocinar porque si no muere de hambre, bajar en chinga la ropa porque comenzó a llover. Todo esto para que ella pudiera realmente sentarse a teclear a las nueve y media de la noche. 

Mientras indica con sus dedos cuál letra quiere que aparezca en la pantalla, se imagina que el teclado es un campo enorme de whac-a-mole. Cada letra, un agujero del que saldrá un topo al que debe golpear. Presiona furiosa las teclas escribiendo su reporte jurídico con el estómago: qué pinche coraje empezar hasta ahorita, y más cuando podría estrenar el control de Switch que le llegó. 

En la mañana vio a sus gemelos corretearse, uno disfrazado de calabaza y la otra de vampira. Quiso unirse, no como una madre con sus hijos, sino como una niña más. Probablemente se hubiera disfrazado de abogada o algo sin demasiado encanto. Aunque regresara a ser niña, llevaría consigo la reserva y su característica determinación de siempre tener los pies en la tierra. 

Hace poco leyó un tuit que citaba a David Lynch, algo como que al crecer una no gana certidumbre y comprensión del mundo, sino que pierde la capacidad de imaginarlo. Y es cierto, el juego está supuestamente confinado al reino de lo infantil y, por lo tanto, inferior. Por eso se siente en deshonra ―y más ante sus hijos― por haber comprado una consola de videojuegos. Qué les diría si le recriminan esconder los cartuchos entre sus zapatos o le echan en cara cuando se encierra en su cuarto a jugar por la madrugada. ¡En qué pinche momento le empezó a avergonzar jugar!

Déjate de juegos, se reprende. A ver, divirtámonos con esa idea tan endeble. Si es una profesional que se dedica al juego, como los deportes, es respetable; si es un adulto (casi siempre hombre) que no tiene reparo en descender al nivel de los niños para entretenerlos, es un buen padre; y la peor: si al escribir se juega con el intelecto y la sonrisa (sarcasmo, ironía, sátira, etc.), es supuesta señal de genialidad (Ionesco, Vian, Ibargüengoitia). Y a pesar de todo esto, de su ubicuidad, el juego en el día a día tiene cierto tinte de vergüenza. 

O cuando menos de culpa, piensa ella. Siempre fracaso cuando quiero tumbarme a concluir el Templo de la Sombra en mi videojuego. Me gana la ansiedad de que debo estar haciendo otra cosa, ansiedad que luego se transforma en reclamo. Para calmar esta idea, se detiene a apreciar la utilidad de aquel mantra educativo: jugar para aprender. Así como el paracetamol es el santo remedio de los médicos y la natación el de los ortopedistas, el juego es la panacea de los pedagogos. 

De cómo el juego en sí mismo puede enseñar a actuar correctamente se ha escrito sobremanera. Por ejemplo, googlear “tesis pedagogía juego” arroja dieciséis millones y medio de resultados ―de los cuales, muchísimos son textos distintos con títulos casi idénticos―. En el mismo sentido, no es fortuito que la manera con la que intentaron ordenar el caos de gente en el metro hace unos años se asemejara a un juego: afuera de las líneas amarillas se quedan quietecitos los que suben y esperan hasta que en fila india salgan quienes bajan en la estación. 

Y al revés, quien aprende las reglas del juego también puede revertirlas para, por ejemplo, ignorar por completo las rayas amarillas esas y pelear a golpes y empellones con todos para alcanzar un lugar. Se entiende que si se siguen las reglas como se debe el resultado para uno es peor. Mismo caso es el de esta ciudad de chilangos desenfrenados, en la que muchas veces tu vida corre más riesgo si cruzas por el paso peatonal que si cruzas a media avenida. Esto, por su parte, pone de relieve que así como las reglas exigen que la realidad se ajuste a ellas, la realidad obliga a que las reglas la tomen en cuenta. 

Las reglas, además, normalmente prohíben o permiten lo que se espera se haga (o no se haga) durante o en el contexto del juego. El ajedrez dice que puedes mover tu alfil en diagonal, enrocar tu torre; prohíbe avanzar los peones hacia atrás, “bajar” tu pieza si te arrepientes de un movimiento empezado; pero no prohíbe expresamente, por decir algo, manchar el tablero de tinta (así todas son tus fichas, las negras) o lanzar las piezas que ganas a la cara de tu oponente. El clásico familiar noventero Air bud lo mostró claro en una de sus frases más icónicas: “no hay ninguna regla que diga que los perros no pueden jugar basketball”.  

Ahora bien, casi siempre los juegos vienen con un instructivo o manual en el que se indican todas las reglas, tanto de lo que pueden como lo que no pueden hacer los jugadores. Una suerte de guía por escrito de los códigos de conducta. Un ideal en papel que establece las reglas del juego. En este sentido, se podrían incluir en una misma categoría las leyes, los libros sagrados de las religiones, los instructivos de los juegos de mesa, los códigos sociales y grupales. Quizá no sería tan diferente pensar en el Manual de urbanidad y buenas maneras (“el manual de Carreño”), el Código de Hammurabi y las instrucciones del Uno

Entonces, piensa la mujer que explora el Templo de la Sombra, bajo la idea del “jugar” subyace una belleza casi política. Es un acto de común unión en el que, voluntariamente, quienes participan se subsumen bajo un peso que les limita hasta cuántos pasos pueden dar. Es la sumisión deliberada a las reglas, olvidar la volición propia. Acordar con sus copartícipes cómo actuar —y hasta dónde pueden actuar— durante un periodo también preestablecido. 

¡Y de todo esto obtenemos placer!, continúa. Qué chistosos somos los humanos. Quién diría que nos provoque placer el someternos a una sarta inmensa de reglas inventadas por alguien más. ¡Qué divertidas son las dictaduras! Tras una larga sonrisa sardónica, la mujer exhala finalmente. Ya no quiero jugar este pinche juego, resopla. Está hasta la madre de todo. No se traga eso de “aguántate porque a esto jugamos, estas son las reglas”. 

Le llaman de su oficina. Tiene que contestar, son las reglas. Las pinches leyes y sus pinches reglas. Y ella, como dependienta de gobierno, debe acatarlas. Esta noche, sin embargo, prefiere seguir jugando. Deja que la llamada termine. En la vida social siempre hay reglas, implícitas o explícitas. Pero la política es una cosa de niños: es cambiar las reglas del juego. 


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