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¿Quién ha entrado a mi casa?

¿Quién se ha comido mi sopa? ¿Quién se ha sentado en mi silla? se preguntaban los tiernos ositos al volver a su cabaña en el bosque. Pero en esta versión retorcida de “Ricitos de oro”, S. Botello e ipstori presentan una experiencia de audio inmersivo en la que el “había una vez” no será como lo conoces. En esta historia, cada sonido será como un aullido de muerte… 

Escrito por: S. Botello

Narrado por: Gaby Torres

Se contó los dedos de los pies y, asegurándose de que aún tenía cinco y medio, dio el paso. Sus toscas huellas de hombre viejo marcaban la tierra árida del camino . Todas las noches el mismo recorrido. La brisa del anochecer secaba su espalda que goteaba agua de río. La madera, vieja y chirriante, lo saludó en el primer escalón y le tomó tres pisadas más hasta llegar a la puerta.

En aquella lejana cabaña no hacía frío, a pesar de estar rodeado de árboles y de grillos que conversaban entre hojas bailarinas. Un mosquito le zumbaba en el oído. Con sus manos de campesino se aporreó el hombro y de un solo golpe mató al insecto. Sacó el manojo de llaves, pero no tuvo que usarlas. Extrañamente, la puerta estaba abierta. La chimenea, encendida y ruidosa, aclaró sus dudas. Alguien había entrado a su casa.

Don Rogelio vivía solo desde que su mujer y su hijo se marcharon por el río Bravo hasta las Alturas de Santa Clara a un pueblo próspero y acolchonado que los niños, como su Manuelito, adoraban por tener parques de atracciones. Él, un Rogelio más, únicamente podía ofrecerle caña, azúcar y pan de avena. Pasaron diez largos años desde la última vez que recibió visita. Hace un tiempo, llegó una morena de pelo rizado y tacones bullosos. “Está perdida, mujé”, le gritó Don Rogelio, “aquí no hay ná”. Y la mujer se fue.

Ese día, al regresar a su hogar, el calor de las brasas le acarició el pecho. Sin embargo, se inquietó una vez más al recordar que no dejó el fuego ardiendo, ni la puerta entreabierta. Un campesino que se respeta cuida su madera y protege su casa; más si la construyó con sus propias manos. Tomó el machete que escondía detrás del altar en la entrada como a un lince y, mirando a la virgen, se persignó.

Con las orejas paradas continuó por el trillo hasta que se topó con otro problema. Primero la chimenea y ahora el sofá. El sofá azul de guata, un mueble viejo y polvoriento lleno de chinches y bichos. Lo tocó con la mano que le quedaba libre y pudo sentir la calidez en la tela. El hueco con la forma de unas nalgas delató que algo era distinto.

—Alguien se ha sentado en mi sofá —señaló molesto. 

De repente, un ruido de cazuelas le hizo dar un salto. Su mano chocó con su pecho y el perro que yacía callado comenzó a ladrar en el patio. Rogelio prefirió no hablar, no mencionar ni a madre ni a santo. A un cabrón que robaba había que sorprenderlo cuando menos lo esperase. Empuñó el machete como brújula y continuó el camino hacia la próxima pista.

La cocina, poco alumbrada y con olor a maíz, se sentía sola. Encendió el alumbrado, rebuscó entre las sombras y notó cómo dentro de su cazuela no quedaba ni gota de tamal molido.

—Alguien se lo ha comido—balbuceó con hambre.

Mientras escrutaba en busca de alguna sombra delatora, escuchó el sonido del viento, el frío y testarudo sonido del viento. Entonces reparó en que la puerta del patio estaba abierta. Sin soltar su fiel machete se acercó a la rendija y observó con calma el paisaje. No podía ver mucho, pero una vez estuvo seguro sacó su cuerpo con la afilada arma lista para matar.

—Alguien ha roto mi puerta —gritó desesperado.

Su cuerpo flaco se sacudió de rabia. Dio vueltas mirando hacia los costados. Ya estaba viejo para esas correrías. Dos segundos más tarde hizo conciencia del único lugar al que podía haberse dirigido el ladrón: la caseta que se encontraba solitaria en el patio. Sus botas esperaban al lado de la escalera. Se las calzó. En este punto, sus pasos se sentían como los de un gigante. Salió al patio. El machete hacía surcos en la tierra mientras picaba las hojas secas.

—Alguien se metió en mi caseta, qué cabrón —expresó mientras escupía.

La oscuridad del camino no lo ayudaba a definir lo que tenía delante y cansado de tanto misterio, corrió hacia la puerta. Una figura de hombre joven lo sorprendió. Un chico que rebuscaba en los rincones más preciados del viejo Rogelio. El intruso dejó caer todo lo que metía en una bolsa de plástico y con temblor en la voz intentó hablar. Rogelio, furioso hasta el último pelo, no lo pensó dos veces. De un sólo machetazo lo desgarró. El joven, inútil ante lo ocurrido, cayó al piso de rodillasy Don Rogelio, complacido de haber atrapado al ladrón, se acercó al cuerpo y registró la bolsacon sus pertenencias. Sacaba las cosas, una por una, hasta que, de repente, su mano se quedó inmóvil. Su piel goteaba sudor y no gotas de río, sus ojos derramaban lágrimas, esta vez de dolor. En una foto, dentro de la cartera del intruso, una frase: papá y yo.

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