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Memorias de otros: ¿a quién pertenecen las ideas?

Recuerdos de escritor

Un recuento de anécdotas, coincidencias, desencuentros y demás sorpresas que dieron origen o permitieron la existencia de algunas obras literarias nos hacen preguntarnos: ¿a quién le pertenecen las ideas y las historias? ¿Y nuestras palabras y recuerdos surgidos de ellas? Veamos algunas memorias de escritores para averiguarlo.

por CBR

Lo dicho: no somos más que palabras de otros, «la pobre limosna de las horas y los siglos», como advertía el ciego poeta.

Mutis y García Márquez

Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez se intercambiaban novelas y cuentos antes de publicarlos. El general en su laberinto en realidad la comenzó Mutis con el título de La muerte del estratega. Pero como él afirmaba: «No puedo tener libros en los cajones porque no me dejan escribir otras cosas», decidió “archivarlo” en su chimenea.

Según las memorias del escritor, Gabo, al enterarse, llegó angustiado a interrogarlo:

—¿Es cierto que quemaste esa novela sobre Bolívar?

—Hasta el título.

Esfumada la esperanza de conocer esa obra, el autor de las noches de Arcadio Buendía, confesó con tristeza:

—Yo quería escribir esa novela…

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Mutis, al notar su desaliento, fue por todos los materiales de consulta, recortes y libros que había seleccionado para documentar su novela incinerada:

— Tenga… —porque Mutis, a pesar de los años de amistad con Gabo, siempre le habló de usted—: le regalo hasta la idea.

De esta historia quedó constancia en la dedicatoria de El general en su laberinto: “Para Álvaro Mutis, que me regaló la idea de escribir este libro”.

Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez
Dos de los escritores colombianos contemporáneos más notables: Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez.

Valadés y Fuentes

De las memorias de escritores, sabemos también que otro libro cuyo origen —se cuenta— fue casi «por encargo» es La Muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

Se dice que, en cierta ocasión, Edmundo Valadés le empezó a platicar a Fuentes la idea de una novela que tenía en mente. «Es la historia de un revolucionario poderoso que está en el lecho de su muerte. Su monólogo se desarrolla en tres tiempos y cada relato refleja los momentos más relevantes de su vida…».

Juan Antonio Ascencio, editor y amigo íntimo de Valadés, me comentó alguna vez sobre esta anécdota: «Edmundo era bastante desidioso, por no decir huevón, y prefería difundir y promover el trabajo de otros que escribir sus propias inquietudes. Él jamás hubiera tenido tiempo para escribir esa novela».

Cuando se publicó la novela, el autor de La muerte tiene permiso (1955) no puso ninguna objeción. Es más, parece que quedó satisfecho con el resultado porque nadie podría haberla escrito mejor.

Edmundo Valadés
El escritor mexicano, Edmundo Valadés (1915–1994). Foto: Hermanos Mayo, CNL/INBA.

Entre plagios y «madruguetes»

En 1961 Octavio G. Barreda —a quien dentro de los círculos literarios siempre le regatearon el título de escritor—, haciendo memoria con Emmanuel Carballo, aseguró que a José Gorostiza lo madrugaban tiro por viaje.

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«Sus amigos, sobre todo Villaurrutia, le madrugaban. Les leía sus textos, y al día siguiente sus amigos le enseñaban textitos en que industrializaban sus hallazgos. (…) Su poder de análisis y su capacidad de síntesis eran formidables. Le teníamos pavor a su lucidez y a su implacable capacidad dialéctica. Nunca se sintió compañero de sus compañeros, de los Contemporáneos: veía sus fallas y se las decía. Era temible, insobornable: muy poco diplomático (a pesar de haber trabajado muchos años en Relaciones Exteriores). Quizá su propia inteligencia lo volvió perezoso».

Cuando a Juan Rulfo le preguntaron por qué ya no escribía, contestaba irónico: «Es que ya se murieron todas las personas que me contaban esas historias». Dicen que de broma en broma, la verdad se asoma… ¿Será?

Juan Rulfo en el Nevado de Toluca.
Nuestro querido Juan Rulfo apreciando el Nevado de Toluca (1940).

Y hablando de Rulfo, en sus Cuadernos (1995) se puede apreciar que sus primeros intentos distan mucho del trabajo definitivo. Pedro Páramo y El llano en llamas, son el producto de años de borradores y correcciones que continuaron incluso después de su publicación (en el año 2000 empezaron a publicarse las «versiones definitivas» de sus libros); de constancia y juicios críticos —ajenos y propios—: la talacha literaria de todos tan temida.

Los «expertos» vieron en sus dos modestos libros marcadas influencias de William Faulkner, cuando Rulfo en su vida había leído al clásico norteamericano. Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (como en realidad se llamaba) comenzó a escribir porque nunca había encontrado aquello que deseaba leer y sólo así pudo disfrutar de una lectura que buscó toda la vida.

Una visión externa

Más que pruebas de plagio, las reinterpretaciones que terminan en lo escrito son muestra de todas las ideas y manos —editores, tipógrafos, correctores de estilo, amistades, «negros»…— por las que pasa un texto antes de alcanzar su identidad; de escritores que, en todo momento, consideran al posible lector, y de las consecuencias que pudiera ocasionar cuanto escriben. Pero, sobre todo, de otras lecturas: de la herencia personal que uno va acumulando de otras voces… palabras de otros. Los recuerdos y memorias de escritores externos. Esto no significa que todos obren del mismo modo, pero sí que los más considerados no se atreven a publicar cualquier maquinazo.

