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Historias de corto aliento que te devuelven el aliento

Al viento va un aliento, pensamos, cuando unas líneas nos cortan la respiración. Así hay historias: esas que te enseñan algo de ti que desconocías y, en el acto, te dejan sin aliento. Pero también hay otras historias, éstas de corto aliento, que quieren devolvértelo.

Por David Jáuregui.

Mis pulmones deberían, pero no se expanden,

dice LNG/SHT, un rapero-punk que entendió que la poesía no la hacen solo los poetas, sino también los músicos. Amanecemos en un blue monday, todos los días, bajo el sonido de una canción que siempre está ahí –sí, es la canción. Te dice que tu historia no es más que la de cualquier otro, que esa certeza de que estás haciendo las cosas bien es solamente tu manera de no decepcionarte.

La terapia de escribir

LNG/SHT canta “el punk-rock arruinó mi vida, lo sé”, así como yo canto “las letras arruinaron mi vida, lo sé”. Aunque es cierto, hay algo extraño en que las letras tengan tanto poder. Serán las historias, si acaso.

Una de las historias que me cortan el aliento cada que la leo es la del Dr. Bartleboom, un enciclopedista en la novela Océano mar, de Alessandro Baricco. Bartleboom investiga los límites de la naturaleza –idea interesante, a todo esto– y, durante sus viajes, le escribe a su amada. Pero ni siquiera sabe quién es. El enciclopedista le escribe a alguien imaginaria, a quien, al conocerla, le entregará un baúl lleno de las cartas que le habrá escrito.

Ella, “tal vez, más sencillamente, volcará la caja y, atónita ante aquella divertida nevada de cartas, sonreirá diciéndole a ese hombre, -Tú estás loco. Y lo amará para siempre.”

Alessandro Baricco, Océano Mar, 24. Anagrama ed.

Y ahí es cuando me falta el aliento.

Historias y esperanza para todos

No son las letras, ni las palabras que usamos, sino las historias, las que nos devuelven el aliento. Tampoco es el montón de letras sobre pliegos amarillentos que encerró Bartleboom en un baúl. Es, por el contrario, la historia, de querer amar a alguien que todavía no llega, pero que se sabe que algún día llegará.

Podrá sonar cheesy, lo admito, pero ese capítulo de Océano mar me removió cierta duda de mi amor para con la vida. Y con las letras. Cíclicamente, me veo obligado a regresar a esa novela, para alentarme de nuevo a escribir.

Baricco me ayuda a recuperar el todo, pero hay otras historias que me han reencontrado con las partes. Así pues, la literatura –y, en general, cualquier forma de contar historias– no debe limitarse a los públicos cada vez más reducidos a los que llega.

¿Cómo va la lectura en México?

Podemos explotar la función sanadora de narrar. Por qué no permitirnos una historia para reponernos en el todo. Y darnos un Música acuática, de T. C. Boyle, que nos muestre que los viajes a nuestros adentros son como una procesión trágica en busca del río Níger. O un Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor, en el que a gritos nos recuerda que el dolor es necesario para desenterrarnos. Y por supuesto, un Alicia, de Jazmín García, que insiste lentamente en que debemos aceptarnos, desde nuestra sexualidad hasta nuestras patologías.

Si las letras y las historias han de servir de algo, que sea para devolvernos, a todos, la esperanza.

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