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Freddie Mercury: la voz del Paraíso

—primera de dos partes—

por CBR y Fernanda Caballero

 

Freddie Mercury performing at Wembley, 1986. FG/BAUER-GRIFFIN/GETTY

You can be anything you want to be

 just turn yourself into anything

 you think you could ever be

«Innuendo»

 

Ealing Art School, Londres, 1968.

Un joven estudiante de diseño aprovecha cualquier ocasión para tocar un piano que está en el sótano; quienes llegan a escucharlo quedan impactados. Chris Smith —extecladista del grupo Smile— recuerda: «su forma de ensayar era clásica, al estilo de Mozart; muy preciso y único: jamás habías escuchado a alguien tocar así a esa edad».

Ese muchacho también asiste a toda audición para oír a otros músicos y, de ser posible, practicar con alguna banda. Es fácil de identificar porque se pavonea por su escuela con una enorme confianza en sí mismo y a más de uno le asegura: «Voy a ser una estrella pop». Por supuesto, nadie lo toma en serio.

Mercury hacia 1968.

 

Un día Chris se topa con él, pero le sorprende que luzca deprimido y abrumado, tapándose el rostro con las manos para ocultar su tristeza —parece que le ha ido mal en una audición—. Chris le pregunta qué le pasó y el joven responde abatido: «Ya no voy a ser una estrella pop…»; pero al momento cambia su semblante, se retira las manos del rostro para extenderlas —como si se dirigiera a una multitud imaginaria— levantar el pecho y exclamar: «¡Voy a ser una leyenda!». Este joven se llama Farrokh Bulsara, pero prefiere que le digan «Freddie» pues, según él, nadie sabe pronunciar bien su nombre.

*

 

Farrokh Bulsara nació el 5 de septiembre de 1946 en Stone Town, Zanzíbar —entonces un protectorado británico—. Al ser hijo de un tesorero que trabajaba para la Oficina de las Colonias Británicas, fue criado en internados de tradición inglesa en Bombay —ahora Mumbai—, India.

Freddie de niño y adolescente (archivo familiar).

 

Como sus padres residían en Tanzania, Farrokh los trató poco y eso lo hizo volverse muy independiente desde pequeño. Durante su niñez y adolescencia tuvo la fortuna de recibir clases de piano con base en la música clásica y orquestal, lo que definiría para siempre su forma de ejecutar y componer. Pero al cumplir los 17 años, su familia tuvo que escapar de la isla por los movimientos revolucionarios que los ponían en peligro —eran parsis, de origen persa y tradición zoroástrica—. Una vez refugiados en Inglaterra, el joven ingresó a la West Thames College para comenzar su educación politécnica y luego estudió arte y diseño en la Ealing Art School.

Freddie durante su estancia en la Ealing Art School (1968).

 

El mensajero de los dioses

Quienes lo trataron en esa época, resaltan que la personalidad de Bulsara emanaba un aire de superioridad que incluso era chocante. Pese a esa desmedida confianza, en realidad era muy tímido; pero su profundo amor por la música —y su fervor por transmitir las emociones que ésta le producía—, lo animaba a ser extrovertido en sus interpretaciones. Jimmy Hendrix era su guía y máxima adoración. 

Integrantes de la banda Smile: Brian May (izquierda), Tim Staffell y Roger Taylor (de pie), fuera del Royal Albert Hall, Londres, febrero 1969.

 

Durante esos años universitarios, Farrokh conoció a Brian May —guitarrista— y Roger Taylor —baterista—, quienes ya tenían su propia banda: Smile. Luego de asistir a un ensayo de ellos, Freddie reconoció y quedó fascinado con el potencial de ambos músicos; poco después el vocalista de Smile —Tim Stafell— aceptó irse a otra banda y, antes de que Taylor y May abandonaran su carrera musical —sus aspiraciones estaban enfocadas en terminar sus respectivas carreras: uno la biología y el otro un posgrado en astrofísica—, Freddie los convenció de continuar con un nuevo grupo; reclutó a un bajista por medio de un anuncio universitario —John Deacon tardó casi dos años en integrarse— y, cuando por fin se convencieron de que tenían potencial, Farrokh declaró que de a partir de entonces deseaba ser conocido como «Freddie Mercury». El «nombre artístico» era una mezcla de su pasado y sus ambiciones: eligió Mercury por su sincretismo con Hermes: el mensajero de los dioses, quien también tenía la facultad de llevar los sueños de Morfeo a los humanos mientras dormían.

