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Munch-ips 2. ¿De quién es la música?

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Una bandera puertorriqueña cuelga de los brazos extendidos de Jennifer Lopez. Ella se da la vuelta y vemos el anverso: una bandera de Estados Unidos. ¿Cuál es la patria, la nación? Dos orígenes conviven en la música de JLo, así como su música representa a esas mismas dos cunas. La música, a todo esto, ¿tiene nacionalidad? ¿Merecería un pasaporte? En ambos casos, la música y la nación generan sus propios límites. Definen qué es “nosotros” y qué son “los otros”, lo propio contra lo ajeno. La música en la forma de géneros; la nación, en forma de gentilicios. 

Las demarcaciones ―sean físicas o imaginarias― tienden a crear efectos psicológicos distintos. Ver mejor a “lo otro” puede ser una suerte de aspiracionismo; interpretar a lo ajeno como diferente (aunque fascinante) llega al exotismo; en la versión recalcitrante del nacionalismo, lo otro es inferior, aborrecible

Ahora bien, los dos últimos, el exotismo y el nacionalismo, convergieron en el “ismo” más importante del siglo XIX: el romanticismo. Esta corriente, que abarcó prácticamente todas las artes y la Filosofía en la Europa decimonónica, tiende a fascinarse por “lo otro” ―describiendo con interés, por ejemplo, los fumaderos de opio de origen chino. 

Como contraparte, el romanticismo también exalta lo que vuelve diferente (y “mejor”) a lo propio frente a lo ajeno. De manera más acotada, Charles Baudelaire, Oscar Wilde, Gabrielle D’Annunzio, Théophile Gautier, Paul Verlaine, entre otros, formaron parte de una subrama del romanticismo que se preocupaba por el concepto de la “decadencia” ―entendida como degeneración, corrupción y el alejamiento de valores supuestamente superiores―. Más o menos en los mismos años (segunda mitad del siglo XIX), Friedrich Nietzsche escribiría que la música de un compositor compatriota suyo, Richard Wagner, era la muestra clara de la decadencia cultural y social alemana (El caso Wagner, 1888). Dieciséis años antes, sin embargo, el mismo Nietzsche había exaltado la misma música del mismo Wagner como ejemplo clarísimo de qué es la “música perfectamente alemana” (El nacimiento de la tragedia, 1872).

Esto, por supuesto, tuvo interpretaciones nacionalistas considerablemente férreas. Antes de su rompimiento, la unión de las ideas de Nietzsche y Wagner se leyó en la misma dirección: la exaltación de “lo alemán” frente a “lo otro”. Casi medio siglo más tarde, en 1933, llegaría al poder alemán alguien con ideas similares, mucho odio por los judíos y un bigotín curioso. Después de la Segunda Guerra Mundial que ocasionó, los países “líderes” del mundo crearon la Sociedad de Naciones (el antecedente directo de la actual Organización de las Naciones Unidas, ONU). Su premisa inicial fue que todos tenemos derecho a un mundo en paz, porque el mundo es de todos. ¿Sucederá lo mismo con la música? La bandera binacional en los hombros de JLo diría que sí: la música trasciende divisiones. Y no solo nacionales, sino también personales. Jennifer Lopez y Shakira, dos emblemas de cómo la música es un expresión de nuestra identidad.

Munch-ips por David Jáuregui.

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*Con información de: Fry, Kathryn, “Nietzsche’s Critique of Musical Decadence: The Case of Wagner in Historical Perspective”, en Journal of the Royal Music Association 141 (2017): 137-172. http://dx.doi.org/10.1080/02690403.2017.1286130