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El oficio de ser otro: el “negro literario”


por CBR

De todo hay en este
supermercado de Dios.
Manolito, el de Mafalda.

Cuando nos atrapa una «novela de moda», pensamos de inmediato en cuánto tuvo que batallar su autor para lograr esa historia, ambientes y personajes entrañables. Pero, ¿cómo podemos saber que en realidad fue escrita por quien la firma? ¿Cuántas manos hay detrás de cada bestseller que ocupa las «mesas de novedades» cada mes? He aquí un recuento (a vuelo de pájaro) de a qué recurren autores, editoriales y demás «generadores de contenidos» para «cubrir la cuota de nuevas historias» que exige «el respetable público».


El gran “negrero” literario

Cuenta la leyenda que Alexandre Dumas padre (1802–1870) se angustió cuando su «negro» principal había muerto, pues tenía una enorme cantidad de relatos por entregar. Pero resulta que en el entierro del «negro» apareció el «negro del negro», quien realizaba muchas de las tareas del primero (por supuesto, a cambio de una paga mucho menor). Dumas respiró tranquilo, contrató de inmediato al reemplazo y pudo cumplir sus entregas «en tiempo y forma».

Negro, en su sentido literario, es el que escribe de forma anónima en provecho y lucimiento de otro (quien se lleva el crédito) y por común acuerdo.

El término es de origen francés y surgió cuando se empezaron a producir de forma masiva las novelas por entregas (folletines) en el siglo XIX. Se llamó négrier (‘negrero’) al que firmaba y nègre (‘negro’) a quien en realidad escribía. Se cree que en la acuñación del término influyeron los rasgos (y ascendentes) africanos del negrero más renombrado: Alejandro Dumas, quien fue hijo de un general mulato y una esclava descendiente de africanos.

Una fábrica de relatos

Dumas, como cualquier autor, escribió solo sus primeros relatos. Sin embargo, conforme adquirió prestigio y le fueron encargando más y más novelas, se le ocurrió la idea de «reclutar» a otros escritores que estuvieran dispuestos a recibir una paga «estable» a cambio de renunciar a su crédito.

Dumas no fue el primero (ni el único) en subcontratar a otros para «crear una obra». De hecho, durante la Antigüedad la mayoría de las obras siempre tuvieron un origen colectivo (la Biblia, La Ilíada, El cantar de los Cantares, etcétera). Incluso, si tenían un «crédito de autor» (Dios, Homero, Salomón…) era sólo una forma de llamar a la tradición, pues esas obras fueron modificadas durante siglos por infinidad de personas que las iban «transmitiendo». El concepto de «autor» como lo conocemos surgió durante el Renacimiento.

El método de Dumas era simple. Planteaba las historias (muchas basadas en las experiencias que tuvo su padre, el célebre Conde Negro) y cada escritor se abocaba a una parte de acuerdo a su especialidad. Había quienes eran expertos en geografía, viajes y costumbres de otras regiones; otros eran notables creando escenas dramáticas o generando diálogos emocionantes; uno más se dedicaba sólo a describir las escenas de acción; otro las de amor… Así, con las aportaciones de cada uno, Dumas cada tanto intervenía con ideas o cambiaba detalles en las escenas. Una vez que se tenía «el manuscrito», éste se delegaba a copistas que producían los «originales» para llevarse a la imprenta (donde se formaban los folletines con caracteres móviles, letra por letra, página por página) y representó un gran negocio (sobre todo para el impresor). Así Dumas llegó a conjuntar hasta a 63 «colaboradores» en esta fábrica de relatos.

Pese a que algunos negros publicaron luego con su verdadero nombre (y más de uno intentó replicar ese estilo de trabajo), ninguno tuvo el éxito como cuando se alquilaban para Dumas. Por ejemplo, Gérard de Nerval prefirió dedicarse a los relatos cortos, los ensayos y la poesía; aunque terminó siendo buen amigo de Dumas luego de ser su negro (siguieron colaborando durante años), nunca intentó escribir novelas similares.

Con pruebas, sin créditos

Pero no todos los autores estuvieron de acuerdo en no tener acreditación de su trabajo, sobre todo cuando los relatos se volvieron muy célebres… y rentables. Los cientos de miles de francos que le dieron esas publicaciones a Dumas distaban mucho de cuanto pagó a los negros y no tardaron en surgir los reclamos.

Uno de los casos más célebres fue el del historiador parisino Auguste Maquet (1813–1888), quien en 1851 — luego de 10 años de trabajar para Dumas —  reveló cómo funcionaba la «fábrica de relatos». Dumas, al ser cuestionado por ello en público, reveló «orgulloso», la lista de novelas en las que «colaboró» con Maquet (en las que se incluían El Conde de Montecristo, La reina Margot, Los tres mosqueteros y Veinte años después). El asunto terminó en un juicio en el que, si bien hubo suficientes pruebas para demostrar que gran parte de la documentación histórica y de la redacción correspondió a Maquet, el juez determinó que «la idea y el toque final del relato correspondía al estilo de Dumas». Por ello, hasta la fecha, no se reconoce otra autoría en esas obras.

Curiosamente, aunque Maquet casi no tuvo éxito en solitario (sus obras de teatro fracasaron), tuvo una vida próspera desde que abandonó a Dumas. De hecho, el hijo del Conde Negro, por el contrario, dejó de interesarle al público y murió en la miseria por sus hábitos de despilfarro y pésima administración económica.

«Por si alguien piensa que escribir por encargo es, de un modo inevitable, algo indigno, recordaré que el doctor Samuel Johnson, uno de los escritores más extraordinarios, dijo: “Sólo un badulaque escribe por placer”. Él escribía por necesidad, por dinero, y lo hacía admirablemente»

Adolfo Bioy Casares

¿Por qué contratar un “negro”?