Retrato del grupo en su primera presentación pública. Junio, 1970. Hulton Archive, Getty Images.

 

Don’t stop me now
I’m having such a good time
 I’m having a ball
«Don’t Stop Me Now»

Puro escapismo

Freddie decidió que su agrupación se llamaría Queen. Aunque pareciera ser la primera señal con la que dejaba entrever sus inclinaciones homosexuales —algo que nunca reconoció de forma pública por su conservadora familia—, la banda siempre afirmó que estuvieron de acuerdo con la simbología —similar al de la realeza—, por la potencia visual que representaba y porque se prestaba a toda clase de interpretaciones. Años después, Mercury declaró en una entrevista: «No sé por qué le puse así. Tal vez sólo porque sonaba extravagante».  

Logo de Queen, diseñado por el propio Mercury, con base en los signos zodiacales de sus integrantes.

 

El comienzo fue difícil, pero en 1972 lograron el apoyo de una empresa discográfica. Después de grabar sus primeras canciones durante meses de madrugada —sólo les prestaban el estudio en horarios que nadie quería—, lograron publicar su primer disco. Ahora Queen (1973) es una pieza de colección, pero en su momento resultó un rotundo fracaso. Se dieron cuenta que debían darse a conocer ante la gente por otros medios; así comenzaron lo que sería su sello distintivo y lo que definiría su estilo intenso y poderoso: las presentaciones en vivo.

 

Primer LP de Queen (1973)

 

Todo lo que Mercury carecía de experiencia, lo compensaba con un entusiasmo y magnetismo avasallador. La propuesta de cómo presentarse al público fue suya; sus compañeros, al verlo tan decidido, se dejaban llevar, por extravagantes que parecieran sus ideas —los hacía vestirse como arlequines, con trajes brillosos pegados al cuerpo, pintarse las uñas o dejarse crecer las cabelleras por debajo de los hombros—. Pronto los juegos de luces se volvieron fundamentales de sus espectáculos: «La música de Queen es puro escapismo; ir a uno de nuestros conciertos debe ser como ir a ver una película», afirmaba Mercury.

Mercury durante el Live at the Rainbow ’74

 

Con cada nuevo material y presentación, Freddie forzaba más y más los límites de su teatralidad, inspirado en ídolos como Liza Minnelli o Aretha Franklin. Tenía claro que su potente voz —y el virtuosismo musical— los llevaría hasta cierto punto y decidió que su persona sobre el escenario sería la clave para distinguirlos de otros grupos del momento. Y no tardó en dar resultados: fueron llamados a un par de presentaciones en TV, lo cual los catapultó a los primeros lugares con su primer éxito comercial: «Killer Queen», de su ya tercer disco Sheer Heart Attack (1974).

 

Aunque iban adquiriendo renombre e incluso hacían giras a otros países —EE.UU. y Japón—, sólo aumentaban sus deudas; tarde se dieron cuenta que habían hecho un muy mal acuerdo con la productora, pues ésta a su vez negociaba la venta de los discos con otra empresa y, al final, los músicos sólo recibían un pago único por cada nueva grabación. Al principio no pareció afectarles mucho, pues sólo querían darse a conocer y comprobarse a sí mismos que producían música de calidad, pero cuando vieron que su representante se compró un Rolls Royce, Mercury estalló: «No puedo más. No les voy a regalar una canción más».

