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La pequeña intersección entre el Oscar y el Nobel: arte, dinero y explotación

Estatuillas Óscares

El premio Nobel de literatura, junto con el Oscar, representan las máximas distinciones en el mundo del arte. Amén de sus desperfectos (a los que ahorita llegaremos), la intersección entre ambos premios ejemplifica dos paradojas de la relación entre el arte y el dinero. En donde se traslapan el Oscar y Nobel, hay dos pequeños puntos llamados “George Bernard Shaw” y “Bob Dylan”.

David Jáuregui

Los reconocimientos por la labor artística no son poca cosa. Sabemos que en el fondo son instituciones que, de cierta manera, promueven y perpetúan el elitismo artístico. Además, es cuestionable qué autoridad ―aparte de la que ellos mismos se otorgan― tienen para definir “lo mejor” del cine y la literatura. Pero está bien. Por hoy no vamos a pensar en eso. Mejor pensemos dos de sus grandes anomalías.

Explotar la rebeldía

George Bernard Shaw (1856-1950) y Bob Dylan (1941) difieren en muchos puntos, pero también son profundamente similares. Ambos ganaron el premio Nobel de literatura (1925 y 2016) y un premio Oscar (1938 y 2000). Ambos son de lengua inglesa (el primero era irlandés, el segundo es estadounidense). Ninguno es exactamente un cineasta. Y, quizá más importante, ambos procuran alejarse de eso que llamamos “sistema”.

Shaw, mucho antes de sus grandes reconocimientos, ya se distinguía por su lengua crítica y hasta ácida. Escribía panfletos, manifiestos, columnas y cuanto texto necesitara para comentar sobre prácticamente cualquier tema. La música de Dylan, por su parte, ha sido banda sonora de movimientos sociales y contraculturales. Incluso, representó musicalmente la lucha antiguerra en Estados Unidos durante los años 70.

Bob Dylan en 2010
Bob Dylan en una presentación en el Azkena Rock Festival (2010). Foto: Alberto Cabello.

Ambos han demostrado en público y en escritos que rechazan las “instituciones” artísticas ya establecidas. El primero no asistió a la ceremonia donde ganó el Oscar; el segundo no recibió personalmente su Nobel. Sin embargo, en ambos casos, la industria literaria y musical han tratado de apropiárselos.

La engañosa «falsa nostalgia» por lo que no vivimos

Tanto Dylan como Shaw, al final de cuentas, muestran que en las artes hay un mercado para todo. Ambos, en general, han mantenido una postura crítica hacia el sistema, hacia cómo se hacen las cosas. Pero refraseando esa clásica frase atribuida a Galilei, aquí yo diría “y, sin embargo, se venden”.

Ese es el primer punto: explotar una idea “antietiquetas” es, precisamente, etiquetarla. Algo similar sucede con la mercancía que se vende con la imagen del Che Guevara o de Joseph Stalin. Se vende hasta a quienes no quieren venderse. Un término contracultural, inicialmente de resistencia, termina uniéndose al gran flujo en el que van todos.

Camiseta Che
La típica camiseta que se vende con la imagen del Che Guevara. La Habana, Cuba. Foto: Pixabay.

¿Cuántos años puede existir una montaña sin que se deshaga hasta el mar?

Bob Dylan, Blowin’ in the wind. Traducida.

Dos frases de Bernard Shaw, recopiladas por IMDB, ilustran este punto. En palabras de la Academia Sueca, le otorgaron el Nobel a Shaw “por su trabajo que está marcado por el idealismo y la humanidad, y su estimulante sátira, casi siempre imbuida con una belleza poética singular”. En contraste, con respecto a su Oscar, dijo, “es un insulto para ellos que me ofrezcan cualquier honor, como si alguna vez hubieran escuchado de mí. Podrían de la misma manera felicitar a George por ser Rey de Inglaterra.” George Bernard Shaw, pues, critica a las industrias artísticas y éstas, en respuesta, explotan su rebeldía.

George Bernard Shaw 1936
George Bernard Shaw en 1936. Foto: Anónimo.

Definir al artista desde afuera

La otra cara de la moneda ―o el otro lado del dado― es la cuestión del tamaño de la intersección entre el Oscar y el Nobel. ¿Qué nos dice qué sólo dos personas hayan ganado ambos premios? De entrada, que el talento de Dylan y Shaw es extraordinario. Pero también apunta a cómo funcionan estas “estructuras” que definen quiénes son “los mejores” artistas y, sobre todo, intentan definir a las y los artistas.

Ya sabemos que los grandes premios no siempre están basados únicamente en el mérito o el talento. Pueden haber intereses, política, afrentas personales y mucho, mucho, lobbying. Algo de lo que se habla poco, sin embargo, es de cómo este tipo de premios, en conjunto con la fama en general, pueden encerrar a las y los artistas dentro de una sola categoría. Y esa definición siempre es desde afuera.

Tenemos, por ejemplo, a Ernesto Sabato (físico y escritor); Hedy Lamarr (actriz e inventora); Boris Vian (músico, escritor e inventor); David Bowie (músico, actor y artista); Vladimir Nabokov (entomólogo y escritor), etcétera. Son casos, como tantos, en los que un talento de la gente trasciende, pero los demás quedan relegados.

El oficio de ser otro: el “negro literario”

Los casos de George Bernard Shaw y de Bob Dylan, como únicos ganadores simultáneos del Nobel y del Oscar, son casos extraños. No hay nadie más que haya ganado ambos premios, en las áreas de literatura y de cine. Shaw ganó el Óscar por su guión Pygmalion; Dylan, por su canción Things Have changed. Dylan también ha ganado Grammys, convirtiéndose así en uno de los pocos acreedores de la “Gran Corona” del espectáculo.

Hay pocas excepciones, me parece, no porque las personas sean talentosas en una sola área, sino porque la estructura no permite estar en más de un mundo. Se sigue idolatrando a “los genios” (hombres en su mayoría, por cierto), pero se vilipendia la multidisciplinariedad. Nos encantan las biopics de mentes brillantes, las cuales en su mayoría tienen más de un talento, pero abogamos por la híperespecialización.

La mente humana, según se ha propuesto recientemente por la neurociencia, es capaz de aprender y tener talento en diferentes disciplinas ―tan aparentemente disímiles como la física y la literatura―. El problema es que nos han acostumbrado a creer que solo podemos (y debemos) hacer una cosa en la vida. En realidad, la “polimatía” no es un asunto exclusivo de “mentes geniales”. Con cierto entrenamiento, toda mente puede acercarse a la polimatía.

Fantasma de un genio Klee
Paul Klee, Fantasma de un genio (1922). Una mente insatisfecha es una mente triste.

Las etiquetas

Entonces, los impulsos extremos que nos llegan de hacer una cosa (por ejemplo, el Excel que nos encargaron en el trabajo) y luego otra radicalmente distinta (digamos, pintar) en realidad puede ser nuestra mente empujándonos a lo que podemos hacer.

Lo que hacemos normalmente no representa todas las posibilidades y capacidades que tenemos. Podemos llevarnos hasta donde nuestras capacidades nos den.

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