CERRAR X

Munch-ips: Ser igual por siempre

Si nos bañamos en un río una y otra vez, ¿es el mismo río? Heráclito diría que el río cambia, porque el río fluye. Por eso nunca nos bañamos en exactamente el mismo río. Es lo mismo con respecto a nuestra realidad y nuestra historia: nunca podemos repetir el mismo hecho, la misma acción —como bañarnos en un río—, pues lo que hay alrededor nunca es exactamente igual —las aguas que fluyen son distintas—.

El oficio de contar historias está infestado del “cambio”. Walter White, el químico-narcotraficante de la serie Breaking Bad, lo resume con precisión:

“La química es el estudio de la materia, pero yo prefiero verla como el estudio del cambio. Los electrones cambian su nivel de energía. Las moléculas cambian sus enlaces. Los elementos se combinan y se transforman en compuestos. Eso es toda la vida, ¿no?”

Walter White, Breaking Bad, Episodio 1: Piloto.
Walter White, protagonista de la aclamada serie Breaking Bad. Créditos: AMC, Breaking Bad.

Quizá sea cierto. Por mera naturaleza, siempre estamos en un ciclo de cambios: crecimiento y decaimiento; solución y disolución; permanencia y transformación; nacimiento y muerte. En el mismo sentido, la forma de hacer historias, ya sean para papel o para pantalla, normalmente exige algo similar: que los personajes experimenten un cambio.

Si el drama que viven no les cambia en lo más mínimo, es porque ese drama no es bueno. Y la misma regla funciona tanto para novelas, películas, teatro, etcétera. Suele exigirse que los personajes cambien porque eso conecta con la audiencia. Quienes solo tienen una faceta, una idea, sólida y para siempre, son personajes poco creíbles y, sobre todo, poco disfrutables. 

El cambio parece invisible porque solemos observar sólo lo que hay antes y lo que hay después, y no todo el proceso de transformación. Pero en realidad no es así. El cambio ocurre en todo momento, en cualquier ámbito.

En las matemáticas, las sumas y restas, en el fondo, son modificaciones —hacia arriba o hacia abajo— de los números.

La Física clásica se preocupa, entre otras cosas, por cómo cambia la velocidad, para así encontrar la aceleración.

La Medicina, de manera controlada, nos genera cambios en el cuerpo.

La política funciona igual: sin importar qué sea o quién lo encarne, siempre votamos por “el cambio verdadero”.

Si nos vamos a las religiones, aquéllas que creen en la reencarnación, nos hablan del karma como regla para cambiar nuestra existencia: dependiendo de lo que hacemos aquí, nuestra siguiente encarnación nos llevará a una mejor o peor vida.

Heráclito de Éfeso (540 a.C. – 480 a.C.).

A propósito, ese es el principio del mito del ave fénix: para renacer y renovarse, hay que encenderse en llamas, volverse cenizas y resurgir del fuego. Las flamas consumen y destruyen, transforma la materia de un estado a otro, de una forma a otra. Siempre está cambiando su figura, su composición, su color, su calor. Por eso, aunque parezca paradójico, Heráclito simbolizó su visión del río que siempre cambia, con la forma del fuego. Es la transformación permanente, la inevitable lucha de los opuestos.

Incluso la propia idea del “cambio” cae en el fluir que describe Heráclito. Ese argumento del cambio fluido y de los opuestos que se complementan se ha visto en varios momentos: el Ying y el Yang del taoísmo, el río de Heráclito, la dialéctica materialista de Hegel, la evolución y contradicción individual de Proust.

Somos lo mismo, pero nunca permanecemos iguales. Una parte de nosotros se queda idéntica, pero nuestro cauce cambia. Así, cuánta agua cargue o con cuánta fuerza fluya nuestro río, no importa tanto. Lo que importa es, en realidad, volver nuestras esas aguas. Que nuestras aguas no nos ahoguen, ni dejen de correr.

Munch-ips⚡ por David Jáuregui.

Recuerda que los ríos, además de que te pueden ahogar, te pueden arrastrar eternamente. ¿Escuchas el fluir en esta #ipstoria?

Avatar
En este maldito pueblo, de Verónica Lugo, está en ipstori.