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Lo que nunca dijo el Quijote

¿Qué agregar a la serie infinita de textos y ensayos que se han escrito sobre El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha (1605-1615)? Infinidad de autores de todas las literaturas lo han tomado como una pauta o les ha servido de inspiración, al grado de que El Quijote ha trascendido su condición de personaje literario: se trata de un arquetipo que de inmediato todo el mundo reconoce —aunque no se haya leído el libro—.

Sin embargo, esa misma apropiación del Quijote en el imaginario colectivo también lo ha llenado de falsas atribuciones. He aquí un recuento mínimo de los «lugares comunes» que se achacan a este personaje y que podrían servir de pretexto para conocerlo desde su fuente original.

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Jorge Luis Borges en su libro Otras inquisiciones (1956) explica un concepto de clásico: «Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente, esas decisiones varían».

Aunque ahora El Quijote —libro y personaje, pues ambas entidades ya tienen una historia aparte— sea harto reconocido (y reconocible) por casi cualquier persona en el mundo Occidental, en su momento no tuvo mucha relevancia y estaba muy lejos de ser considerado un clásico.

El autor

Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares en 1547 —se presume que el 29 de septiembre, por ser día de San Miguel— y era hijo de un modesto «sangrador» (practicante de medicina elemental) que siempre estuvo asediado por las deudas. Muy poco se sabe de la niñez y juventud de Cervantes —de hecho, muchos episodios de su vida continúan siendo un misterio—, pero para 1566 se encontraba instalado en Madrid y, un par de años después, ahí escribió unos poemas dedicados a la muerte de la reina Isabel de Valois —esposa de Felipe II—. En 1569 emprendió una serie de viajes que lo llevaron por Roma —donde fue camarero de un monseñor—, y terminó por enrolarse como soldado.

Cervantes ahora es sinónimo del habla castellana, pues gracias a su Quijote, el español se pudo consolidar como una lengua y, desde el punto de vista literario, fue el fundador de la novela moderna; aunque muchos literatos coinciden en que el Quijote prefiguró prácticamente todos los géneros literarios contemporáneos. Lo curioso es que sólo se recuerde a Cervantes por esa obra, cuando escribió otras tantas novelas, poesía, teatro; jamás fue un autor muy reconocido porque Lope de Vega acaparó toda la atención de su época. 

Mitos por montón

Uno de los mitos alrededor de Cervantes, es que «perdió la mano» en la Batalla de Lepanto (1571), de ahí que algunos se refieran a él como «el manco de Lepanto». Sí participó en esa batalla; de hecho se encontraba enfermo y aunque había conseguido licencia para ponerse a cubierto, él insistió en participar en el combate desde la galera La Marquesa. Al final murieron 30 mil hombres del lado turco y 12 mil del lado «cristiano» y Cervantes fue alcanzado por tres arcabuces: uno le dejó rígida la mano izquierda y los otros le dieron en el pecho; por ello convaleció en un hospital de Mesina, en Sicilia. 

También es falso que Cervantes escribiera El Quijote mientras se encontraba cautivo en Argel, pues aunque ahí permaneció 5 años —de 1575 a 1580— y durante los cuales intentó en vano fugarse cuatro veces, fue hasta 1592 —cuando ya era recaudador en Córdoba— que comenzó a idear la historia de su «caballero de la triste figura».

No existe un sólo retrato real de Cervantes: la imagen que se difunde «sobre él» fue pintada por William Kent en 1738, y está basada en la descripción que hizo Cervantes de sí mismo en el prólogo de su Novelas ejemplares

Falsas atribuciones

Si la figura de Cervantes está rodeada de mitos e invenciones, al Quijote se le han atribuido una cantidad ingente de citas erróneas. He aquí un ejemplo de las más «célebres» y que por supuesto, no vienen en esa obra:

  • Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos. 

Esta cita parece provenir del proverbio árabe: «Los perros ladran, la caravana pasa» que refiere a unos peregrinos camino a la Meca: uno sigue su ruta sin interrupciones y otro se queda a apedrear a los perros. Otros investigadores lo atribuyen al poema «Labrador» (1808) de Goethe, que dice: «Pero sus estridentes ladridos/ sólo son señal de que cabalgamos».

  • Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es locura ni utopía. Sino justicia.

De entrada: la palabra «utopía» jamás se menciona en ninguna de las dos partes de la obra cervantina. Así que si usted encuentra esa palabra en cualquier «cita quijotesca», seguro que se trata de una invención.

  • Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras.

Esta frase sí proviene de un libro, pero mucho más antiguo: el mismísmo Cantar de Mío Cid; en el original viene como: «Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras», como respuesta de Alfonso VI al Cid, cuando éste le propone conquistar Cuenca.

  • Con la Iglesia hemos topado, Sancho.

En el libro viene como: «Con la iglesia hemos dado, Sancho», cuando ambos personajes llegan a una modesta capilla del Toboso, sin referirse nunca a la institución religiosa como un obstáculo —nada que ver con el sentido que ahora se le da a esa frase.

  • Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades. 

En realidad proviene de otra obra cervantina: La Gitanilla (1613), que forma parte de Novelas ejemplares. La frase original dice: «…se dará tiempo al tiempo, que suele dar dulce salida a muchas amargas dificultades».

  • Las evidencias son enemigas de la verdad.

Proviene de la obra musical El hombre de la Mancha (1965), escrita por Dale Wasserman.

  • Yo sé muy bien quién soy y quién puedo ser si así lo elijo.

Al igual que la frase anterior, es una paráfrasis de un diálogo del Quijote, escrita por Dale Wasserman para su célebre obra musical.

  • Dad crédito a las obras y no a las palabras.

Ni siquiera es de alguna otra obra de Cervantes. Lo único similar en el Quijote son las frases: «cada uno es hijo de sus obras»; «el agradecimiento que sólo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras».

  • El amor antojadizo no busca calidades, sino hermosura.

Es de otra obra cervantina Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicada de forma póstuma en 1617.

  • El amor nunca hizo ningún cobarde.

En El cerco de Numancia lo más parecido que escribió Cervantes al respecto fue: «En ira mi pecho se arde/ por verte hablar sin cordura:/ ¿hizo el amor, por ventura,/ a ningún pecho cobarde?».

  • Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos…

Si pusiéramos esta frase «quijotesca» completa, nos faltaría espacio. Tal vez los autores de esta cita apócrifa sean los mismos que producían pósters con frases cursis en los años 70… y que ahora inundan el Internet y el WA con «cadenas de oración» y demás «buenos deseos» [sic], saturados de glitter y con haaaaarrrrrtos Piolines.

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En su época El Quijote era considerada sólo una obra cómica. Fue hasta el siglo XVIII que el dramaturgo inglés Henry Fielding definió a la obra cervantina como la primera gran novela moderna

No es casualidad que cualquier frase «llena de sabiduría» se quiera atribuir al Quijote, sobre todo porque, seamos honestos, ¿quién tiene el tiempo y la disposición de abordar a detalle sus más de mil cien cuartillas?

Por fortuna Cervantes, en su infinita genialidad, escribió toda la trama por breves secuencias que bien pueden paladearse en unos cuantos minutos. De ser así: en sólo 74 días (uno por capítulo) usted habrá disfrutado, no sólo de una de las obras fundamentales de la humanidad, sino de una historia harto divertida, pues si algo ha mantenido al Quijote vigente es su ingenioso sentido del humor.