You suck my blood like a leech

You break the law and you preach

Screw my brain till it hurts

You’ve taken all my money and you want more,

«Death On Two Legs»

 

Una noche en la ópera

Hacia 1975 conocieron a John Reid, entonces representante de Elton John; le explicaron la situación y éste les respondió: «Ustedes hagan un disco jodidamente bueno y yo me encargo de conseguirles un buen acuerdo». Pero como le debían dinero a medio mundo —ellos corrían con los gastos de las giras y de producción de cada disco—, nadie les quería prestar un estudio.

Reid les dio cien mil libras y les consiguió un abogado para que pudieran deslindarse de la anterior productora y grabar el nuevo disco. Casi todo el dinero se fue en asuntos legales y, como al principio, tuvieron que grabar a deshoras y en distintos espacios, pues el presupuesto fue mínimo. La situación era tan grave que, si ese nuevo material no funcionaba, la disolución del grupo era inminente.

Sesiones de grabación de A Night at the Opera (1975)

 

Animados y deseosos de salir de esa situación, se pusieron a trabajar de forma incansable: retomaron fragmentos e ideas de canciones que habían concebido en la universidad. El mayor ejemplo de esa amalgama de ideas fue «Bohemian Rhapsody», que surgió de una melodía de Mercury —se dice que la letra refleja sus temores y frustraciones más oscuras— y se fue volviendo más compleja —con seis secciones distintas— conforme avanzaban las sesiones. Llegó un momento en que el grupo no tenía idea qué estaban haciendo pues, además de que grababan en seis estudios distintos , Mercury sólo les pedía que ejecutaran una melodía, un estribillo, un ritmo en particular, varios tonos de voces y coros, que él iba aislando para luego editarlos. «El único que tenía una visión completa de en qué iba a terminar eso, era Freddie; la tenía en su cabeza», recuerda Taylor. 

Manuscrito original de Mercury para intercalar las decenas de tracks de «Bohemian Rhapsody»

 

Mercury se propuso —gracias a las posibilidades del multitrack— hacer la mayor cantidad de capas armónicas: entrelazar 6 tipos de voces, coros y acordes mientras cada instrumento llevaba su propia melodía (divididos en varias decenas de tracks). Su formación clásica le permitía concebir canciones como «pequeñas sinfonías», es decir, claramente divididas en movimientos, cada uno con un momento y estructura particular. ¿El resultado? No sólo el mayor éxito comercial de la banda, sino una de las canciones más complejas y mejor logradas de la historia. Muchos años después, May comentó al respecto: «Aún me pregunto cómo fue que logramos eso. Aún con la tecnología actual sería casi imposible producir algo similar». Si el Sgt. Pepper (1967) fue el disco que reveló las múltiples posibilidades de mezclar por canales, A Night at the Opera llevó esos recursos a su mayor expresión (y resultando en una obra maestra).

A Night at the Opera (1975) está considerado como uno de los discos más emblemáticos de la historia del rock. A la fecha lleva más de 2 millones de copias vendidas

 

Sin embargo, no todo fue «miel sobre hojuelas»; desde un principio, en el grupo se estableció la «regla no escrita» de que quien llegara con la idea de una canción, al final éste la firmaba como suya. Por supuesto, quien siempre se adjudicaba la mayoría de las composiciones —aunque los demás hubieran participado por igual en concretarlas—, era Mercury. Nunca habían tenido ningún conflicto, hasta que empezaron a llegar las regalías de «Bohemian Rapsody». El single del disco incluía del otro lado una canción de Taylor —«I’m in Love with my Car»—, pero Mercury argumentó que las ventas se debían a «su canción» e incluso contrató a un abogado para que todo fuera «perfectamente legal». El incidente no afectó mayormente al grupo porque para ellos ya era bastante alivio no tener deudas ni problemas con la productora, pero eso marcó el inicio de sus diferencias creativas y personales.

Anyone can see,

Nothing really matters,

Nothing really matters to me.

Any way the wind blows.

«Bohemian Rapsody»

Continuará…