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Las historias “infantiles” que son para adultos

Adulta leyendo historias infantiles

Hay algunas historias que sabemos que no son para niños, por la complejidad o incluso “oscuridad” de su contenido. ¿Pero ese límite funciona también al revés, con historias que no sean para adultos? En ipstori creemos que no: también hay historias “infantiles” que son a la vez “para adultos”.

por David Jáuregui

Historias “maduras” contadas “para niños”

Roald Dahl, el celebrado autor inglés de cuentos para niños, revolucionó su género porque entendió que la infancia no es una edad solamente tierna y débil, que debe protegerse de la oscuridad del mundo. Al contrario, identificó correctamente que, con el debido tratamiento, los niños también pueden recibir tramas y finales inesperados, grotescos e incluso macabros. Y eso les dio.

Personajes como Tronchatoro, de Matilda, o los Oompa Loompas, de Charlie y la Fábrica de Chocolate, ilustran este rasgo distintivo de la escritura de Dahl. Son personajes siniestros, a un paso de distancia de la crueldad y la violencia, pero disfrazados con su patetismo característico. Tronchatoro y los Oompa Loompas comparten su maldad interna, matizada por su cuerpo desproporcionado.

Charlie y la Fábrica de Chocolate
Freddie Highmore como Charlie Bucket en Charlie y la Fábrica de Chocolate. © Warner Bros. Pictures.

Una versión más desarrollada de esta “maldad cómica” la podemos ver por entero en el libro Cuentos en verso para niños perversos, del mismo Roald Dahl. Desde el mero título queda clara su intención: jugar con la oscuridad y con temas “de adultos”, para dárselos, precisamente, a los niños.

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Así pues, su versión del Príncipe Azul se roba a Cenicienta y decapita de un tajo veloz a su madrastra; la Reina de Blancanieves se come un corazón de toro creyendo que era el de su enemiga de belleza; y los siete enanos son ludópatas adictos a las carreras de caballos.

Y esa es una de las fórmulas que tanto le funcionó a Dahl: incluir elementos normalmente considerados “para adultos” en historias y en maneras más bien “para niños”.

Roald Dahl, autor de historias infantiles para adultos
El escritor británico, Roald Dahl (1916-1990). © Wikimedia Commons.

Quizá por eso los cuentos de Dahl gustan a todo público, sin importar la edad. Son historias que tienen elementos tan retorcidos como para alimentar el morbo de niños y adultos, pero presentados de forma suave, para que los primeros no se asusten y los segundos se entretengan.

Las historias “para niños” que en realidad son para adultos

Por supuesto, también está el caso contrario: historias que, por sus formas o premisas, parecen infantiles, pero que en el fondo son para adultos, por sus mensajes profundos o incluso perversos. Muchas series recientes de animación siguen este principio. Con Bojack Horseman, Rick & Morty o Final Space, no hay que dejarnos llevar porque “son caricaturas” y creer que son categoría AA.

Algunos libros por el estilo son Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak (adaptada para cine por Spike Lee), El jardín, de Yokoyama Yuichi e, incluso, el clásico El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Las versiones originales de los cuentos de los hermanos Andersen (antes de Disney, claro) van por donde mismo: historias en principio para niños, pero de contenido en realidad muy maduro.

Historia para adultos-niños, El Principito
El Principito, grafiti en Valparaíso, Chile. Foto: Rodrigo Fernández.

En este tipo de historias, la preconcepción de lo “infantil” se difumina. Ya no se trata, como dice la RAE, de situaciones, tramas o personajes que “semejan a un niño por su ingenuidad o inmadurez”. Si ese fuera el caso, prácticamente todo Boris Vian, T.C. Boyle y Amélie Nothomb  —por decir algunos —, estarían en los mismos estantes que Quentin Blake, Charles Perrault o Francisco Hinojosa.

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Es decir, en el caso de los adultos, no es más que un prejuicio que las historias “para niños” sean, de hecho, solamente para niños. Prestándole la debida atención, una historia “infantil” puede no sólo entretener, sino también enseñar, a cualquier público supuestamente maduro.

Nuestra capacidad de salirnos de los mamotretos “serios” o “para adultos”, y prestar atención a historias infantiles, depende únicamente de nosotros mismos. ¿Quién dijo que no podemos disfrutar en igual manera Mujercitas, de Louisa May Alcott, y Natacha, de Luis Pescetti?

Aquí vale recordar al buen Fiódor Dostoievsky, en El Idiota: “mentirles [a los niños] era una vergüenza, que de todas formas, por mucho que les ocultaran las cosas, se enteraban […]. Bastaría con recordar que uno también fue niño.”

Dostoievksy, novelista
El escritor ruso, Fiódor Dostoievsky (1821-1881).
© Wikimedia Commons.

Y quizá, con los adultos sea lo mismo, ¿para qué mentirnos y confiar solamente en la seriedad? Bastaría recordar que uno también fue niño.

A propósito de Día de Reyes, aprovechemos a regalarnos historias. Si recuerdas alguna historia “infantil” pero que a ti, ya de grande, te gusta todavía, mándanos un tuit a @ipstori. ¡Te leeremos con gusto!

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