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A propósito del cumpleaños de Juan José Arreola

Cuando yo era pequeña, mi mamá me presentó a la migala, no era horrible como Arreola la describe en el cuento con el mismo nombre. Lejos de asustarme me llenó de intriga, la historia acompañada de una voz cálida que abrazaba, como era la de mamá, me iba contando cómo este arácnido se apoderaba de la tranquilidad de un hombre y así, comencé a conocer al «mago de la palabra escrita». 

Arreola nació en Zapotlán el Grande mejor conocido como Ciudad Guzmán, a hora y media de donde mi mamá nació. Cuando naces en un pueblo pequeño de lo único que tienes certeza, además de que es un infierno grande, es que lo que se cosecha en el pueblo o en los alrededores, es lo que puedes consumir con mayor facilidad. Así le pasó a ella con los libros, nunca fue una gran lectora, pero los cuentos eran su antojo nocturno, casi tan obligatorios como tomar la merienda antes de ir a dormir. 

Centro de San Gabriel, Jalisco.

 Y en el pueblo se leía lo que ahí se daba: Juan Rulfo era lo que todos conocían porque fue el hombre que puso a San Gabriel en el mapa cultural y le dio a los habitantes de este lugar algo que hacer cuando cerraban sus negocios a medio día para ir a tomar la siesta. Luego estaba Juan José Arreola, ese vecino divino que siempre llevó en sus letras las raíces sin importar en dónde estuviera. 

Mi mamá, la que no leía mucho, se la pasaba descubriendo el mundo en el campo entre el arado, los animales y las semillas, con un cielo tan azul que parecía pintado a mano, aprendiendo de todos sus hermanos porque era la pequeña de la casa y la encargada de recibirlos a todos con una sonrisa. En esa vida cotidiana descubrió los cuentos de Arreola, y los hizo suyos pues sus mundos no eran tan distintos o lejanos. 

Luego de muchos cuentos, travesuras y sonrisas que llenaban a cualquiera, mamá tuvo que crecer y cambiar de aires porque a algunas mujeres el pueblo les queda chiquito. Se mudó a la gran Ciudad de México y se convirtió en secretaria en uno de los bancos más grandes obligando a que los cuentos se quedaran empolvados en una niñez que ella siempre compartió con los ojos iluminados y la sonrisa llena de nostalgia. 

Años después nací yo y la abuela venía desde el pueblo para intentar que jamás tuviera que llorar, traía a casa la magia de la infancia de mamá y los cuentos que la rodearon de pequeña y cuando fui creciendo, esos cuentos se volvieron nuestra hora favorita, como una rutina bien practicada: la cena, el cuento y el beso de las buenas noches. Entonces todo esa infancia de arado, de semillas y animales, de cielos pintados a mano y de cuentos de Arreola se transmitieron a mí como si fuera parte del ADN. 

Juan José Arreola, «mago de la palabra escrita», se decía un aprendiz de ajedrez.

Yo tampoco soy una lectora voraz, también soy la más pequeña de casa, también lleno de sonrisas cualquier lugar que piso y cuando alguien me importa, le comparto un poco de Arreola para así demostrarle a esas pocas y contadas personas que aquí se quiere con los ojos, con la boca, con cada rincón del cuerpo y del corazón, pero sobre todo, con los cuentos que son parte de mi mejor herencia. 

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