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De ahí que la costumbre sea la de consultar el trabajo editorial con otro colega para conocer una visión externa, pedirles sugerencias o que simplemente constatar algunos datos, como en los libros de carácter histórico o periodístico. Siguiendo con las memorias de escritores, José Emilio Pacheco revisó así La noche de Tlatelolco (1971), de Elena Poniatowska.

José Emilio Pacheco en su biblioteca.
José Emilio Pacheco por Rogelio Cuéllar (1989).

Mientras ambos cotejaban el libro, Elena recuerda que José Emilio temía que alguna instancia del gobierno los estuviera espiando; cada que se detenía un vehículo cerca de donde ellos se encontraban, él se levantaba paranoico:

— ¡Ya llegaron… vienen a matarnos!

Por eso, cuando me tocó editar y estar al cuidado de Las palabras del árbol (1998) —última biografía de Octavio Paz supervisada por él mismo—, le pedí a José Emilio la última revisión. Por supuesto, encontró varias imprecisiones. Al final, Elena aceptó poner una dedicatoria para él, en reconocimiento a su trabajo. A mí no me importó ningún crédito (es más, ni cobré mientras edité sus libros), pero gracias a ese encargo pude trabajar con Paz (y su esposa Marie Jo) y descubrí que no era el «ogro literario» que todo mundo abominaba. Es más, puedo decir que se doblaba de la risa con Los Simpson y admiraba los cuentos de Don Durito de la Lacandona, del Subcomandante Marcos.

Herencia de palabras

Nadie ha publicado algo a partir de la nada, por la sencilla razón de que para saber lo que se quiere decir hay que dominar un lenguaje común del cual saldrá después la propia voz, eso que llaman el estilo. Es decir, no hay «generación espontánea» en la creatividad de los escritores, sino memorias.

Los escritores, por lo regular, dicen más de lo que se proponen en sus obras, pero eso ya le toca desentrañarlo a cada lector: reinventar los libros con su propio contexto —experiencias e inventiva— , es decir, en su memoria.

“Profesionales de la farsa”: los creadores

Somos el eco de las voces que nos rodean y el principio y el fin son una trampa si se buscan separados. Tal vez por eso Angelus Silesius, al hablar de los motivos del arte afirmó: «La rosa es sin por qué».

Tampoco hay reglas ni recetas para realizar tal o cual obra; no se puede contabilizar aquello que siempre está en eterna transformación y de lo que cada uno hace una interpretación personal, única.

Tanto a escritores como a lectores nos mueve la intuición, y ésta se alimenta de la duda y la voluntad. Por ello, muchas son las historias, las «memorias de otros», que va construyendo nuestra herencia de palabras.


Somos cuentos contando cuentos

Para finalizar, una vez escuché a José Saramago contar una anécdota que lo obligó a escribir una novela contra el olvido:

En una ocasión a José —el nombre con que se pronuncian Todos los nombres— , al escribir un texto, lo abordó una frase: «Somos cuentos contando cuentos. Nada». Estuvo a punto de atribuírsela a Quevedo pero tuvo sus dudas, así que consultó sus notas personales del Ovidio nazón más narizado para estar seguro. Nada.

No se dio por vencido y consultó diccionarios de citas y epígrafes. Lo mismo.

Terminó (¿o empezó?) por releer la obra completa del presunto implicado y pensó que así terminaría, ya no su artículo, sino su peregrinar tortuoso. Tampoco.

Entonces pensó que todo no era más que una mala broma de esa transgresora universal que llamamos memoria y que seguramente era de Shakespeare: «Ahí se encuentra todo» se dijo, y repitió los mismos pasos en espera de resultados. Menos.

Intentó la misma operación, explorando sus memorias de cuantos escritores le llegaron, hasta que la resignación —y otras ocupaciones— lo hicieron desistir, pero, cuando menos se lo esperaba, volvía esa frase sin dueño para atormentarlo.

José Saramago
El escritor portugués José Saramago (1922–2010)

Pasaron muchos años y en una de tantas mudanzas, revisando papeles y recortes de periódicos, se detuvo, sin motivo alguno, en una entrevista cuyo amarillo papel delataba su antigüedad. Normalmente hubiera archivado o pasado de largo el documento, pero algo lo hizo leerla por completo. Justo antes de terminarla, cuando ya iba a confinar los signos al olvido o al encierro —que en el fondo son lo mismo— , deletreó asombrado: «No somos más que cuentos que cuentan cuentos… probablemente nada».

La frase sin dueño buscada por años… ¡era suya! y, cuando la recordó, además de atribuirla a un sin fin de autores, lo hizo de un modo distinto: «Somos cuentos contando cuentos. Nada.»

Como despedida agregó que ahora sólo le quedaba esperar que la memorias de otros escritores, olvidando y recordando, añadieran —refiriéndose a sus libros— lo que su imaginación no pudo completar.


El testamento de las palabras es infinito y en ese lugar geográfico de la memoria se seguirán contando las historias que somos, los recuerdos de los que estamos hechos: nada; es decir, la posibilidad de todo.

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