Si googleas el término «escritor fantasma» (ghostwriter, como llaman los anglosajones al negro) encontrarás, luego de las debidas descripciones del término, una guía (en siete pasos) de «Cómo ser un escritor fantasma». Más adelante algunas anécdotas de escritores renombrados que fungieron de esa forma cuando eran muy jóvenes para ganarse la vida (Vargas Llosa, Cabrera Infante, Paul Auster…). Y, lo más interesante, varios sitios para que contrates a un «escritor fantasma». 

Eso evidencia que la industria existe y, por lo visto, tiene más demanda que nunca. No debería sorprendernos. En un mundo lleno de personas que «quieren publicar un libro» o simplemente desean estar presentes en medios bajo cualquier pretexto (el auge de las redes sociales obedece a ello), no es casualidad que las «novedades editoriales» oscilen entre las «biografías» de los famosos (Justin Bieber «publicó su primera experiencia de vida» [sic] a los 16 años de edad), los de autoayuda cuyos títulos incluyen frases como Los acuerdos deCómo vender… Las 7 prácticas de… Hágase rico…, y las novelas «de temporada», que los lectores asiduos esperan con ansia.[1]

Para cubrir esa demanda de producción, las figuras públicas (políticos, influencers digitales, “artistas”, etcétera) recurren, no sólo a negros, sino a agencias especializadas en generar ese tipo de libros: son expertos en diseñar «trajes a la medida».

Otras formas de trabajar

El ghostwriter (también llamado «la sombra») no sólo es una forma distinta de llamar al negro, sino que también distingue otros modos de trabajar. A diferencia de lo que pasa en Latinoamérica, los anglosajones no tienen ningún empacho en reconocer el trabajo de alguien (o varios) en la elaboración de una obra. Desde el simple «agradecimiento» a varias decenas de personas (sobre todo en obras de investigación o divulgación), a «colaboradores», «asistentes» e incluso consideran la figura de «coautores»; claro, siempre y cuando esos hayan sido los acuerdos bajo contrato, en el que se estipula desde el crédito (si es que lo requiere), un pago único o por regalías (si las hubiera) o justo nunca revelar ciertas identidades (¿a quién le interesa tener «crédito» en el libro de un imbécil que no puede recordar «tres libros que marcaron su vida»?).

¿Un oficio inevitable?

Aunque «ser pluma de alquiler» no goza del mismo prestigio que ser un «escritor reconocido», hay quienes no tuvimos de otra y caímos en este oficio por casualidad, por costumbre o simplemente porque nos da flojera «ver nuestro nombre» en un anaquel, tener que «lidiar con otros autores» en ferias de libro –o nos dan terror las presentaciones y la obligada socialización que todo ello implica.

En mi caso (como en el de la mayoría de los negros que conozco), empezamos como simples asistentes de un escritor, transcribiendo entrevistas y recopilando información (investigando en bibliotecas y bases de datos) y de pronto ya redactábamos reportajes, prólogos, discursos oficiales, tesis, etcétera, de acuerdo al tono y el estilo de nuestro «cliente», quien sólo llegaba, hacía una revisión rápida y «lo firmaba».

Algo similar sucede hasta la fecha en las redacciones de diarios, revistas y noticieros: la «celebridad» envía su columna o colaboración, la cual, luego de todas las manos de «edición» por las que pasa para hacerla «legible», termina siendo otro artículo. 

Ser editor es una forma de ser negro involuntario, pues a veces se termina reescribiendo el manuscrito «en función de los criterios editoriales» o el simple sentido común. Ejemplo de esto es el célebre caso de Raymond Carver y su editor Gordon Lish, quien le reescribió cuentos completos «en función de las expectativas del lector». El resultado: «el pulido estilo de Carver» que “lo distingue”.

Ahora el trabajo de «negro» no se limita a la industria editorial: hay «escritores de alquiler» para cualquier persona que quiera «decir algo» en los medios digitales: donde uno, para existir, debe publicar con regularidad y, de ser posible, cada tanto ser motivo de «polémica»

Palabras de otros

Al respecto, Bioy Casares comentó sobre los prejuicios de “escribir por otros”: «Daniel Defoe, Honoré de Balzac, Thomas Hardy escribieron por encargo o simplemente para ganar dinero; con el mismo propósito William Shakespeare escribió y actuó. Verosímilmente la costumbre de los gobiernos despóticos de inducir a escritores, por intimidación o por soborno, a escribir contra sus convicciones, fortaleció la mala fama de la escritura por encargo. Menos justificada me parece la condena cuando procede de un respeto romántico por la inspiración. En principio no veo nada objetable en que un editor encargue una biografía para su colección de biografías o una novela para su colección de novelas. Hay buenos escritores indolentes que sin la compulsión del encargo dejarían muy poca obra».2

Borges, culmina su cuento «El inmortal» con una frase que bien podría sintetizar por qué, quienes aceptamos escribir a nombre de otros, no le damos la menor relevancia al concepto de autoría: «Al final  — escribió Joseph Cartaphilus —  sólo quedan palabras, palabras de otros, la pobre limosna de las horas y los siglos». ∞


Notas

[1] No hay que caer en la trampa de que «autoayuda» es sinónimo de «basura»; hay libros bien documentados y muy bien fundamentados para resolver situaciones muy específicas; el problema radica en que, del prestigio de unos cuantos, se aprovechen los mercadólogos para publicar cualquier panfleto que prometa «las perlas de la vida».

[2] Adolfo Bioy Casares, Sobre la escritura. Conversaciones en el taller literario, Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja; 1998.